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Israel Galván, Pintor de la Danza

Se presenta actualmente en el Centro de las Artes Michael Schimmel en la ciudad de Nueva York, la nueva producción del coreógrafo y bailarín de flamenco, Israel Galván.

Nacido en Sevilla en 1973, Galván es hijo de los bailarines sevillanos José Galván y Eugenia de Los Reyes, por lo cual, ha participado del mundo de la danza durante toda su vida. A sus treinta y un años, el artista español ha conseguido desarrollar un lenguaje personal adoptando las formas tradicionales del flamenco de Andalucía, pero creando una danza que habla sobre el presente. Galván experimenta con formas libres y honestas, haciendo cambios de movimientos inesperados, y logrando expresar con humor una danza que llega a ser muy bella.

Como parte del decimocuarto Festival de Flamenco, Israel Galván presentó su nuevo espectáculo La Curva. Una pieza extraordinaria de ochenta minutos que consiste en una danza inspirada en movimientos de vanguardia como el cubismo, desde donde parte para generar algunos de sus movimientos. La Curva es un tributo al bailarín, coreógrafo, actor y pintor de flamenco, Vicente Escudero, un artista que revolucionó la forma de hacer y pensar el flamenco durante los primeros años del siglo XX.

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Con una escenografía minimalista, Galván crea sonidos no sólo con el espléndido y complejo movimiento de sus pies, sino también, mediante chasquidos que produce con sus dedos, con su chamarra de cuero, con su cabeza y sus dientes. Galván baila y crea ritmos con sillas, una mesa, un piano y polvo blanco que enfatiza las formas que crea cuando baila.

En su acompañamiento musical, lo acompañan la pianista, Sylvie Courvoisier, la cantante Inés Bacán y el percusionista de manos El Bobote.

Imagen por: El Tablao

Hombres maravillosos y vulnerables. La elegía de los perdedores

Muchas voces se escuchan al leer los cuentos de Hombres maravillosos y vulnerables, la de Salinger, la de Melville, la de Paul Auster, la de Baudelaire. El común denominador en los cuentos de Pablo Toro es el personaje desaliñado y despreocupado de la vida, el alcohólico, el mediocre, el soñador frustrado. La prosa de Toro parece evocar a aquella del realismo mágico, sus relatos cortos, oníricos, circundantes y sumamente efectivos, gozan de un estilo un tanto kitsch y una comicidad cruel y tangible.

Los personajes de Toro se desenvuelven en ambientes putrefactos: una casa sofocante que guarda los recuerdos de una familia que ya no es, un cubículo en una oficina que queda sepultada bajo una montaña infinita de diarrea o un barrio lleno de niños que venden crack y prostitutas violentas. Los relatos del narrador chileno lo inundan a uno con un sopor caliente de licor y cigarro añejo.

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Se trata de una especie de bestiario de la marginalidad humana. En el cuento que da nombre al libro se ve a un muchacho que, como el Bartleby de Melville, demuestra una pasividad exagerada, pero que a diferencia del mismo, acepta realizar cualquier orden que se le dé con una falta de dignidad que resulta prácticamente inhumano, y todo por conseguir un empleo mediocre en un estudio de televisión.

Por otro lado, en el cuento “El proceso”, existe una intertextualidad abierta a las lecturas de William Burroughs. En éste, el personaje principal mantiene una relación de dependencia no sexual con otro hombre y, al igual que Burroughs, vive atrapado en un ciclo vicioso de autodestrucción del que sale únicamente tras aceptar el abandono, para después salir a recuperar a su familia perdida.

Así pues, Pablo Toro escribe sobre el hombre chileno y el de cualquier otra latitud, escribe sobre los hombres mundanos, cabizbajos, los perdedores y los atormentados, hombres maravillosos y vulnerables que sobreviven día con día al paso vertiginoso de una modernidad que no les pertenece y que parece devorarlos a su paso.

Imagen: del documental “Nostalgia de la luz” de Patricio Guzmán

Cordelia Urueta. Carácter y color

Museo Mural Diego Rivera
Noviembre, 2013-Marzo, 2014

 

En los últimos años la pintura ha quedado relegada del resto de las expresiones artísticas. Sin embargo, esta experiencia no ha sido erradicada y tampoco ha concluido en sus pesquisas. Durante el siglo XX, la pintura gozó de una notable salud. Se echaron abajo muchos paradigmas. La abstracción detonó múltiples posibilidades. En México, después del muralismo, aparecieron pintores dispuestos a cambiar las cosas. Antes del movimiento de Ruptura existieron algunos artistas que buscaron modificar el arte de la pintura como era conocido hasta ese momento. Rufino Tamayo fue el más sobresaliente, pero hubo otros como Cordelia Urueta. Nacida en la Ciudad de México en 1908, hizo una carrera sólida y demorada. Su primera exposición se realizó en 1950.

La exposición del Museo Mural Diego Rivera, permite conocer un trabajo un tanto eclipsado pero fundamental en la gráfica mexicana. Luego de un breve periodo figurativo, Urueta llegó a la abstracción. Una vez en ese lenguaje desplegó atmósferas y ritmos a través del color. Sus cuadros poseen un rasgo sobrio que proyecta monumentalidad independientemente de su tamaño.

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En una entrevista en 1992, Urueta expresó: “Lo que más me interesa en el arte es la sorpresa. Hasta que no llego a sorprenderme con lo que hago, aquello no me interesa. Voy buscando sin saber qué es lo que busco hasta que algo me sorprende, entonces me digo es esto. Pero necesito saber que aquello fue un encuentro, un encuentro que yo misma no sabía lo que era. Los pensamientos muchas veces no corresponden a la imagen. La imagen ocurre. Trabajo a partir de sensaciones; pienso en color la sensación, indago luego dentro de mí la forma adecuada a ese color que estoy buscando. Los estados de ánimo entonces tienen mucho que ver; pero también la idea del mundo, la dificultad de entender las cosas. Necesito más bien sentirlas.”

La posibilidad de corroborar dichas palabras, hoy existe. Aunque la exposición en el Museo Mural Diego Rivera no es grande, no hay un solo cuadro que no agregue riqueza y cuestione el mundo.

Imagen por: Cordelia Urueta

Crónicas de albañilería: Agustín Calcagno

Editorial Milena Caserola
Buenos Aires, Argentina, 2013.

 

El escritor Agustín Calcagno nacido en Buenos Aires en 1979, aprendiz de albañilería, guía al lector en un viaje alucinante, que borra la línea entre la realidad y la ficción y nos adentra en las “materias más primarias”.

A manera de diario o crónica, Calcagno nos narra su aventura de 32 días alrededor de este oficio y de personajes complejos que llegan a distintas obras en las que colaboran. Desde el primer capítulo el escritor advierte: “La albañilería no es para todos aunque todos crean que pueden hacerlo. La albañilería es para un puñado de personas que se llaman albañiles y que han construido no sólo el espacio que contiene casi todo tus actos sino también el de todos tus antepasados…” y continúa: “La albañilería es literalmente la piedra angular de todo lo que hacemos colectivamente, es el fundamento último, es la primera letra…”

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Con un lenguaje sencillo y reflexiones casi poéticas, Calcagno plasma en el papel el día a día, el avance en las obras, los contratiempos, los personajes que se van sumando, sus amoríos. El oficio se convierte para él en una forma de terapia que le permite desfogar todo lo que atormenta su mente. Con cada golpe de mazo desentraña los fundamentos de los edificios, pero también de sí mismo con el objetivo de entender, aprender y resanar todo aquello que necesite ser remodelado, cambiado o desechado. El proceso de transformación no es sencillo, pero sí necesario: “El primer día es el peor porque todavía no opera la metamorfosis del cuerpo. El oficio te disciplina las manos, los músculos y, más que nada, la sangre.”

Desde los días aburridos hasta los más pesados, el enamoramiento, el compañero polaco, los desencuentros, las pláticas, la camaradería, cada día es una aventura para este personaje que, todas las noches, a pesar de las largas jornadas, del mal ánimo, de la depresión o el enojo, se obliga a recapitular los detalles más importantes y plasmarlos en palabras. Deja de importar si es real todo lo que escribe o si es producto de su imaginación, al final, Calcagno comprende este mundo y se apropia de él, no como un antropólogo, sino que realmente lo vive, él es un albañil más, lleno de ampollas y callos en las manos, polvo alojado en sus pulmones que le provoca tos y brazos que dejan ver una mayor musculatura por el extenuante trabajo diario.

“Recién volvía de la obra pensando que esta sería la última crónica de Balvanera Sur y me acordaba de Diana, de la indistinguible distancia entre la realidad y la ficción que ya no me importa. Pensaba que el amor de alguna forma nos contiene, nos restringe, nos cuida las espaldas y, […] nos señala con el dedo […] esto me gusta, esto no, si hacés eso te amo, si no, no, si me hacés esto te necesito, si no, no, cuidate! yo te cuido porque me importás, pero si no te cuidas no me importás más, no te quiero porque no te querés, tenés que quererte como yo a vos…”.

La necesidad de sobrevivir, de sanar el dolor y las heridas, de confrontarse con uno mismo, llevan a este personaje a fijarse el reto de convertirse en un albañil y dominar con destreza y agilidad cada actividad, en un esfuerzo por conocerse a sí mismo, sin testigos y siempre cobijado por el anonimato. Numerosas voces de quienes lo rodean le ayudan a darse cuenta de que no importa el nivel de sufrimiento o experiencias dolorosas, siempre hay forma de sanar. “Apretamos porque hay un impulso adentro que nos dice que tenemos que hacerlo. Son motivos insondables los que nos llevan a tratar de superar el dolor corrosivo, el vértigo, el miedo al sufrimiento que nos provoca el color ladrillo cuando aflora desde adentro de nuestro cuerpo…”

Reflexiona Calcagno: “somos los que hacemos que las cosas del mundo existan. Somos el primero y el último eslabón de la cadena alimenticia. Sin nosotros no hay enchufes, ni camas, ni nenas desnudas que te rompan el corazón, ni sanguches de milanesa, ni patas limpias. Sin nosotros no hay nada.”

Imagen por: Crónicas de albañilería

El arte de la tinta en China

Durante más de dos milenios, la tinta ha sido el principal medio de la pintura y la caligrafía en China. Sin embargo, después de la muerte de Mao Tse-tung en 1976, en la década de los años ochenta, artistas chinos comenzaron a alterar, reinterpretar y extender este arte tradicional.

El arte de la tinta (Ink Art) es un acercamiento del Museo de Arte Metropolitano de Nueva York al arte contemporáneo chino. Con setenta obras de treinta y cinco artistas de diversos medios artísticos -pintura, caligrafía, fotografía, grabado en madera, video y escultura- la exposición explora la renovación cultural de China a través de una reinterpretación de sus antiguas tradiciones artísticas.

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Un rasgo distintivo de El arte de la tinta es que la obras se instalaron a lo largo de las galerías de arte chino del MET. Como se sabe, el museo cuenta con una de las colecciones más grandes de arte tradicional chino en occidente. La exposición permite poner en diálogo el arte contemporáneo con el arte antiguo. De este modo los visitantes pueden trasladarse en el tiempo, ampliar los contextos, y hacer un ejercicio de reflexión sobre los orígenes de las piezas contemporáneas.

La exposición está organizada temáticamente en cuatro partes: “La escritura”, “Nuevos paisajes”, “Abstracción” y “Más allá del pincel”.

La escritura es uno de los medios fundamentales de la comunicación y la expresión de la cultura China. La caligrafía has sido desde siempre un terreno de exploración artística. Las piezas que se muestran en esta sección son obras que trastocan y cuestionan la cultura tradicional.

Character Image of Black Character Font, Wu Shanzhuan, 1989

La sección de “Nuevos paisajes”, muestra, como el paisaje de China se ha transformado debido a los procesos de modernización. Algunas obras muestran el vertiginoso desarrollo del país asiático haciendo, por ejemplo, alusión a las montañas antiguas pero con los rascacielos de hoy.

Vista de la marea, Yang Yongliang, 2008

La sección de “Abstracción”, da indicios de un vocabulario que permite apreciar y entender la caligrafía desde un punto de vista estético.

Estar abierto y Vacío, Wang Dongling, 2005

Por último, “Más allá del pincel”, muestra piezas de artistas interesados en un aspecto performativo de la caligrafía.

Prefacio del Pabellón de la Orquídea, Qiu Zhijie, 1990-1995

http://www.metmuseum.org/en/exhibitions/objects?exhibitionId=%7B2CCA0D85-6307-4AC7-9674-C4E4F675C08E%7D&rpp=10&pg=1

Imagen por: AFP

Marshall Allen: 90 años

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Son muchas cosas las que pueden decirse sobre Sun Ra y su “Arkestra”. Sin embargo, las que a mí más me impresionan son su flexibilidad, su capacidad de asimilación y transformación, y su portentoso poder de continuidad. El controvertido pianista Sun Ra, murió el 30 de mayo de 1992. Sun Ra tuvo la firmeza de arriesgarse antes que nadie a introducir instrumentos eléctricos en sus proyectos musicales. Su Arkestra se formó en Chicago en los años cincuenta junto a destacados músicos como el trombonista Julian Priester, el saxofonista tenor John Gilmore o el saxofonista alto Marshall Allen. Basó su música sobre todo en una filosofía que mezclaba la ciencia ficción, el mundo egipcio y otros elementos esotéricos, y no solamente en recursos propios del lenguaje musical. Para ello se valió de distintas estrategias, entre ellas la de crear su propio sello discográfico, Saturn Records, lo que le otorgó una libertad inusitada hasta ese momento. Para muchos, su imagen y sus ideas representaban una caricatura, pero nadie dudó nunca de su rica propuesta musical.

Este año, este mes de mayo, se cumplen también 100 años del nacimiento de Sun Ra (nació el 22 de mayo de 1914). Pero no es de él de quien quiero hablar, si no de su heredero, Marshall Allen, alguien vivo que cumple igualmente este mes 90 años. Los homenajes tendrían que ser en vida. Por eso prefiero dedicar estas líneas a Allen, quien sigue dirigiendo, con la misma libertad creativa y el mismo impulso energético y renovador de Sun Ra, la orquestra del maestro.

Allen nació en Louisville, Kentucky el 25 de mayo de 1924. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial quedó junto con su compañía militar un tiempo instalado en Alemania. Ahí conoció a distintos músicos, entre ellos al pianista Art Simmons quien lo guió a Paris a tocar y a estudiar música. Ahí fue espectador de Charlie Parker y vivió un período intenso de influyente vida intelectual. Convivió con Jean Paul Sartre, Boris Vian, Juliette Greco e incluso el viejo músico de jazz Sidney Bechet. El punto de reunión fue el Chez Ines, manejado por la cantante norteamericana Inez Cavanaugh en la Rue Champollion, un estrafalario local a espaldas de la prestigiosa Sorbonne. A ese lugar asistieron además Richard Wright y James Baldwin, importantes escritores afroamericanos. Fue un momento especial que sin duda aportó mucho a lo que Allen realizaría en un futuro y hasta el día de hoy como continuador y director de la Sun Ra Arkestra.

Desde 1958 tocaría casi exclusivamente para la rebelde orquestra de Sun Ra, pero dejar ahí su carrera sería algo muy parcial. Realizó al margen de la Sun Ra Akestra invaluables grabaciones con Paul Bley, el bajista Henry Grimes y más recientemente con músicos como William Parker con quien grabó el disco All Stars Game (Eremite, 2000), en donde también colaboran Kidd Jordan, Alan Silva y Hamid Drake.

Marshall Allen sigue activo y el año pasado vino a México con la Sun Ra Arkestra. La orquestra bajo su dirección bailó entre los pasillos del Teatro de la Ciudad de México con una jovialidad envidiable. En días próximos, el 31 de mayo, tocará en Inglaterra, para celebrar los 100 años del nacimiento de Sun Ra. La nave espacial no deja de volar.

Aquí un video más o menos reciente con Decoy, un interesante grupo conformado por los músicos ingleses John Edwards en el bajo, Steve Noble en la batería y Alexander Hawkins en un órgano Hammond. Su saxofón alto, Allen toca muchos instrumentos, sigue tan hilarante, alerta y filoso como siempre, como nunca antes. ¡Feliz aniversario¡

Imagen por: CANBERRACONTEMPORARYARTSPACE

Steve Lacy

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Este año se cumplen 80 años del nacimiento y diez de la muerte de Steve Lacy, uno de los saxofonistas más importantes del siglo XX. A los 21 años visitó a Duke Ellington para hacerle unas fotografías, pero seducido por el ambiente de los músicos abandonaría la cámara para tocar el saxofón soprano, un instrumento que desde Sidney Bechet, en décadas anteriores, había quedado relegado. Es bastante conocido que fue Lacy quien introdujo a Coltrane en el soprano. Sin embargo, hay que reconocer, que más allá de lo que Trane consiguió con ese instrumento, fue Lacy quien explotó todas sus posibilidades. Quizá esto se debió a su larga trayectoria, cincuenta años de trabajo continuo e implacable.

Lacy fue uno de los mejores intérpretes de Thelonious Monk. Además se convirtió en un compositor excepcional. Fungió también como un gozne en el proceso del paso del free jazz a la música de improvisación libre y experimental, y logró integrar a músicos norteamericanos, europeos e incluso japoneses.

Aunque comenzó a hacer música dentro de un movimiento de recuperación de la música de Nueva Orleans, conoció en la década de los cincuenta a Cecil Taylor y esto le abrió un panorama distinto de lo que podía ser el jazz. Colaboró entonces con Archie Shepp, Denis Charles o Roswell Rud, entre otros. Todos ellos le brindarían elementos para desplegar su imaginación y elaborar en el futuro una música sembrada de riesgos y hallazgos. Es notable que a lo largo de su carrera, Lacy, reinterpretara sus composiciones modificando los temas y la instrumentación, lo que acusa un fervoroso deseo por ir hacia adelante.

Tocó prácticamente con todos los músicos de improvisación.﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ es donde la ma ir ahlir allmado la vida en serio. En 1996, en una entrevista con John Corbett dijo lo siguiente: ” libre importantes de la segunda mitad del siglo xx (Don Cherry, Evan Parker y un largo etcétera). Estuvo en momentos decisivos para este tipo de música en los Estados Unidos, París, Italia y Londres. Su discografía es ancha y diversa. Tan compleja como sólo puede ser la de alguien que se ha tomado la vida en serio. En 1996, en una entrevista con John Corbett dijo lo siguiente: “Siempre voy donde la música me lleva. No es que quiera ir ahí o allá, sino que es donde la música está.”

Aquí un registro de una de sus últimas grabaciones.

Imagen por: Gilles Laheurte

Estuve en Lisboa y me acordé de ti

Luiz Ruffato
Traducción de Mario Cámara
Eterna Cadencia Editora
Argentina, 2011.

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El escritor brasileño Luiz Ruffato realiza en Estuve en Lisboa y me acordé de ti una reflexión sobre la condición de los migrantes que buscando trabajo y mejores condiciones de vida abandonan su país. A través de dos capítulos: “Cómo dejé de fumar” y “Cómo volví a fumar”, Ruffato cuenta la vida de Serginho, un trabajador humilde que describe su origen como una mezcla de “sangre indígena, lusitana y esclava”, de la que se enorgullece, y que según en Portugal, donde,e las mismas de ser posibleida cancita. y aacompañamientos musicales sencillosél, “lo guía hacia adelante”.

Tras un matrimonio forzado luego de que Noemí, su novia, queda embarazada, Serginho se separa de ella después del nacimiento de Pierre. Noemí padece constantes episodios maníaco-depresivos y esto lo distancia de ella. Pierde su empleo y comienza a fantasear con la idea de irse lejos. Un amigo le hace ver que “el camino es Portugal”, una tierra que, al parecer, se encuentra en “un momento de reconstrucción”, donde “el dinero no es problema, falta mano de obra… y sobran oportunidades para los brasileños y para los negros.”

Entusiasmado, Serginho logra juntar dinero e instruirse con amigos sobre su remoto y desconocido destino: “¿Cómo llega una persona a Portugal?”; “¿Cómo es un avión por dentro?”; “¿De dónde sale el avión?”; “Cuánto tiempo demora la ida”; “¿Y la vuelta?”; “¿Tiene baño?”; “¿Se puede dormir?”; “¿Hay comida?”; “¿Y el país?”; Si alguien quiere ir, “¿Dónde compra el pasaje?”; “¿Cuánto cuesta más o menos?”; “¿Qué más necesita saber alguien que quiere ir?”; “¿Pasaporte?”; “¿Dónde se saca ese pasaporte?”; “¿Y si la persona nunca vio un euro ni de cerca?”.

Su plan, es sencillo: trabajar duro, ganar un buen sueldo en euros, ahorrar parte de sus ingresos para volver entonces a Brasil con recursos suficientes para comprar propiedades, vivir despreocupado de las rentas y ofrecer un mejor futuro a su hijo.

Ruffato describe las peripecias que vive Serginho en Portugal, donde a su pesar, descubre que las condiciones de trabajo no son favorables. Serginho consigue entrar a un pequeño restaurante donde convive con trabajadores de países de Europa del Este y también gente de las que fueran colonias portuguesas en África. En su aventura Serginho conoce a Sheila, una chica originaria también de Brasil que se prostituye para vivir. En el hotel donde vive, un hombre de origen angoleño, que perdiera la pierna en la infancia con una mina, permite que su esposa también se prostituya para que su familia tenga algo que comer. En algún momento comenta: “Es la miseria hijo, la miseria”.

De este modo, Serginho reconoce lo irrevocable, que la vida económicamente estable, está lejos de ser posible.

Imagen por: Alfredo Monte

Cosmogonía doméstica de Damián Ortega

Patio Museo Jumex
Curadaduría: Rosario Nadal
Febrero-Octubre 2014

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Cosmogonía doméstica de Damián Ortega es la primera obra que la Fundación Jumex Arte Contemporáneo solicita como parte del proyecto de comisiones y adquisiciones del nuevo Museo Jumex de la Ciudad de México. La pieza ha sido ubicada en el patio del edificio recientemente inaugurado. Es, a grandes rasgos, una suma de objetos comunes, recurrentes en cualquier hogar, delicadamente dispersos y en equilibrio con otros objetos sobre plataformas giratorias. Sin embargo, los mecanismos de la pieza se desdibujan u ocultan para dejar que los objetos cotidianos fuera de sus contextos regulares y en posiciones nuevas adquieran una significación distinta. Ahora son estrellas en movimiento, a la intemperie, objetos arrancados de su utilidad para convertirse en esculturas móviles.

La pieza, como explicó Ortega a algunos de los medios que asistieron a la presentación que organizó el museo, posee un carácter lúdico. Cosmogonía doméstica está próxima a los móviles de Alexander Calder. Ante la pregunta de la relación de su pieza con algunos inventos del siglo XIX, el artista expresó que: “aquellos inventos comenzaron a existir gracias a un grado sutil de investigación y de reflexión que significaban innovaciones porque hasta antes de ese momento no existía, por ejemplo, una pila”. En este sentido, su pieza participa de un mismo impulso de innovación. El artista agregó que la obra requirió de un dedicado trabajo con lijas, grasa y piezas torneadas expresamente. Los materiales utilizados fueron metales, maderas y un diálogo con el espacio que los circundaba.

La pieza tiene una fragilidad aparente que se acentúa gracias al hecho de encontrarse al exterior. Por lo mismo otra de las preguntas de la prensa tuvo que ver con esto. Ortega respondió que: “es complejo y demandante trabajar en un espacio así, ya que el calor dilata los objetos, el frío los contrae, el agua los descompone, lo que impone reglas estrictas”. Por lo mismo la obra involucró un largo proceso antes de existir.

Sobre éste, Ortega explicó que casi siempre todo comienza con dibujos que muchas veces no tienen un fin específico. Hay por lo tanto ideas en cuadernos que pueden o no realizarse. En el caso específico de Cosmogonía doméstica el proceso se inició hace más de seis años con una maqueta que construyó gracias a unos tubos que encontró en Brasil y que consideró que podrían funcionar para su proyecto. En general, Ortega trabaja con un grupo pequeño de tres personas quienes hacen un poco de todo. Sin embargo, para Cosmogonía doméstica, necesitó de un grupo mayor de colaboradores. Hacía falta un ingeniero, varios torneros, además de un diseñador italiano y otros colaboradores franceses. Comentó que una parte enriquecedora del trabajo fue la participación de los torneros de distintos barrios de la ciudad de México, una comunidad integrada por un grupo de personas muy capaces, que trabajan todavía a mano.

Cosmogonía doméstica posee una atmósfera armónica, casi lírica, que vuelve la pieza un poema hecho a partir de pocos elementos que se sostienen de maneras sutiles y que están como flotando en el espacio. Algo que dista mucho de otras piezas a veces pesadas, incluso desde un punto de vista intelectual, es decir, son ideas y no objetos lo que se nos presenta como piezas de arte. El doble movimiento de los objetos en su sitio y el de su desplazamiento en las plataformas, resulta un efecto complejo que dice muchas cosas de cómo somos hoy en el presente. Esta resolución poética de Ortega no es nueva y vuelve a cumplirse ahora.

Además de artista, Ortega ha impulsado mediante la editorial Alias, un cuerpo de libros que ayudan a pensar y entender el arte contemporáneo. Este trabajo no debe soslayarse de su proyecto artístico pues amplía modos de ver y de pensar a veces marginados por distintas razones de la cultura y el arte que circulan en México. La piezas de Ortega poseen un componente intelectual que muchas veces queda fuera de la pieza, pero que está ahí desde otro lugar. Los libros de Alias corresponden a un gusto personal pero que también se comparten con otros.

Existe en Cosmogonía doméstica una relación interesante entre las características industriales de la pieza, que se perciben poco, y los objetos ordinarios que la componen y que son más visibles. Este contraste potencializa las experiencias de los espectadores, quienes podrán visitar la pieza y obtener sus propias conclusiones durante los meses subsecuentes.

Imagen por: Rodrigo Delgado

35 años de The EX

En 1979 comenzó a tocar The EX, un grupo holandés en ese momento de punk, pero que rápidamente integró otros instrumentos a la usual formación de guitarra, bajo y batería. Se sumaron saxofones, un acordeón, marimba, violines, latas de cerveza y botes de aceite. La ampliación instrumental modificó también la canciones breves y filosas del mejor punk. Las estructuras musicales se complejizaron y poco a poco fueron extendiéndose. Para ello fue crucial la integración de Katherine Bornefeld en 1984, quien tocando la batería consiguió darle al grupo un alta precisión.

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Al inicio de los años 90 colaboraron con el chelista de vanguardia Tom Cora. Esto produjo en The Ex nuevas inquietudes que sin embargo, venían gestándose desde su disco Joggers And Smoggers de 1989. La idea del disco era articular el lenguaje de la música de improvisación libre al trabajo de The Ex. Para ello invitaron a Ab Baars, saxofonista, y Wolter Wierbos, trombonista de la ICP -una destacada orquesta de improvisación holandesa. También participaron en la grabación Thurston Moore y Lee Ranaldo de Sonic Youth. Desde entonces la improvisación forma parte del proyecto de The Ex, quienes han buscado enriquecer su música abrevando además, de la música húngara, turca y más recientemente etíope.

En los últimos años, tocan frecuentemente con Getatchew Mekuria, legendario saxofonista de Etiopía que ha desarrollado su lenguaje a partir de la tradición de los cantos guturales de su país. Mekuria sorprendió a The Ex con su sonido firme y potente, próximo al de Albert Ayler, pero al mismo tiempo muy personal. Al parecer, Mekuria desconocía del todo el jazz y el rock occidental.

The Ex está formado actualmente por Andy Moor, Katherine Borrnefeld, Arnold de Boer y Terrie Ex.

Imagen por: Instant Chavires