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Forough Farrojzad y Abbas Kiarostami

Apareció a finales del año pasado Abbas Kiarostami, libro de Johnatan Rosenbaum y Mehrnaz Saeed-Vafa sobre el cineasta iraní. El libro conformado por dos ensayos –uno de cada autor- y tres entrevistas realizadas expresamente para el volumen, es el primer título de una colección anunciada por la editorial argentina (cordobesa) De los Ríos.

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Este hecho debe celebrarse pues existen pocos materiales generados desde Latinoamérica dedicados a la reflexión de cine. La colección estará a cargo de Roger Alan Koza, destacado crítico e incansable promotor del cine de nuestro tiempo.

Sin embargo, no es solamente acerca del libro antes mencionado que me gustaría hacer un comentario. Es sobre todo, una confesión de Rosenbaum, lo que quisiera destacar para desde ahí decir algo más. En un raro y loable despliegue de honestidad intelectual, el crítico norteamericano confiesa, por un lado, que tardó algunos años en poner atención al cine de Kiarostmi, y por otro, comenta que su película iraní favorita es La casa es negra de la poeta y directora Forough Farrojzad (1935-1967). La película registra un leprosario de un modo poético entre mezclando el documental y la ficción. Muchos críticos relacionan La casa es negra con Las Hurdes, el indispensable documental de Luis Buñuel.

La vinculación entre Farrojzad y Kiarostami es innegable sobre todo por parte del director de Bajo los olivos. La primera imagen del filme de Farrojzad, es un fondo negro sobre el que una voz en off advierte que “el mundo está lleno de fealdad”, pero que habría más, “si el hombre apartara la mirada”. Luego de unos segundos y otras palabras, aparece el rostro cubierto de una mujer, salvo por los ojos, que se mira en el espejo.

En El viento nos llevará de Kiarostami, el ingeniero, personaje principal de la película, buscando conseguir un poco de leche fresca, llega a una casa donde el establo se encuentra en un espacio subterráneo. Cuando el hombre entra en este lugar, la pantalla durante varios segundos queda en un negro absoluto. Posteriormente se oye la voz en off del ingeniero que sobre ese negro, pregunta por la muchacha que sabe que esta ahí para pedirle la leche. La muchacha contesta y por fin se enciende una lámpara de gas que comienza a desplazarse hasta llegar a la vaca. Entonces ordeña al animal mientras el ingeniero le pregunta sobre trabajar en la oscuridad, a lo cual, ella responde parcamente que está acostumbrada. Es una muchacha de campo que estudió, como nos enteramos en el diálogo, hasta el quinto año.

La imagen en ese momento es extraña, es una mancha roja -el vestido-, rodeada de oscuridad. Entonces el hombre decide esperar recitando el poema de una poeta –evidentemente Farrojzad, aunque esto no se consigna en el diálogo- que también estudió hasta “el cuarto o quinto año” y que de alguna manera cifra la historia que vive la muchacha del establo, pues tanto ella como lo que dice el poema, “experimentan” encuentros clandestinos de amantes. El ingeniero sabe que ella se ve con uno de sus compañeros detrás del pozo por las noches, entonces dice: “En la noche brevísima / el viento / tiene una cita con las hojas”.

El poema sugiere que afuera el mundo amenaza, pero en el encuentro amoroso estamos resguardados. El poema termina con el verso que da título a la película. La muchacha termina de ordeñar y el hombre sale a la superficie. El espectador al igual que el personaje queda deslumbrado por la luz del día, igual que en la película de Farrojzad, por la mujer frente al espejo. Dos modos de llegar a un mismo lugar: la fealdad y la belleza no pueden omitirse y el hombre debe hacerles frente, el resultado no es otro que el reconocimiento de sentirnos intensamente vivos.

Aquí, La casa es negra:

Imagen por: Double Exposure

El otro perseguidor

Julio Cortázar publicó sobre todo algunos cuentos inolvidables. Esto así no sólo por sus temas sino especialmente por sus descubrimientos formales. Cada uno de los cuentos de Bestiario (1951), por ejemplo, posee una forma inédita. Hay puntos de vista distintos, narradores diversos, vueltas de tuerca que subvierten la anécdota como sucede en su admirable relato “Casa tomada”.

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En 1959, publicó Las armas secretas. El libro incluía cinco cuentos: “Cartas a mamá”, “Los buenos servicios”, “Las babas del diablo”, “El perseguidor” y la narración que daba título al libro. Dos de esos cuentos resultaron ser piezas fundamentales en la trayectoria del escritor argentino, pero además para la historia del cine. “Las babas del diablo” sirvió de inspiración para Blow Up (1966), la magistral película de Michelangelo Antonioni. Con menor reconocimiento pero de indudable calidad, Osías Wilenski, director argentino, filmó El perseguidor. La adaptación y el guión pertenecen a Ulises Petit de Murat. La música es de Rubén Barbieri, excelente compositor y trompetista, hermano de del reconocido saxofonista Leandro Barbieri.

Es muy conocido que Cortázar tomó la emblemática figura de Charlie Parker para su personaje Johnny Carter. Lo más sencillo hubiera sido tocar la música del genial saxofonista negro. Sin embargo, Wilenski eligió a los hermanos Barbieri para que con su trabajo acompañaran la película. Los solos de saxofón son por supuesto de Leandro “Gato” Barbieri. Esto da a la película un matiz especial. El saxofonista argentino era en ese momento muy joven, apenas una promesa. Wilenski consiguió articular en un film de bajo presupuesto, mucho talento.

La película de El perseguidor es un drama de carácter existencial igual que el cuento de Cortázar. Posee, sin embargo, independencia con respecto al texto porque logra con pocos elementos articular un lenguaje particular. Algunas imágenes remiten al mejor cine de su tiempo. Los movimientos de cámara son a veces audaces, lo mismo que los emplazamientos de la cámara. Tiene quizás algo naif en su planteamiento general. Quizá demasiada admiración al cuento de Cortázar. De cualquier modo es un documento indispensable para la cinematografía argentina y latinoamericana. Aquí, la película:

 

Imagen por: Amanece Metrópolis

El Gualeguay, de Juan L. Ortiz

Desde una perspectiva sugerida por el mismo Juan L. Ortiz, El Gualeguay (El poeta y su trabajo, México, 2007) —de 1959 a 1971—, no es un poema completo sino un fragmento, algo que continuará igual que el río que le da nombre al texto. Pero ¿qué es entonces El Gualeguay? Si se ve a este extraño texto como poema, necesariamente surge el cuestionamiento sobre el tipo de poema que es. No me parece que sea, desde luego, un poema lírico, aunque haya, sin duda, muchísimos pasajes de gran intensidad lírica. Las primeras líneas del poema, por ejemplo, lo que no deja de ser significativo, el momento en que el río nace, viene del mar o de la lluvia:

“Qué dulce calor, allá

de la hondonada que dejara, cuándo? el mar,

subió en una nube de paloma?

O venía él

con el hálito, gris y blanco, del mar?

Y qué viento, qué viento, vino al encuentro de la nube

para una hija que cayera, pálida,

o con todo el día en sus cintillos?:

Cómo fue aquella lluvia:

de arpa ciega o de penumbra

o de juncos de vidrio que huían

o plantaba un hada brusca?

Y de qué mes, de cuál, sus cabellos o sus varas?” (P. 11)

juan l ortiz

No es tampoco un poema épico, pero narra al mismo tiempo la vida del río —su aparición en un paisaje específico y como modifica este paisaje, sus accidentes, sus crecimientos y decrecimientos, en fin, sus infinitos desarrollos—, así como también cuenta la vida de los hombres y sus guerras, sus fracasos y sus logros, es decir, la historia. Pero más allá de su género, de sus temas, El Gualeguay es un poema, y uno muy importante en la poesía latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX, por sus singularísimas cualidades materiales, por su complejísima y sorpresiva articulación. En el prólogo de Guillermo Saavedra, también excelente poeta, que acompaña esta edición, se dice que el gran narrador argentino Juan José Saer, uno de los lectores más entusiastas de este poema además de discípulo declarado de Juan L. Ortiz, sugiere leer El Gualeguay haciendo caso omiso, cito: “de las infinitas y muchas veces oscuras alusiones del poema, como si se tratase de una obra abstracta…”. Creo que una lectura de este tipo, es quizá, para nosotros, lectores de de otro tiempo, de otra geografía, de un contexto en general muy distinto al de Ortiz, una lectura más posible y enriquecedora. Entiendo lo anterior, como una sugerencia para dejar a un lado toda referencia y necesidad de comprensión, y entonces abandonarse exclusivamente a la experiencia de la lectura, que pienso tendría que ser en voz alta, para dejarse abordar por la musicalidad y las imágenes que surgen de las palabras, y no de sus conceptos, algo así, como la experiencia de mirar un cuadro abstracto, tal vez, uno de Pollock o de Rothko.

Para conseguir esto, habrá que destacar las cualidades materiales del poema, los recursos con que Juan L. Ortiz fue pacientemente tejiendo las líneas de su largo poema. Estos son muchos y muy diversos, los menciono solamente, porque para entenderlos de un modo real, habría que tomarlos uno por uno y considerarlos además en el lugar que ocupan dentro de la totalidad del texto. Pero doy una muestra:

“Pero cuando se detenía él?

No era siempre él, también, la propia música naciendo,

muy delante de sí, siempre, en una gama sin fin, como la vida,

o como eso, acaso, que se abría más allá,

o de dónde él venía?

Y no discurría, él, además, en el seno de la melodía sin medida…

él, que improvisaba libremente, o mejor, él

en la línea sin límites de un espíritu de latidos y de ciclos,

hecho todo de “élan”,

en la aventura de los rumbos, inventando siempre pétalos

para una rosa que crecía y crecía

desde la raíz del ritmo…?” (P. 67 y 68)

Si se observa con el cuidado suficiente esta estrofa, se descubrirá poco a poco, la sabiduría con que Juan L. Ortiz articuló su poema. Hay en el principio, un predominio de los sonidos de la vocal “e” y la consonante “m”, pero a medida que la lectura avanza, esos sonidos se desplazan sin explosiones, de un modo muy sutil, hacia un equilibrio de vocales que vibran entre el sonido constante que de la “m” ha pasado a ser el de la “r”, produciendo en quien lo lee, un estado de vibración o de resonancia interna que remite, me parece a una música de paisaje: del viento entre la hierba o las hojas de los árboles, del agua entre las piedras. Es un murmullo que se ha intensificado hacia un balbuceo. La estrofa es muy interesante porque junto a su musicalidad, las palabras que la integran describen al mismo tiempo, un proceso. Coincide de un modo ajustadísimo, el tejido de sonidos y lo que se describe: una improvisación musical que brota del río, de los brazos del mismo río que se abren camino. Se describe una música, igual que una errancia. Pero además, la estrofa puede leerse como una poética, en este caso la de Juan L. Ortiz

“él, que improvisaba libremente, o mejor, él

en la línea sin límites de un espíritu de latidos y de ciclos…

…en la aventura de los rumbos, inventando siempre pétalos

para una rosa que crecía y crecía

desde la raíz del ritmo…?” (P. 67 y 68)

Los cruzamientos del poeta, de su trabajo, con el río, ese río metido en un paisaje…

Por todo lo anterior, el poema de Ortiz, logra, algo que me parece no había sucedido hasta ahora dentro del panorama de la poesía latinoamericana, y quizá también de la poesía universal, el mantener durante más de 2630 líneas, una intensidad de altura, sin intermitencias.

Imagen por: La Nota Digital

Vacío perfecto, de Stanislaw Lem

Andrés Ibáñez menciona en la introducción a Vacío perfecto (Editorial Impedimenta, 2010, segunda edición) la palabra “libromundo”, un concepto interesante que define una obra que sintetiza, concentra y expande sus temas tratando de abarcar cualquier posibilidad. Siguiendo la tradición borgeana de los libros imaginarios, vueltos realidad en los estantes de una biblioteca imposible, Stanislaw Lem entrega 16 reseñas de libros inexistentes, todos ellos libromundos que, desde su trinchera, construyen y definen las reglas de un escenario que explora todas sus posibilidades, por más descabelladas que sean. Como es habitual en el autor polaco, el formato es sólo un pretexto, un punto de inicio, para un asombroso despliegue de inventiva, fábula y reflexión. Siguiendo la pista de otras obras suyas como Ciberiada o –la más conocida- Solaris, asistimos a mundos en los que los límites se pierden y en los que se olvidan las etiquetas de literatura fantástica o de ciencia ficción. La fantasía desbordada puede generar incredulidad al relativizar sus mecanismos: de pronto parece que cualquier cosa es posible siempre y cuando rompa los parámetros de la realidad o de la lógica. Sin embargo, la apuesta de Lem va en el sentido contrario pues los mundos que construye utilizan la filosofía o la ciencia y los lleva por caminos que evidencian las paradojas de la existencia humana.

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Una de las reseñas más interesantes es la de Gigamesh de Patrick Hannahan. Siguiendo la poética de James Joyce, sobre todo su obra más ambiciosa, Finnegans Wake, Gigamesh se propone llevar al extremo la interpretación de un texto literario. La anécdota de este libro imaginario es bastante convencional: un gángster profesional es delatado y castigado con la pena de muerte por un tribunal militar. La acción, según el reseñista, transcurre en 36 minutos, tiempo suficiente para el traslado del reo al lugar de la ejecución. Este sustrato basta para que el lector encuentre una infinidad de posibilidades, de simbologías y representaciones, que pretenden abarcar todo el conocimiento del mundo. Cada paso, cada nombre o cada palabra, es un cúmulo de significados que trasciende el mero plano informativo o retórico. Además de la imaginación exhaustiva Gigamesh es una mordaz parodia de la crítica posmoderna, que tiende a interpretar de más, a encontrar significados que pueden ir a cualquier lado.

En otra reseña se habla de Rien de tout, ou la conséquence, una novela que juega de forma interesante con la “honestidad literaria”. El experimento es el siguiente: puesto que la ficción es una mentira elaborada esta obra cuenta que una historia no sucede. Un tren no llega, un diálogo no se consuma, un encuentro nunca ocurre. El juego sigue hasta poner en jaque el mismo lenguaje que, al ser también una construcción abstracta, se da cuenta que tampoco es real. Entonces, en la parte final de la novela la voz que narra duda de sí misma y se dirige a “una autonegación suicida”.

Cada uno de los libros comentados por el autor plantea un dilema, una paradoja, una exageración que trasciende lo gratuito. Como afirma la parte final de la introducción el lector se enfrenta a mundos concentrados, breves, construidos con tal prolijidad que ameritan varias visitas para extraer a plenitud todos sus guiños.

Imagen por: Universität Bielefeld

Reflexiones sobre mi oficio, de Carl T. Dreyer

Estas líneas son acerca de Reflexiones sobre mi oficio (Paidós, 1999), un libro de Carl T. Dreyer que acabo de releer y que nuevamente volvió a interesarme. Si tomamos como verdadera la premisa de que las personas más capaces para hablar sobre un asunto son precisamente las personas que realizan esa actividad sobre la cual se quiere hablar, la valoración de un libro como el del realizador danés, Carl T. Dreyer, acrecienta su importancia. Para decirlo de una buena vez, si lo que queremos es hacer una película, ¿quién mejor que las personas que hacen películas —en este caso un gran director de cine—, para hablarnos de ello?

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Como todos sabemos Carl T. Dreyer es el realizador de Juana de Arco, una de las películas indispensables en el desarrollo del lenguaje cinematográfico. Dentro del libro podemos encontrar valiosas notas, reseñas y entrevistas que para nuestra fortuna, buscan entender y resolver una serie de problemas y necesidades que los directores de cine constantemente enfrentan. De este modo las consideraciones de Dreyer sobre la transición del cine mudo al sonoro, la organización de los emplazamientos, el ritmo interior dado por los movimientos de cámara, la utilización del color y el sonido desde un punto de vista expresivo, o la importancia de un guión bien escrito, nos alertan sobre las múltiples decisiones que una persona con el deseo de hacer una película debe tomar.

Quiero citar como ejemplo de lo anterior, la observación que Dreyer hace sobre el primer plano: “Siempre hemos conocido el procedimiento consistente en interrumpir un plano para mostrar un rasgo importante en primer plano, pero nadie osaba utilizarlo, por miedo a sembrar la confusión. Los americanos nos enseñan a utilizar los primeros planos para producir, no confusión, sino movimiento”.

De lo cual podemos obtener no sólo una definición del primer plano como modo de acentuación, sino que además podemos obtener de esta declaración, que este recurso técnico y fotográfico, puede ayudar al ritmo de la película si se utiliza con esta finalidad. El libro es una guía para hacedores.

Reflexiones sobre mi oficio es el tercer número de una colección de libros de cine escritos por notables directores como Federico Fellini, Francois Truffaut, Michelangelo Antonioni, Eric Rohmer, Roberto Rossellini, Woody Allen, entre algunos otros.

Imagen por: Southern Vision

Poesía completa, de Jorge Leonidas Escudero

Dentro del horizonte de la poesía latinoamericana los poetas argentinos constituyen uno de los grupos más importantes por su diversidad y la calidad de sus propuestas. En Argentina —ya se ha convertido en un elemento de la tradición de esa literatura—, cada tanto aparece una figura que desde una marginalidad siempre relativa, edifica una obra que desbordándose, se coloca en el centro por su carácter de renovación y transgresión como le sucedió a la caudalosa poesía de Juan L. Ortiz, hoy una referencia ineludible. También sucede que obras ocultas por un tiempo son activadas por miradas curiosas que las rescatan de cierto olvido y las ponen con nuevo brío en circulación como le ha sucedido a los poemas de Jacobo Fijman.

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Un caso entre estas dos posibilidades es el de Jorge Leonidas Escudero, de quien el año pasado se publicó un tomo de más de setecientas páginas con lo que es hasta ahora la suma completa de sus poemas. Escudero nació en 1920 en la provincia de San Juan dónde a la fecha reside. Ahí realizó estudios de agronomía y dedicó su vida al trabajo en las minas de la región. Publicó por primera vez a sus cincuenta años —la poesía posee un tiempo de maduración caprichoso—, y desde entonces ha merecido premios y distinciones nacionales e internacionales. Tiene más de veinte libros publicados, y hay que decir sin embargo, que no fue hasta hace muy pocos años que su poesía comenzó a despejar los obstáculos de su origen provinciano, la escasa circulación, la resistencia intrínseca de su construcción.

Los poemas de Jorge Leonidas Escudero ofrecen cierta resistencia por su afiliación a los usos del habla local, lo que desestabiliza en este caso la sintaxis regular del español. También se vuelven exigentes por su restringido apego autobiográfico, por su actualmente infrecuente acento existencial, y además, por sus despliegues muchas veces narrativos, y no por ello difusores de una vibrante energía. Es una poesía con una inmediatez, un humor, una inocencia y una ternura, que resultan francamente gozosas. Donde pocos se atreven, aproximándose a una fácil cursilería, Escudero se levanta airoso. Sus poemas más bien breves en su mayoría, son fragmentos de la conquista de una vida atenta a las conexiones de un mundo interior que ha quedado fracturado de otro exterior, pero que busca tender hilillos entre éstos.

La Poesía completa de Ediciones en Danza (Buenos Aires, 2011) viene acompañada por cuatro notas introductorias. La primera de Javier Cófreces, editor del libro, otras de Rogelio Ramos y de Ricardo Luis Trombino, y una más de Osvaldo Aguirre. Éstas son breves y necesarias, y hacen justo lo que un libro de poesía merece: lo saludan y lo dejan simplemente decir sus cosas. Antes de finalizar quisiera decir que la portada del libro es particularmente desorientadora. Proyecta una imagen naif que la poesía de Escudero no tiene. Es de cualquier modo un detalle insignificante para la difusión de un trabajo ejemplar. El poema a continuación es uno entre muchos, y si está aquí, se debe a un gusto personal, arbitrario como siempre, pero que busca servir como prueba de una visón de la poesía largamente desbrozada:

Hubo

¿Hubo? Hubo

pero nadie ha visto nada.
Sin testigos hallables,
sin que nadie señale algún vestigio, hubo.
Sin que siquiera yo tenga conciencia plena,
la caricia era, venía o paloma
que se extravío en el aire o pañuelo
perdido.

Quiere decir que un poco, algo de suerte tuve
desde que venía a asentarse en mí aunque
cayó en nunca.

Ayudo a mi memoria para que me comprenda
ese algo y edifique
esta sutilísima historia de amor.

Porque el tiempo me arruga y estruja
con necesarios olvidos,
pero no me aquella quita,
la que venía a mí
y cuando yo la mano a recibirla ¡oh!,
vino la soledad muy comedida
y efusivamente me presentó sus saludos.

Imagen por: Jorge Leonidas Escudero

El Ojo del testimonio de Jerome Rothenberg

Ojo del testimonio (Editorial Aldus, México, 2010), la excelente selección de trabajos en prosa del gran poeta, traductor y ensayista norteamericano Jerome Rothenberg que Heriberto Yépez ha traducido y Editorial Aldus presenta, no es un acontecimiento menor en el ámbito de nuestra literatura. Para los lectores serios de poesía, y especialmente para los poetas interesados en la renovación formal y la exploración de las fuentes primigenias en las que abreva la poesía, su lectura resulta indispensable. Libro de reflexión y creación, Ojo del testimonio, ésta última, palabra clave en la obra de Rothenberg, revela una fidelidad de más de medio siglo a la poesía y una atención particular a las visiones y variaciones de un universo, el propio, el de los hombres, en la búsqueda de un camino único no sólo en el ámbito de la literatura norteamericana, sino en el de la poesía de nuestro tiempo.

 

Para Rothenberg, la reflexión sobre el quehacer poético no es una deconstrucción de mecanismos, sino una forma de penetración en la realidad. El suyo es un pensamiento que ha querido nutrirse —casi literalmente— de toda la experiencia humana, a partir de una consideración tan ambiciosa como humilde: la de abordar o, mejor dicho vivir en el lenguaje, entendiéndolo como un universo que le es propio, pero no le pertenece exclusivamente, un instrumento que ha sido afilado, construido y enriquecido durante milenios por incontables generaciones de hombres como él. No es casualidad que algunos de sus trabajos más experimentales en el terreno de la creación se hayan dado en la traducción de poesía tribal y oral y en collages creados a partir de la obra de otros como en The Lorca Variations y en las indagaciones que han resultado de operaciones combinatorias modificadas como Gematria.

Rothenberg no entiende las antologías —las de su propio trabajo, las que él ha creado a partir del trabajo de otros— como una simple herramienta de conservación del conocimiento, sino como una máquina de transformación. En su introducción a Técnicos de los sagrado, se advierte enseguida que el poeta no se limita a explorar la poesía oral a nivel global como una suerte de rescate, sino que está pensando ya en alternativas de escritura, en el aprendizaje que puede obtenerse de otras tradiciones para intervenir la presentación visual de la poesía y entender de otro modo nuestra relación con ella a partir de la experiencia de los visionarios chamánicos, conectando obras tradicionales y ritualizadas con las piezas experimentales de la vanguardia occidental. En este sentido el proyecto rothenbergiano parte de una premisa: reconfigurar el pasado poético desde el presente del artista.

Resulta fundamental subrayar que al insistir en el poder transformador de la etnopoética, Rothenberg actúa como un poeta de vanguardia. Su trabajo, para decirlo claramente, no se agota en la nostalgia romántica del redescubrimiento, ni se limita a una investigación de mero interés antropológico. La búsqueda está ahí para abrir nuevos canales y expandir las posibilidades expresivas del lenguaje. Al internarse en esas otras voces, esos otros discursos, con la pasión de quien rastrea la imagen honda que revela la poesía, el poeta abre un espacio para la cohabitación de múltiples visiones y recursos, dando un sentido al lenguaje como fuerza restauradora que trastoca la percepción y alimenta la experiencia.

La inquietud por el proceso de auto-percepción de los poetas ya estaba presente en textos de hace varias décadas como Poéticas del mundo flotante, de 1959 y ¿Por qué imagen honda?, de 1961. Resulta notable que en trabajos que propugnan una poesía visionaria, Rothenberg, con la claridad y el pragmatismo de los grandes poetas norteamericanos que han ensayado una poética abarcadora, insiste en hablar de la imagen y la estructura del verso como algo que “no puede ser elegido ni construido separadamente”, haciendo eco al conocido dictum de Robert Creeley: “la forma nunca es más que una extensión del contenido”. Para poder decir que “El poema es el registro del movimiento desde la percepción hasta la visión” o que “La forma poética es el patrón de ese movimiento a través de espacio y tiempo” antes debe preguntarse, por ejemplo, si existen elementos, debido al corte de los versos en lo que llamamos “poemas”, que sean poéticos en su naturaleza misma, y abordar así lo que él llama la “confusión entre la estructura de palabras que llamamos “poema” y el evento-de-un-poema-sucediendo”.

Cuando las palabras del otro se entrelazan con las propias, la problemática del testimonio se pone en evidencia. Rothenberg ha rechazado la idea de auto-expresión que ha sofocado a buena parte de la poesía más convencional de nuestro tiempo, a través de la introducción de una primera persona que trasciende lo personal en busca de una nueva lírica. Por ello, en libros de poesía como A Book of Witness, Rothenberg vuelve a la primera persona como sustancia, elemento esencial para que resuenen las voces de los otros. El poeta es el que oye y el que habla. Tanto sujeto como objeto. Testigo.

No quiero terminar sin mencionar la insistencia de Jerome Rothenberg en el carácter oral de la poesía. Como ustedes podrán constatar, Rothenberg es un magnífico intérprete de sus poemas. En sus lecturas públicas, Rothenberg ha adoptado lo que él llama el “modelo de poema en acción” de la etnopoética, donde el poeta asume el papel de testigo de sus palabras, “él único capaz de hacerlas sonido” en el presente, resaltando en ocasiones el carácter ritual de la experiencia al mover los brazos agitando una sonaja o simplemente inhalando y exhalando, formando el sonido del poema no sólo con la lengua, la garganta, el paladar, sino con todo el cuerpo. “El poema —dice Rothenberg— es todo lo que ocurre… el insistir en que está constituido solamente de palabras… es perderse la experiencia total.”

En alguna ocasión, al hablar de su juventud en Nueva York, Rothenberg recordó que para 1950 había “una suposición generalizada de que ‘la edad de lo moderno, lo experimental y visionario’ había acabado y que estábamos predestinados, como generación, a mirar al pasado pre-moderno”. Desde ese entonces había intuido que era esa mirada al pasado lo que podía permitirle salir de aquel mundo y crear una poesía nueva, una experiencia del todo, un mundo en sus propios términos. Ciertamente el futuro ya no es como antes.

Sobre Nunca cambies de Inti García Santamaría

Las líneas a continuación fueron pensados y escritos para una presentación del libro Nunca Cambies de Inti García Santamaría.

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Es cuando una de ellas se acerca por fin y nos mira. Una de esas niñas bonitas que observamos en silencio todo el año, mientras tallábamos su nombre en el pupitre y un cuarentón intentaba inculcarnos la importancia del cateto y la hipotenusa. Cuando alguna de esas casi muchachas, que antes perfeccionaron el arte del rechazo, te aborda unos minutos antes de salir de vacaciones para firmar el álbum escolar o el anuario y en una de sus páginas inscribe la frase “Siempre pensé que eras muy lindo. Nunca cambies”, uno no sabe si aquello es un halago, un indulto, un insulto, una condena.

Para un poeta como Inti García Santamaría, cuyo trabajo parece aferrarse a esos nudos donde la vida se debate entre la libertad del lenguaje que quiere ser presente y la hipocondría lírica de volver con desconfianza sobre la misma enfermedad que es uno mismo, “nunca cambies” debe ser un dilema mayor. ¿Habrá algún hombre que pueda vivir como un Peter Pan cínico?

Para cantar las Canciones de la inocencia en La tierra baldía se vuelve necesaria una sensibilidad particular que admita la fragilidad y el descaro, y un sentido del humor con más nobleza que crueldad. El topo está triste y sube a la montaña para que nada lo separe del cielo. El topo mira el mundo parado en la cima del montículo de tierra donde vive. El topo sabe lo que es una cima aun cuando la montaña tiene 30 cm de alto. Cuando el topo se ríe de la soledad en la cima del Top Ten, también se ríe de su desgracia. Como los monos que asedian a Chaplin en El circo, cuando el topo le baja los pantalones al artista, lo hace de buena voluntad.

Sus palabras son nobles aunque muerdan, se nublan si doblegan, se confiesan cuando el rojo de la brasa se enmascara en ceniza, cuando la lágrima se esfuerza por ser letra y no llorar, una g goteando en ges aglutinadas en el flash, el dulce flash del ego que brega por no ser fotografía nada más. El topo pinta los gestos del payaso de negro lo que se dice negro por no ser sentimental.

Y fracasa. Se oye decir: “no todo puede ser tan inmediato” y no sabe si se lamenta o está lanzando una advertencia a las páginas ocultas de poemas por venir. Gira orden de aprehensión contra su voz, pero no la detiene. Voz de la voz, dice ese topo. A fin de cuentas no escarmienta. Nomás se mete en otro hoyo para ver qué encuentra entre los muertos. Y en sus poemas los alaba como un fan —palabra de topo— y se ríe de ellos porque sabe que, como él, no tienen cura. Hay que cruzar. Hay que agotarse en carreteras. Hay que volver sobre uno mismo, agotar los recursos del poema que sospecha del poema para ver si su corazoncito aún late de amor.

Ese topo quiere que lo quieran cuando se sabe muy lejos de cualquier poema. Cuando las palabras sienten miedo del mutismo o del autismo o de la risa que está sola, y no saben si de veras son extrañas o comienzan a extrañarse por sí solas.

La próxima vez que a ese topo le digan “nunca cambies” no podrá contestar “chinga a tu madre”. No está en su naturaleza. Quizá conteste con palabras para nombrar un poema. Ya se sabe que ese topo desconcierta. Quizá diga por ejemplo: el camaleón es un camaleón, el topo un topo. El poema es un poema. El topo, igual que el mundo, se deleita en tautologías. Lo inevitable es inevitable.

Imagen por: Es lo cotidiano

François Truffaut

Atraído por el cine desde temprana edad, François Truffaut dirigió casi treinta películas mayormente entre las décadas de los sesentas y setentas. Sus primeros filmes como director fueron los cortometrajes Une visite (1955) y Les mistons (1957). A ellos le seguiría su primer largometraje y una de las películas más importantes del director francés, Les quatre cents coups o Los 400 golpes (1959), la cual lo hizo merecedor a la nominación a la Palma de Oro en Cannes, además de galardonado como mejor director.

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Truffaut se aproximó al cine primero como crítico. Amigo de André Bazin desde la adolescencia, el director francés fue colaborador durante los años cincuenta de la revista de cine francesa Cahiers du cinema, fundada por Bazin, y en la que participaron Éric Rohmer, Louis Malle, Jacques Rivette, Jean-Luc Godard y Claude Chabrol, entre otros. En sus ensayos, Truffaut criticaba a la industria cinematográfica de su país y convocaba a los directores a definirse como verdaderos autores en sus películas. Su bandera fue la de promover el cine de autor versus el cine industrial o de “arte”, es decir el cine producido para el entretenimiento.

Sus ideas lo orillaron a la realización para convertirse en uno de los mayores representantes de la Nouvelle vague. En sus inicios colaboró en cintas de Roberto Rossellini. Durante los años sesenta filmó, entre otras películas, Tirez sur le pianiste (1960), Jules et Jim (1962) y Fahrenheit 451 (1966), además de continuar con la vida de su personaje Antoine Doinel de Los 400 golpes, interpretado desde el comienzo Jean-Pierre Léaud, con quien filmó Baisers volés (1968), Domicile conjugal (1970) y L’amour en fuite (1979).

Truffaut falleció a la edad de 52 años, en octubre de 1984, víctima de un tumor cerebral. Estrenó Vivement dimanche!, su última película, apenas un año antes. Sus restos descansan en Montmartre, en París.

Les compartimos como celebración un breve documental sobre él, parte de una serie titulada Cineastes de notre temps.

Imagen por: Taste of Cinema

Oscar Niemeyer

Por Fritz Utzeri | Traducción del inglés José Luis Bobadilla

Hace algunos años traduje esta entrevista con Niemeyer por el impacto que me produjo. Hoy me sigue pareciendo fresca y con la misma atracción. El día de ayer Niemeyer murió a los 104 años. A lo largo de su vida consiguió que su energía y lucidez estuvieran insólitamente vigentes. Sirva el presente texto como un sentido homenaje a su extraordinario trabajo y a la seriedad no exenta de alegría con la que encaró su existencia entera.
–JLB.

*

Me han pedido hablarles acerca de mi arquitectura, acerca de mi vida, sobre lo que me da placer o me entristece. Voy a tratar de darles gusto con unas cuantas palabras, decirles que lo importante no es la arquitectura, por la cual he permanecido sesenta años sobre mi mesa de dibujo. Para mí, las cosas importantes son la vida, los amigos y este mundo injusto que debemos mejorar.

He hecho tan sólo lo que me ha interesado, muy libremente, convencido ―como estoy― de que la arquitectura es sobre todo un asunto de invención. Aún más, creo en la intuición y veo la creación arquitectónica como algo muy personal que no se puede enseñar o aprender. Cada arquitecto debe tener su propia arquitectura.

Para la vida ―como lo he dicho siempre― tristemente, soy un pesimista, y veo a los seres humanos frágiles, abandonados y sin esperanza alguna. De cualquier modo la vida tiene que ser vivida, y al estar todos en el mismo barco, tenemos que vivirla mano a mano, juntos.

Lo demás es tiempo y no podemos separarnos de él. Felices cuando los tiempos son buenos, las mujeres hermosas, los amigos muy próximos y el cielo azul y estrellado. Tristes e indignados cuando la vida se vuelve cruel, cuando la miseria se extiende y nuestros hermanos más pobres son olvidados y relegados a la desesperación.

Cuando la esperanza abandona el corazón de los hombres, llega seguramente la revolución.

Creo definitivamente en la inteligencia humana y en que un día estaremos volando a través del cosmos, charlando con nuestros hermanos en el espacio, haciéndonos todavía la misma pregunta ansiosa:

¿pero, quiénes somos?

oscar niemeyer

Usted pertenece a un pequeño grupo de brasileños que poseen un reconocimiento internacional. ¿Se siente gratificado?

Existe una cierta exageración en esto. Soy un hombre como cualquier otro. He trabajado, tuve suerte, tuve ayuda, tuve oportunidades y las aproveché al máximo. Eso es todo. Trabajé duro. Me pasé la vida doblado sobre la mesa de dibujo. Pero no me quejo. Siempre reserve tiempo para las cosas importantes como leer, ver por mi familia, compartir con los amigos, teniendo siempre presente que la vida es más importante que la arquitectura. Conforme me hago viejo, intenté adaptarme. Soy un pesimista; no veo ningún futuro para los seres humanos. He procurado vivir una vida tranquila para hacer lo que me gusta, para protestar, para luchar contra la pobreza y buscar un mundo mejor.

Es curioso que su primera obra ―Obra do Berço― sea un especie de hospital.

No era un hospital, sino un pequeño espacio de caridad dirigido por mi prima Lísia Sodré, quien me pidió que realizará el proyecto. Una obra modesta, casi insignificante dentro de mi carrera arquitectónica. Para mí, la arquitectura comenzó en Pampulha, Minas Gerais.

¿Fue realmente en Pampulha dónde el arquitecto Oscar Niemeyer afinó el foco?

Pampulha fue el punto de partida de esta arquitectura libre llena de curvas que incluso hoy día aún sigo amando. Fue de hecho el principio de Brasilia, con una particularidad muy especial: fue el primer trabajo que JK [Juscelino Kubitschek] construyó como figura pública, mi primer proyecto importante y la primera construcción de mi amigo Marco Paulo Rabello, quien también realizó una destacada contribución a Brasilia hasta el final. Desde luego como todos los arquitectos de mi generación fui influenciado por Le Corbusier, pero esto no impidió a mi arquitectura tomar una dirección distinta, que fue una característica que él siempre entendió y elogió. “Aquí hay invención”, le dijo a Italo Campofiorito cuando caminaba por la rampa del Congreso Nacional.

Le Corbusier, una de sus pocas influencias, es generalmente rectilíneo, como en las instalaciones del Ministerio de Educación y Salud. Existen algunas excepciones, como la capilla en Ronchamp…

La Capilla de Ronchamp… Eso según dicen marca el comienzo de mi influencia en su obra, lo cual me agrada muchísimo.

¿Qué piensa de la actual arquitectura brasileña?

Por supuesto tenemos excelentes arquitectos. Sin embargo, mientras camino en algunas calles de Brasilia o cuando voy a Barra de Tijuca, siento que continúa existiendo mucha mediocridad alrededor.

¿Ha estado en Barra de Tijuca últimamente? ¿Qué diría de ella? ¿Es eso arquitectura?

No me gusta Barra. Se ve como Miami, como un suburbio de Miami y peor, existe incluso una replica de la estatua de la Libertad allí, nos oprime de algún modo. En todos lados la mediocridad y el poder del estado nos son impuestos.

Pero eso es típico de la ciudades brasileñas. En Europa, los centros de las ciudades permanecieron más o menos intactos a pesar de las guerras. Un romano del siglo diecinueve o incluso del Renacimiento podría reconocer una buena parte de su ciudad… En Rio las transformaciones son brutales. Las hermosas vistas que existían alrededor cuando yo era adolescente ya no están allí.

Cuando la arquitectura y el urbanismo moderno aparecieron, París ya tenía un estilo arquitectónico definido, y sus habitantes siempre se preocuparon por su preservación. Esto es lo que falta en Rio.

Aquí, en lugares como la Avenida Rio Branco, hemos tenido cinco generaciones de edificios en tan sólo un siglo…

Sin embargo debe considerar que, cuando la arquitectura moderna llegó a Rio, no encontró ―como si sucedió en Europa― una arquitectura establecida previamente imposible de ignorar, que pudiera imponer un cierto orden.

Pero la aniquilación de Pereira Passos funcionó… La vieja Avenida Central era un pastiche, y al mismo tiempo un monumento en la historia de la ciudad, con edificios imitando a los de Francia, incluso a los de Buenos Aires, era un neo-algo…

Cuando Le Corbusier estuvo aquí, felicitó a Pereira Passos por la construcción de esa avenida, a pesar de la inevitable demolición.

Hay quienes dicen que su sello es más el de un escultor que el de un arquitecto. ¿Qué piensa de esto?

No es fácil realizar el tipo de arquitectura que me gusta, en el que el coraje y la libertad plástica son esenciales. Pero para eso tu necesitas saber como se dibuja ―sin excluir el dibujo figurativo. Y entender qué tan importantes son la sorpresa y la invención.

Esta libertad debe ser la pesadilla de los ingenieros, ¿no lo cree?

Por el contrario. Todos los ingenieros que trabajaron conmigo, como Emilio Baumgart, Joaquim Cardoso, Bruno Contarini, Fernando Souza y Jose Carlos Sussekind, siempre disfrutaron al calcular mis estructuras. En Italia, el gran ingeniero Ricardo Moranzi, quien estaba a cargo de los cálculos de las oficinas de FATA, declaró en una ocasión en uno de sus libros que: “Por primera vez en mi vida he tenido que poner en práctica todo lo que sé con respecto al concreto reforzado”. Esto prueba que mi imaginación ayuda a las técnicas a evolucionar.

¡La idea es digna de un arquitecto renacentista!

En esos días, había al menos una cierta grandeza, y todos intentaban producir belleza. Artistas y arquitectos podían hacer lo que querían, siempre y cuando manejaran a sus poderosos mecenas correctamente. El Palacio del Dogo en Venecia ―diseñado por el arquitecto Calendario― es el verdadero precursor de la arquitectura actual. Es, desde mi punto de vista, una arquitectura más genuina que la que se construyó siglos más tarde de acuerdo con los preceptos de la Bauhaus y el grupo de arquitectos que los pusieron en práctica.

En ese proyecto Calendario, contrapone la llamada simplicidad arquitectónica, con una hermosa estructura cubierta de arcos y curvas que contrastan con los muros planos del edificio. Lo mismo se aplica a la economía de la construcción. Ya que él ―como yo― trataba con largos espacios abiertos, cubrió el tramo de cincuenta metros del hall principal con un simple enrejado. Da incluso una insinuación de la arquitectura más ligera que prefiero, con las columnas que aparentan encontrarse separadas del edificio, junto al mar. Pudo también zafarse del funcionalismo absoluto creando elementos arquitectónicos innecesarios, pero que ―desde su visión― eran indispensables para la belleza. Esto es libertad afirmándose a sí misma, la misma libertad que JK me dio en Brasilia, y que un extranjero de Noruega me ofreció al decir: “Quiero una casa con tres habitaciones. Este es el plano del lugar. El resto es cuestión suya. Yo escribiré un libro sobre esta casa”. No era ningún tonto. Era un amigo de Brecht y convivió con Sartre en París durante cuatro años. Era un escritor y curador en un importante museo. Recientemente me llamó por teléfono y me dijo: “¡La casa es preciosa! Estamos por comenzar la construcción”.

El siglo veinte, con todo su sufrimiento, no ha sido la mejor época para una persona común. Pero piense como hubiera sido para un hombre común el siglo primero, el dieciséis, o el diecisiete…

Sí. Siempre existe un progreso, o más bien deberíamos decir, que el sufrimiento lo hace necesario.

Quizá Oscar Niemeyer no habría sido posible entonces. Por supuesto en el siglo quince o dieciséis, si hubiera estado en Florencia, y con su talento, usted hubiera sido Bramante, Miguel Ángel, o alguien así. Pero en el siglo veinte, le fue posible realizar Brasilia.

He trabajado tanto que, para mí, Brasilia es sólo una fase dentro de todos estos años en los que me ocupado de hacer arquitectura, respetando mi propia manera de concebirla. Pero Brasilia fue importante. La gran aventura de JK justamente está hoy justificada por el progreso que, como esperaba, alcanza todo el interior del país. Visité Goiania cuando Brasilia estaba siendo construida ―un pequeño pueblo sin ninguna importancia. Hace pocos días, me asombré al verla llena de edificios, plazas y jardines… Todo eso fue posible gracias al entusiasmo del presidente, de Israel Pinheiro ―que resolvió todas las dificultades―, de Lucio Costa y todos aquellos que colaboraron plenamente en su realización.

Algo muy preocupante sucede en Brasil últimamente: más del 80% de los brasileños vive en las ciudades.

Es para resolver este problema que nuestros hermanos sin tierras pelean por la reforma agraria, por la tierra que les perteneció desde hace mucho tiempo ―un importante movimiento que pueda solucionar este éxodo rural que menciona. Y vale la pena recordar el valor de Stédile como su líder, vinculando su lucha contra la pobreza, que sigue siendo la causa de todos los males que existen en este país.

¿Hay alguna obra que a usted le hubiera gustado realizar y que por cualquier razón no ha hecho?

Desde el punto de vista arquitectónico, me hubiera gustado ver la mezquita que diseñé para Argelia.

Y de todos los edificios que usted diseñó, hay alguno que haya marcado su vida?

En Brasil, el Congreso Nacional y el Museo de Arte Contemporáneo de Niterói. En el extranjero, las oficinas de Monadadori y la Universidad en Constantine, Argelia. Son diferentes y sorpresivos, y eso es importante en la arquitectura.

Incluso en arquitectura, debe ejercerse el concepto de que el hombre tiene derecho a la belleza. Esto hace a las personas vivir mejor. Hay un pasaje muy hermoso en el prefacio de la constitución de los Estados Unidos, donde dice que Dios creo al hombre con algunos derechos inalienables como la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. ¿Cómo definiría usted felicidad? Usted ha dicho que haría una fiesta donde la gente fuera feliz, sin ninguna razón particular. Pero ¿qué lo hace a usted feliz?

Estar en paz, a gusto conmigo mismo. Sentirme solidario con aquellos que luchan contra la opresión y la pobreza. Ayudar a otras personas. Pienso que tendríamos que sentir placer en ayudarnos unos a otros, es lo que importa. No hacerlo como una obligación. Cuando camino por la calle y alguien me pide dinero, si tengo algo, se lo doy ―no importa que sea para emborracharse. Es un momento placentero que me gusta tener. Me encanta invitar a mis amigos más pobres a viajar por Europa conmigo y ver que tan contentos se sienten explorando el “viejo mundo”.

Usted ha contado que Rodrigo M.F. de Andrade lo impulsó a escribir. Sus diseños siempre llevan una “necesaria explicación” y sus textos tienen verdadera calidad literaria.

Déjeme explicarle. En muchos de los casos, mis diseños son aprobados por la fuerza del texto, y no por los dibujos. Si ―mientras escribo― siento una carencia de argumentos convincentes, vuelvo a la mesa de dibujo. Es mi prueba ácida.

¿Qué piensa, por ejemplo, cuando diseña una iglesia?

Pienso en la gente que irá allí a rezar, aquellos que creen en Dios. En la Catedral de Brasilia, dejé espacios transparentes en los vidrios de color. Esto, para que desde la nave, los creyentes pudieran imaginar que allá afuera, en los espacios infinitos, el Señor los está esperando ―una idea nueva que el representante del Papa entusiastamente aprobó cuando pasó por Brasilia

¡Usted diseña muy hermosas iglesias!

Para mí, cuando la arquitectura no es hermosa y capaz de asombrar, no reúne las características de una verdadera obra de arte. Por ello, dibujar es esencial para el arquitecto ―incluyendo el dibujo figurativo―, que empieza a reemplazarse con tecnología y computadoras en las escuelas. Un niño talentoso de 8 ó 10 años puede producir dibujos fantásticos que la mala enseñanza y el conocimiento de los clásicos harán irremediablemente vulgares.

¿Acaso no era eso lo que Picasso buscaba, cuando decía que le gustaría pintar con la libertad de un niño…? Otra pregunta que no tiene ninguna relación con lo anterior… En qué momento de su vida usted se abrazó a la Izquierda?

Fue cuando entendí la inmensa dimensión de pobreza y que debía combatirla.

Pero, de algún modo, ¿no es verdad qué cuando usted escribe un libro o diseña un edificio, tiene que transportarse a su interior para poder imaginarlo? En el proceso creativo, no es solamente la satisfacción intelectual la que cuenta. Debe haber algo del alma en él. Por “alma”, me refiero a esta llama que mantiene vivo al hombre.

Y eso sucede en el momento de la creación, cuando el arquitecto, como Machado de Assis lo hizo tan bien, penetra el alma de aquellos que vivirán esa arquitectura.

Ahora, volviendo a la “inmortalidad” entre comillas, no es acaso agradable para usted saber que, aún después de su muerte, la gente mirará sus edificios y se dirá: ¡Vaya, qué edificio!

Es verdad. Eso pasará por un tiempo. Pero después… De cualquier modo ―es la ley natural― eternamente repetida, implacable.

Imagen por: The Superslice