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Instanto de Arnaldo Antunes

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Luego de la tabla rasa que consiguió el movimiento de Poesía Concreta de Brasil a partir de sus formulaciones de los años cincuenta y sesenta, pocas inmersiones poéticas posteriores a ese momento han reformulado y trascendido aquellos postulados como lo ha conseguido la propuesta poliédrica de Arnaldo Antunes. Los poetas concretos brasileños expandieron el lenguaje de la poesía acentuando la materialidad sonora y gráfica de la palabra. Ese camino estranguló el carácter lírico que en sus últimos libros, Haroldo de Campos, motor principal del movimiento, quiso recuperar. Hay que decir sin embargo, que esto no fue siempre ni completamente así. El movimiento de la poesía concreta brasileña sucedió en un contexto en que la música popular tendía puentes hacia la poesía más seria y experimental. Por lo mismo la canción y su larga tradición lírica formó también parte de las pesquisas de la poesía de aquella época. Chico Buarque o Caetano Veloso compartían sus intereses y diferencias con Augusto de Campos o Décio Pignatari potencializando de este modo las posibilidades de una expresión poética. La poesía concreta y el Tropicalismo fueron lanzas de un mismo espíritu de cambio. Antunes (Sao Paulo, 1960) ha sabido conjugar con sobrada pericia estas dos experiencias. Con una larga trayectoria como músico solista y en importantes agrupaciones como Titas y más recientemente Tropicalistas junto a Marisa Montes y Carlinhos Brown o A curva da Cintura con Edgard Scandurra y Toumani Diabeté, Antunes ha combinado la publicación regular de una atrayente obra poética, vinculada a la poesía concreta pero no solamente, en libros como Psia (1986), Tudos (1990), As Coisas (1992, premio Jabuti de poesía), Nome (1993), 2 ou + corpos no mesmo espacao (1997), Doble Duplo (2000), Outro (2001), Palavra Desordem (2002), ET Eu Tu (2003), N.D.A. (2010), Animais (2011), 40 Escritos (2000; ensayos), además de una abarcadora antología de su obra titulada Como É que Chama o Nome Disso (2006). En nuestro idioma ha sido poco traducido y existía hasta este año una sola versión publicada de Iván Larraguibel del libro Doble Duplo. Kriller71Ediciones, proyecto de edición independiente de Aníbal Cristobo –poeta y traductor argentino radicado en Barcelona– ha puesto en circulación Instanto, una antología suficientemente representativa de la obra de Antunes en versión de Reynaldo Jiménez (traductor de las Galaxias de Haroldo de Campos) e Ivana Vollaro. El libro incluye distintos periodos de la obra de Antunes y está acompañada por un cd titulado Deslímites, música compuesta para un espectáculo de danza de Clara Trigo y la SUA Companhia de Sao Paulo. Los dos objetos, libro y cd, se articulan con plenitud para mostrar como la poesía sigue siendo una experiencia humana maleable, abierta y expansiva. A lo largo de su obra, Antunes, quien además realiza desde hace tiempo performances y distintos proyectos audiovisuales, nunca ha abandonado la palabra para construir sus poemas. Por el contrario, se ha empeñado en usarla. Es esto lo que lo distingue con respecto a la poesía concreta que lo precede. Y aunque en algunos de los atrevidos diseños gráficos de sus poemas sobre la página aparecen letras sueltas a veces casi indescifrables, siempre es posible reconocer palabras. Lo mismo sucede en la ejecución sonora de los textos, pues a pesar de las manipulaciones, sean las que sean, o de los acompañamientos diversos, son palabras lo que se mueve en el sonido. Arnaldo Antunes es un poeta excepcional que junto con otros poetas de Brasil, abre una serie de interesantes cuestionamientos sobre la expresión poética y sus alcances. Es una suerte que finalmente exista en nuestra lengua un acceso a su trabajo, pues como él mismo expresa en una nota sobre la poesía incluida en Instanto: “Las palabras se despegaron de las cosas, así como los ojos se despegaron de los oídos, o como la creación se despegó de la vida. Pero tenemos esos pequeños oasis –los poemas– contaminando el desierto de la referencialidad”, y éstos mientras existan, nos permitirán actualizar una relación más enriquecedora con el mundo.

Imagen por: Foca Lisboa

Felicitación a Michael McClure

 

Traducción del inglés y texto: José Luis Bobadilla

El próximo 20 de octubre Michael McClure, cumplirá 81 años. Su obra poética responde a una meditada búsqueda personal y trasciende toda etiqueta. Participó en la mítica lectura de la Sixth Gallery en 1955, dónde Allen Ginsberg leyó por primera vez su reconocido poema “Aullido”. Junto con ellos además participaron Gary Snyder, Philip Lamantia y Philip Whalen, quienes fueron presentados por Kenneth Rexroth. McClure estuvo relacionado a la poesía Beat y al movimiento conocido como Renacimiento de San Francisco. Sin embargo, mantuvo lazos con otros poetas importantes de su genaración como Robert Creeley. Sus poemas son de una filosa precisión y buscan establecer relaciones diversas con la naturaleza a través de procesos mentales que detonan las palabras. Por lo mismo su poesía incluye muchas veces onomatopeyas y otros recursos parecidos, pues para él el sentido de los poemas surge del cuerpo y por lo mismo puede localizarse en el sonido y la disposición gráfica de las palabras sobre la página en blanco. A continuación y a modo de un pequeño homenaje compartimos algunas textos introductorios de sus libros, que sirven como muestra de un pensamiento poético alerta y en constante devenir. Además, incluimos al final un retrato videograbado de McClure realizado recientemente por el poeta y escultor George Quasha, donde puede apreciarse la inconfundible voz y entoncación del poeta norteamericano.

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De la introducción de September Blackberries, 1974.

 

Cada poema debería ser un experimento—en el sentido en que hay experimentos en la alquimia y la bioquímica. Yo poseo mi carne transitoria para hacer música como si fuera un arpa. Veo a todos los seres como dedos o tentáculos de un universo que es un oleaje de materia viva. Cuando hago un poema creo una extensión de mí mismo. Puedo sentir más cuando escribo un poema. Un poema es como un berro o una pequeña orquídea en un bosque de pinos ponderosa. Un poema es como un panda—un gigante perezoso— o como el aliento de un lobo en una noche helada. Un poema es un aminoácido en las ondas de un océano sin fin.

 

Un poema es como un hombro o un oído. La poesía es la forma con que ampliamos nuestra vida interior. La vida interior real nos ha sido amputada—pero podemos sacarla de ahí y llamarla un poema. Nos paramos sobre la poesía—como una piedra de apoyo en un torrente— y somos más libres. Luego descubrimos que la piedra de apoyo es una barca ebria y que estamos girando, navegando, entre risas…

 

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De la introducción de Jaguar Skies, 1975.

 

La poesía es un principio muscular—una canción o susurro atlético de pensamiento carnoso. Podemos ser tan serios como una oscuridad azul-negra o brillantes como un ranúnculo al amanecer. El espíritu de la poesía son giros que enviamos desde la hélice expansiva de nuestras vidas. Con la poesía podemos encontrarnos con una vieja percepción en la cima de una montaña o en el metro, o ver una nueva percepción corriendo como un lobo en la distancia—o resplandeciendo como un ópalo en el crepúsculo.

 

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De la “Nota del Autor” de Rebel Lions, 1991.

La poesía es un principio muscular que viene del cuerpo —es la acción de los sentidos, lo que se oye, se ve, se saborea, toca y huele, tanto como lo que se imagina y razona—, mediante la acción atlética de la voz en la página y en el mundo. La poesía es uno de los filos de la conciencia. Y la conciencia es algo real como las astas de un venado, o el olor de un arbusto de zarzamoras, bajo el sol, a la orilla del camino.

 

Alrededor de 1955, empecé a centrar los poemas de tal modo que ellos mismos dejaran claro su elemento fundamental de formas de la conciencia. Este impulso de centrarlos dio a la escritura una notación visual para la respiración y la voz, así como para la lectura mental. Esto, además, les dio la simetría longitudinal que se encuentra en los animales más desarrollados. La colocación al centro, también permitió que los poemas adquirieran un lenguaje corporal sobre la página y, al ser recitados también con la voz. Hubo así mismo otras razones. Pude ver en la integridad de los poemas —cual si fueran criaturas—, cómo se movían por sus formas. No me interesaba lo que en ese entonces se llamaba “forma”, sino en la extensión del contenido dentro de un modo de relación inmediato conmigo y con el lector.

 

Me interesaba el poema vivo, haciéndose, tanto en el aire, como en la página. El poema en la página significaba un problema para mí, porque al parecerme una cosa de gran belleza, me obligaba a recordarle al lector, que eso era de hecho, un objeto, y es más, un objeto seductor, puesto que se encontraba muy cerca de estar vivo.   Al poner en mayúsculas las líneas del texto se establecía al mismo tiempo una fractura en la atracción del poema y un recordatorio de que éste era una cosa hecha. Las mayúsculas funcionaban por un lado, distanciando al lector momentáneamente; por el otro, creando una ruptura atractiva de modo que la experiencia no deja de fluir. Posteriormente experimenté utilizando versos en mayúsculas para significar una ligera inflexión de la intensidad en la voz o en la lectura mental. Las líneas en mayúsculas al principio del poema intentan cifrar la calidad de la energía con que cada poema comienza. Las mayúsculas nunca significan que los versos deban ser gritados o cantados.

 

Mi poesía… captura el movimiento del pensamiento de percepción a percepción y florece en la energía básica del animal que es nuestra sustancia…

 

Me ha sido posible escribir en un lenguaje que siento mío y he podido incorporar las ideas de una autobiografía espiritual y los gestos del arte de la pintura. En un libro temprano, The New Book / A Book of Torture, los descuidados accidentes de tipografía, gramática y deletreo, fueron dejados, como un pintor que ha salpicado un lienzo de gotas de energía. El método que he descubierto me ha permitido intentar la creación de poemas que devinieran cosas vivas, e incluso los intentos fallidos han tenido un valor alquímico para mí. He podido escribir libros extensos de poemas autobiográficos y de conciencia biológica o social como Rare Angel y Dark Brown o mi libro inédito Fleas. Esta poesía comenzó, de alguna manera, en las obras de acción que escribí para el teatro en los 50 y 60, The Mammals, así como en piezas para teatro de décadas posteriores…

 

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De la introducción de Simple Eyes, 1993.

 

Mi poesía no está escrita en verso libre, sino en la poética que Charles Olson llamó verso proyectivo. Aquellos que no hayan leído mi poesía con anterioridad, descubrirán que escribo con una línea de aliento y que escucho la sílaba como aparece en mi voz o en la punta de mi pluma o en la pantalla o en mi propio campo de energías.

Más que una forma de poesía ingenua o inculta, el verso proyectivo es lo más difícil de escribir; no solamente es la forma más nueva, es también la forma más dispuesta a incluir, y algunas veces lo ha hecho, los yambos antiguos, la métrica, la rima y lo próximo a ella.

 

Ya sea que uno piense en Blake, o en Artaud, quién utilizó su psicosis como instrumento para explicar sus reinos, o Su en Tung-po, quién vio su cuerpo como una barca sobre el río, la poesía verdadera es siempre arte. La poesía no es literatura en el sentido social; es el descubrimiento de la materialidad de la conciencia a partir del sonido que produce el arranque de un coche, la tensión muscular de un hombro, o una pluma de búho danzando en la brisa.

 

Cuando hablo de cosas o sucesos, es porque generalmente los he experimentado. Ha sido una fortuna tener amigos que me mostrarán las águilas, los riscos caracoleados y los árboles floreciendo en una mañana de retoños gloriosos.

 

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Del “Prefacio del autor” de 3 Poemas, 1995 (fragmento).

 

…Escribir espontáneamente no significa escribir sin cuidado o sin experiencia y pensamiento profundos. De hecho, debe existir una visión y una poética viva y conciente.

 

El momento de la escritura es complejo y al mismo tiempo es natural y vigoroso. No conozco otro gesto de mayor aventura que escribir espontáneamente. El poema, haya nacido de la exuberancia o la depresión, debe poseer ebullición, hambre de libertad e imaginación. Cuando el poema está terminado lo escucho y lo veo en la pantalla o en la tinta del bolígrafo, y veo que tiene una conciencia profunda y pensamientos brillantes por encima de lo que notaba mientras escribía. Algunas veces existen dificultades en un poema. La oscuridad, lo incomprensible, no están ahí con el propósito de desviar, si no como energía compactándose y saltando y rompiendo, justo como una ola se rompe plateada en una noche de luna. Incluso en la oscuridad uno puede notar que se trata de una ola plateada. Goethe creía que la poesía debería ser incomprensible e inconmensurable. Todo arte es así hasta cierto grado. Pero mucho arte parece chato y pobre en su riesgo porque rechaza la dificultad.

 

Si la poesía y la ciencia no pueden cambiar la vida de uno, no tienen ningún sentido. El sentido, es que seamos cada vez más capaces de alcanzar la verdad para nuestro ser profundo. Si el poeta corre el riesgo de ser acusado de esoterismo por intentar ser vigoroso y darle sentido al poema, será un precio pequeño.

 

Lo que es urgente no es la cantidad que debe entenderse mientras uno lee, si no cuánto uno usa la riqueza de su propio ser para tener la experiencia del poema…

Imagen por: Karen Aney

Un hilo suelto siempre se quita de la ropa. Las decentes de la 58 de Elena Martínez.

¿A quién no se le pega un hilo en la ropa? ¿Quién no se ha preguntado de dónde vienen esos hilos? ¿Qué es un fragmento de hilo? ¿Qué se puede hacer con él? Un trozo, un pedazo, una huella rota, una historia que ha perdido parte de su trama. Un hilo solamente es un hilo. En esta ocasión se trata de un hilo que cose el espíritu con la materia. Un hilo que se ha pegado a Mérida, vecina de la calle 58, y quien con sus demás habitantes teje una historia. Esa calle sería aquel hilo que encontramos sobre la ropa, y del cual casi siempre nos deshacemos. En esto se hace evidente lo que el significado de un hilo es dentro de la exposición de Elena Martínez, Las decentes de la 58.

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Un hilo, entonces, es un cúmulo de fibras en nuestro cuerpo, un sistema de tejidos: los músculos son fibras que envuelven los órganos. Si uno se desgarra, se deshilacha, se le va el alma al suelo. Esos tejidos en un sentido bruto son la carne: “la carne es el hecho de que mi cuerpo es pasivo-activo (visible-vidente), masa en-sí y gesto“; expresa el filósofo Merleau Ponty.

La exposición muestra lienzos que remiten al mundo de Toulouse Lautrec, y si repasamos su obra saltan a la vista los trazos del pincel que aún siendo óleo parecen largas tiras de hilo que dibujan las fibras de las piernas de las mujeres y de sus ropas. Esto sucede del mismo modo que con Degas y sus bañistas, en donde un hilo de agua de la tina parece recorrer sus cuerpos. Además, como sabe, es imposible separar el material de la obra: el mismo lienzo está hecho de fibras. Carne sobre carne.

La exposición “historiza” las entrañas de la vida de quienes como prostitutas conforman una zona de la realidad. La antropología ha estado al tanto de las motivaciones y necesidades de estas mujeres casi siempre con relatos oscuros. Dudo que eso pasara si viéramos intestinos y tripas, pero es en realidad lo que vemos: los órganos que nos entrañan con cualquier otra persona y, que por el azar, se nos arrancan o conservamos. De ahí mi suposición de que los hilos que se enredan y se extienden hacia arriba desde una cama que se ve en la sala de la exposición, sean otra expresión que se suma al tema de la prostitución. Mujeres desencajadas de su cuerpo, haciendo de la carne trenzas de estambre.

La exposición que aloja el museo textil de Oaxaca parece apelar a la interioridad de las mujeres y emplea el hilo, ese cúmulo de fibras, para renegar sutilmente de la inmoralidad. Recordemos como un apunte de fondo a Gilles Deleuze quien estudiando la pasión de la carne concluye que “deber tener un cuerpo es una exigencia moral”.

Los hilos como materia de tejido tienen una relación directa con nuestro cuerpo, un hilo perdido en la ropa es, sin más, la escena de una prostituta, es decir, de una carnada expuesta.

Imagen por: Shinji_Harper

Margaret Leng Tan: The art of the toy piano

Foro internacional de música nueva Manuel Enríquez 2013
Sala Manuel M Ponce, Palacio de Bellas Artes

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…el hombre sólo es una colección de resortes que se dan cuerda mutuamente.

Julien de La Mettrie

 

Música mecánica: pianitos, cajas de música, muñecos jack in the box, silbatos, palos de agua, grillos, todo aquello que hace recordar un cuarto de juegos con la salvedad de que, a causa del festival de música nueva, se ubicaron en la sala de Bellas Artes.

Sonidos, todos, de un mundo casi prejudicativo, de un mundo de concepción mecánica, los “instrumentos de juguete” son llevados a las salas de conciertos y son interpretados, mejor dicho, puestos en juego por la niña que Margaret Leng Tan lleva dentro. Como oyente, los sonidos que emiten se identifican con sensaciones que quedaron atrás, ahí en el salón de juegos de la casa, en ese tiempo en que buscar en el juguetero era algo especial, y aquella búsqueda provocaba que los juguetes ahí guardados produjeran sonidos. Una situación tan natural y feliz como cuando el viento mece las hojas de los árboles que caen de las ramas.

Margaret Leng Tan toca juguetes y, gracias al trabajo y compromiso de interesantes compositores contemporáneos, podemos actualizar sensaciones que a veces sólo nuestra intuición guardó. Es una forma de “tiempo recuperado”. Al tocar las teclas del piano de juguete, se escucha además del sonido de la nota correspondiente, la apoyatura del dedo sobre la tecla y también como se despega del fondo. Entre tecla y tecla, entre sonido y sonido, se oye la suave fricción de la mecánica que hay en todo juego.

La noche en que se presentó la pianista con el aura de John Cage, con sus juguetes y sus partituras, sucedieron dos piezas en especial, que consiguieron una experiencia agradablemente compleja. La primera, fue una pieza de la compositora Phylis Chen para caja de música. La pequeñez del instrumento con la perfección de los orificios que marcan el ritmo de la nostalgia fueron acompañados por un video con acercamientos de un carrusel. La segunda fue el estreno mundial del compositor mexicano Jorge Torres Sáenz, una sinfonía en cuatro movimientos. El tercero, “Night music”, el mejor para mí.

Sin duda, como afirmaba Arnold Hauser: “cada obra de arte muestra las huellas de su propio tiempo y contiene el carácter único, irrepetible e inequívoco de una constelación histórica”. El estilo de la pieza de Torres Saénz resultó ser en este sentido una forma de esta constelación, una huella de su propio tiempo. Tradujo el presente en una noche de ensoñación de la infancia, y como bromeó Margaret Leng Tan: “Toys are us”.

Imagen por: Michael Dames

A raíz de cierta crítica: Replica a los comentarios de Juan Alcántara en “A propósito de cierta poesía”

La crítica literaria se pregunta por la escritura. Por esa mancha, ese desgarramiento. Ahonda y pone en relación con su contexto histórico las obras literarias, que al final son productos culturales, urdimbres de significados.

El crítico es ante todo un lector escrupuloso, un arqueólogo, un explorador, alguien que ve inquisitivamente, a veces escéptico, y que dota a los otros lectores de interpretaciones que van más allá de los usos y gratificaciones que se atisban en la superficie.

La sola existencia del crítico literario hace que la polisemia del texto se multiplique, le abre más ventanas a la interpretación para que circule el aire.

Es lugar común creer que el crítico es un ser que saca a flote sus traumas a través de sus escritos o que es un creador frustrado. No lo creo. A lo mucho, en este juego de espejos y sublimaciones en que se torna el lenguaje —como todo ser humano que lo utiliza— el crítico está expuesto a que se piense que lo que él dice de los demás, realmente lo piensa de sí mismo.

La argumentación es el músculo del pensamiento, la razón unívoca no nos está dada, la realidad no es algo independiente a nuestra propia voluntad. Trama de subjetividades la vida, terreno movedizo: la opinión.

Desde la mayéutica hasta los artículos en las revistas digitales, lo que subsiste es el ejercicio de este músculo, esta búsqueda de los contrastes o un deliberado deseo de tener la razón, encontrar la verdad y, de ser posible, convencer a los demás de ella.

Escribo todo esto en relación al artículo A propósito de cierta poesía joven de Juan Alcántara, publicado el 15 de octubre de 2012 en la revista Mula Blanca comentando la visita de algunos escritores a la Universidad Iberoamericana los días 11, 13 y 14 de septiembre para la Semana de Letras.

Según deduzco por el artículo, Alcántara estuvo durante la lectura que compartí con Yaxkin Melchy y Emmanuel Vizcaya, en el auditorio Fernando Bustos Barrena. Al final, no se acercó, no preguntó nada ni hizo comentario alguno, lo que me hubiese gustado para desarrollar este diálogo cara a cara y no tener que contestarnos por este medio.

Para entrar en materia, haré un breve resumen de la presentación. Al principio, leí algunos textos de mi libro El tiempo es un texto indescifrable mientras caminaba entre el público utilizando un antifaz rosa fucsia. Emmanuel Vizcaya leyó textos de Termodinámics y DSHBRMNT utilizando una máscara de cartón y luces, acompañándose de música electrónica de su autoría. Yaxkin Melchy realizó una acción poética, que además de la lectura de un poema escrito para las 11 horas del 11 de septiembre, incluyó audio de una marcha peruana y la manipulación de lombrices de tierra sobre la bandera estadounidense.

También se hizo bibliomancia (lecturas al azar que le dicen algo de sí mismo a quien las escoge). Dos de los alumnos de letras leyeron textos de El tiempo y luego otros más de algunos libros que llevamos para compartir.

Alcántara dice: “Así que si los vemos seguros, bien plantados, expansivos, propensos a explayarse sobre sí mismos en público sin reservas ni falsos pudores, e incluso agresivos y retadores, atrevidos hasta cierto punto, convencidos de la legitimidad de sus pretensiones y aun infatuados de sí mismos, no debemos extrañarnos demasiado. ¿Lo saben ellos, les importa, tienen conciencia de eso?”

Acá empieza el problema para mí. Su artículo roza con ser insultante porque utiliza los adjetivos a la ligera. Llega a ser errático si le aplicamos el análisis de las falacias más comunes del discurso según Teun van Dijk: falacias de generalización y de autoridad.

Eso sin contar que el texto referido se pierde en la expresión y no en la argumentación.

Sus conclusiones son facilistas y parece que tuviese una cámara de vigilancia en las cabezas de algunos de los jóvenes a los que menciona, porque solo así se explicaría cómo el autor cree saber lo que pensamos y se afinca en la idea de que esta generación carece casi totalmente de autocrítica. No generalizar, diría van Dijk.

Agrega Alcántara: “En efecto, pertenecen a esas generaciones que han comprendido gustosamente que tienen derecho a ser escuchadas”. Y: “Los jóvenes son por antonomasia consultables, entrevistables, encuestables, seguros, creíbles, sanos, potentes, sinceros, termómetros de la época, vehículos del cambio, agentes liberadores, gérmenes del futuro, ligeros e intuitivos disidentes todo tipo de inercias, falsedades, pesadeces y aburrimientos. Son además divertidos, bellos, libres, prometedores… En fin, todo son, hagan lo que hagan, por ser jóvenes, y se los han hecho saber, y lo disfrutan”.

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Además de preguntarme, en clave de sublimación y psicoanálisis, si el articulista se siente parte de esas “inercias, falsedades, pesadeces y aburrimientos” porque las sabe calificar muy puntualmente; le recuerdo que la mayoría de las víctimas mortales de la violencia en México son precisamente jóvenes y que muchos, a pesar de estar en edad productiva, carecen de un empleo o un lugar en el sistema educativo. Se le olvida a Alcántara que estamos frente a la generación de los ninis.

Por eso, yo no me atrevería a decir que los jóvenes han comprendido gustosamente que tienen el derecho a ser escuchados.

Alcántara crítica el posible conflicto de intereses entre los jóvenes creadores y la institucionalidad, mientras al mismo tiempo nos acusa de una “paradójica manía de negar sistemáticamente toda autoridad y todo prestigio en nombre de no se sabe qué, del capricho quizá, de la embriaguez de una emancipación trivial”.

¿En qué quedamos? ¿Quiere que no nos creamos los espaldarazos y que al mismo tiempo no neguemos toda autoridad? ¿Qué autoridad debe reconocer un poeta si no es la de sí mismo como lo ha señalado?

Por otro lado, estéticamente critica el uso, a su juicio limitado, de nuestros disímiles y diversos campos semánticos, acusándonos de no plantear ‘nada nuevo’ (quien sea novedoso en la poesía que se levante puro entre los contaminados), olvidando la relación intrínseca entre las obras literarias, el habitus y el contexto histórico.

Utiliza frases como “ningún poeta serio”. Pausa. ¿Quién le ha dado autoridad para decir quiénes son serios y quiénes no? En este punto es claro que su argumentación termina de resquebrajarse y va decantándose hacia lo visceral y no hacia el recomendado ejercicio del músculo del pensamiento.

Rescata de nuestro talento “lo veleidoso, pasional y errático”. Su argumentación es más bien a la que podría colocársele el calificativo de errática, porque antes de escribir un artículo se traza su coherencia interna y no se dejan cabos sueltos, no se trata de trastabillar y saltar desordenadamente entre los argumentos como él lo hace.

Generaliza. Nos acusa de falta de disciplina, de ser ruidosos. Una vez más ¿conoce al dedillo nuestras lecturas, las horas que le dedicamos a la escritura? Lo invito a leer nuestros ‘pequeños libros’ como usted los llama.

Coincido, sin embargo, en que su artículo es un llamado de atención para aumentar nuestro nivel de autocrítica, cuidar de no caer en moldes, revisar los mecanismos, la historia del arte, con que se intenta proponer una acción poética y reflexionar sobre el conflicto de intereses que puede surgir de la relación con la institucionalidad.

Y sobre todo, sus palabras recuerdan que debemos abrazar la vocación, la mancha. “Para escribir hay que quemarse entero”, dijo recientemente el escritor chileno Raúl Zurita.

Recibo el balde de agua fría, afino mi propio aparato crítico, me pregunto si alguna de las personas que caminan sobre la Tierra carece de cierto narcisismo, y si la sola mención de éste no es la sublimación del suyo.

Creo en el río continuo que es la poesía joven, responsable de trabajar sobre su lenguaje y su tiempo, porque los jóvenes de ahora en unos años no lo serán.

 

Y como bien dice, señor Alcántara, ser rebelde ahora es cada vez más difícil, existe el cascarón que el estatus quo nos tiene preparado si decidimos colorear fuera de la línea.

Y es que ahí se torció todo, creo, cuando de niños nos enseñaron que había que colorear sin salirse de los márgenes.

Y eso lo dije en la Universidad Iberoamericana y lo sostengo. Por eso, porque creo que a veces hay que colorear fuera de la raya es que me puse la máscara color fucsia en su universidad, porque tal vez ciertas acciones siembran polémicas que nos permiten ejercitar este precioso músculo que es el pensamiento poético.

Imagen por: Clayton Conn

Jorge Juan Moyano: Matter Matters (Casa del Mendrugo, Galería Lazcarro, Puebla)

Hay una hermosa galería dentro de una casa del mendrugo que guarda un entierro de siglos pasados y que, por circunstancias patafísicas, a mi juicio, activa la exposición de Jorge Juan Moyano con el título: Matter Matters.

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En la exposición se respira tiempo: sensaciones figurales y formales que avivan el color, la tipografía, la línea.

Es un hecho que una sensación es algo aislado. Es como hacer un zoom en el momento en que nuestro cuerpo experimenta. En los lienzos de Moyano descubrimos sensaciones que guardan entre sí intensidades: la sensación de clavar un tenedor en las capas de un tejido cerebral; la sensación de palabras que en nuestra época están sobre-significadas como es el caso de la higiene; la sensación de unos órganos; la sensación de la caverna; la sensación de leer la palabra en francés: dépeuplées; la sensación de encontrar donde menos te lo esperas, como un hecho propietario de su misma materia, dueño de su importancia: una mancha amarilla.

Y desde otro punto de vista, la sensación de la densidad del cemento y la ligereza de algunos letreros callejeros, la sensación previa, de meter el dedo a una banqueta fresca y marcarla con frases que coquetean con ser aforismos. Las placas de cemento de Moyano me hicieron recordar el tono emotivo de aquél chiste de un personaje que al ver un graffiti, dice: “Dios ha muerto, atte, Nietzsche”. E inmediatamente gira y ve otro donde lee: “Nietzsche ha muerto, atte, Dios”. Encontramos cuadros, placas y grabados, que reconocen de modo directo la arbitrariedad de la vida cotidiana.

Tal como Henri Rousseau y Francis Bacon, Moyano, guarda periódicos y utiliza la noticia para conseguir la sensación que, como descibre Gilles Deleuze: “es el momento en que el cuerpo intenta escaparse por uno de sus órganos”. Es, repito, una especie de zoom a la realidad cruda del cuerpo y a la cualidad y grado estético que los puede enmascarar, al estilo de las naturalezas muertas del pintor Jean Siméon Chardain en quien Moyano dice inspirarse.

Me parece que Moyano interpreta la profundidad al modo de Michel Tournier: como vastas dimensiones, por tanto, superficies de no poca profundidad. Tanto las placas de cemento como los lienzos resaltan una tonalidad emotiva que compartimos, la de la superficialidad. En esa línea pienso que lo que observamos en la exposición que ofrece la galería Lazcarro de Puebla, es la apreciación actual de un zoom: el acercamiento a la vida intensiva en su modo extensivo, es decir, órganos del sujeto convertidos en acciones en los lienzos, y acciones convertidas en órganos en las placas de cemento. De esta manera hay un afortunado contrasentido en la obra de Moyano: el acercamiento a la profundidad se corresponde a lo superficial.

Imagen por: Rebecca Smith Hurd

Peter Stamm en México

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Dentro de las actividades organizadas por el Festival del Centro Histórico del 2013, se realizó una conferencia en la que participó el escritor suizo de lengua alemana Peter Stamm, junto con Enrique Serna. Mauricio Montiel Figueiras fue quien los convocó a reflexionar sobre las redes sociales y la escritura. Sin embargo Stamm, habló sin más de literatura. A continuación, dada su precisión y riqueza, así como carácter crítico y a veces polémico, les compartimos algunos de sus pronunciamientos que bien pueden leerse como ramas de una poética.

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Peter Stamm

Cada acto de lectura y de escritura es una forma de emancipación humana.

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El lenguaje es un medio para apropiarse del mundo, para crear un orden.

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El lenguaje nos ayuda a afirmarnos, no hablamos estrictamente, únicamente, para compartir.

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El lenguaje afina nuestra visión del mundo.

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La literatura es una forma de señalización de los caminos.

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Lo desconocido no se puede desear porque no se conoce.

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La literatura debe sacudir, incomodarnos.

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La originalidad muchas veces forma parte de una literatura superficial.

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Las raíces de la literatura están en lo profundo de la realidad.

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No describo paisajes, me muevo en los paisajes.

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Chejov no escribía sobre su tiempo, lo hacía sobre los seres humanos y sus dificultades.

Imagen por: Gaby Gerster

Cámara oscura, una pieza de Jorge Juan Moyano

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Instalación de medidas variables

Materiales: espejo, fotografía impresa sobre trovicel, pintura acrílica y tinta indeleble sobre muro.

Sala Juan Cordero, Casa de la cultura, Puebla. Diciembre, 2012.

 

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Una trampa de noche para un tigre azul, el azul que en su estado de fluosforescencia y neón ha capturado con desfachatez la lente oblicua del deseo. ( máscaras excitadas de los aventureros nocturnos). De noche, bien dicen, todos los gatos son pardos y la luna es de plata. Y salir felinamente a ganarse la plata requiere la fosforescencia de “los juguetes que se iluminan en la oscuridad”.

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Entre más frenéticas sean las materias, las carnes y las luces dispuestas en el hotel Jorge Juan, mayor fosforescencia acumulará, pero, ¿qué lee el tigre en el contraste de esa señal nocturna? Y, ¿qué el visitante?, ¿cuál puede ser la equivocidad de esa imagen?: pasarla por alto, calificarla de ordinaria, reír de su “rascuachismo”, o ir más allá de lo evidente y demandarle a la moral una explicación obligatoria ante la violencia de la exaltación.

La tigresa, un animal fiero y en su confinamiento ¿raspa las paredes de su alma?, ¿la tiene?; vemos en ella la encarnación de una tierna tigre de cereal, nos parece que sabe lo que hace y que lo hace de modo inocente, o ¿es que la mano que ata la máscara detrás de su nuca, tiene vida propia? ¿A quién pertenece esa mano que no tiene guante como tiene máscara la cara?, ¿al tigre o a la mujer?, ¿cuál de ellos pretendería someterse o atreverse a encapuchar o desencapuchar su “cara-nombre-naturaleza-alma”?, Son los dos movimientos posibles que capturan en la imagen, y luego entonces, ¿quién es Yessi?

¿Cuál es pues, la trampa existente en ese cuarto?, ¿para quién? Un tigre es devorado si no sabe interpretar, nosotros, ¿no estamos siendo devorados al no poder decir qué enuncia furtivamente la fotografía?

La bio-química del deseo absorbida por el comercio: el azul neón y su inestabilidad de excitación, y bio-políticamente: una generación espontánea que pare ficciones y da la pauta para insistir que la realidad siempre las superará. Es una foto real, es decir, todo aquello que en este anuncio queda apresado en la clausura de la sociedad y que le rapta el criterio necesario para saber si se trata de una puesta en escena o de la degradación del arte.

La pieza Hotel Jorge Juan, muestra “kinkyanamente” la conciencia escópica. La puesta en escena enmarca a través del espejo el juego entre el hombre y el animal, entre la máscara y la persona, que compensados en la fantasía cobran desproporción en lo real. Vigilar y castigar, desear e imaginar que el punto ciego que nos lanza el espejo nos viene dado por la imposibilidad de restaurar la escena primera, el inicio de la imagen que nos es preciso relatar y que construye la perspectiva con la que vemos. Ahí pues que la conciencia evada su plenitud. Sin embargo la mirada, aquella que es capaz de reconciliar la anamorfosis del espejo, con la tangencialidad del ojo sabe que el espectador no puede dominar; que el hombre no es quien doma a la bestia.

La fascinación y repudio de esta pieza proviene de la reformulación en la que queremos insistir: ¿qué es lo que estamos viendo? Si algún día esta pregunta repone su peso las eventualidades con las que corrió la construcción del Hotel Jorge Juan serán simple muestras del poder ocular, del prefijo verse-viendo que nos engaña como lo hace la fosforescencia del azul.

Imagen por: Revista Replicante

A partir de la exposición de Carlos Amorales titulada Germinal

Pienso en un rotafolio gigante donde se traza, al compás de instrumentos de percusión y batería, de manera estridente, y con un rotador que transporta de forma dentada, angulosa y cortada, las variantes abruptas del movimiento terrenal.

Estamos en la exhibición de un terremoto, de las oscilaciones de la cultura y la civilización, de la barbarie y la historia que bien se anota en la tesis de Walter Benjamin: “No existe ningún documento de cultura que no sea al mismo tiempo documento de barbarie”. Nuestro terreno, ni remotamente desaparecido en el archivo de la memoria tuvo, antes, un lugar claro donde la lengua era comunicada con precisión. Luego de eso, sentimos que platillos voladores permutan el registro y los códigos del entendimiento.

Carlos_Amorales_Studio

La traslación de un idioma a otro se aprecia en las fórmulas de los rotafolios que, acomodadas en columnas se muestran como ideogramas. De cerca, se podría leer un idioma de corales de roca o de insectos que en diálogo con las placas teutónicas formulan el lenguaje de un inframundo: orgánico y devastador.

Pero en este hábitat se mezclan en el mismo campo semántico: sismología (el estudio de los sismos) y la ufología (el estudio de los objetos voladores no identificados), y de ambas tenemos señales cuya gramática nos coloca en la fractura de la tierra y del cielo. Platillos voladores que repercuten en las tierras movedizas de la Ciudad de México.

El resto es un documento que un amanuense, un escriba o un tlacuilo futurista, sea humano sea programado, copia fielmente del registro sonoro que se compone entre una superficie de tierra y un platillo volador. Es lo que diría si hablara la fractura misma, la de la tierra y la del cielo que se compone de características que rebasan el plano cartesiano. Se habla entonces de: estratificación, profundidad, irregularidad, consistencia. Y más allá de: temperatura, brillo, velocidad, del objeto volador, de la tecnología especial.

El manuscrito habla la lengua de la grieta: lo terrestre y lo extraterrestre. Fenómenos de tal intensidad y arrebato nos colocan en una estética del quebranto, la estética de Carlos Amorales.

Imagen por: Haemmerli

Hormigas Rojas

Pergentino José 

Editorial Almadía

México, 2012 

Hacer un libro es conjurar contra el lector. En tal sentido, todo libro es o debiera ser un thriller, y es en este mismo sentido que, con Piglia, podríamos decir que todo lector debiera ser un Dupin. Al menos en cuanto concierne a libros que, como Hormigas Rojas, se presentan como una colección de relatos en prosa, este pacto de lectura —anterior a cualquier pacto de ficción, posiblemente fallido o traicionado a medio camino— pasa necesariamente por los ejemplos prestigiosos de “La Carta Robada” y “La muerte y la brújula”. De ahí en adelante estamos autorizados —o quizás: moralmente obligados— a sospechar. Tal es, de hecho, el humor con que he pretendido leer el libro de Pergentino. En un intento por coger la hebra con la cual desenredar la trama del complot, he sospechado, primero, sobre la ejecución del estilo, sobre las antinomias representadas, sobre el montaje de los relatos, sobre los referentes y abrevaderos literatosos, y sobre todas esos cosas de las que parece de buen gusto hablar a la hora  de hacer una presentación.  La suspicacia, claro está, es fértil, y paso a dar un resumen de mis hallazgos.

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Por ejemplo, el estilo. Casi siempre llano y preciso, el fraseo de Hormigas Rojas no pretende acrobacias, con lo que quiero decir que en ningún momento el libro busca ser más audaz de lo necesario. Austero en sus recursos, cada oración está unívocamente determinada por una idea cabal, lo que, si bien se agradece —tanto libro virtuoso y vacío que circula entre nosotros—, a ratos da la impresión de una paralización de la acción, de un anclamiento en un presente persistente que revoca la duración.

 

En tal sentido, el estilo es solidario con otra de las dimensiones que listé más arriba, vale decir, las estrategias de representación que el autor pone en obra en este libro. Una estrategia que, como ya adelanté, se vale de oposiciones diádicas. En Hormigas rojas siempre hay una naturaleza en trance de ser devastada, y siempre hay un niño o niña que se pierde o se perdió; y en oposición simétrica a estas pérdidas, está el patrón de los cafetales y una fuerza oscura, tal vez una enfermedad, que encarnan el principio de negación. La naturaleza es, alternativamente, benigna y deleitable (como el bosque de bambú de “La habitación de los gusanos”) o bien ominosa y putrescente (como en “El corazón de los pájaros”). Ante tal panorama de antinomias, entonces, no es esperable que la acción desemboque en una resolución. Más aún, pareciera ser que Pergentino se esfuerza en defraudar cualquier principio de progresión. Es así que un relato que parece fundar los cimientos para una ficción política (un pueblo bajo una tiranía teocrática) refluye hacia una meditación sobre las dolencias auditivas de una anciana. O aquel otro relato, que inicia con la exposición en primera persona de las manías de un pintor y que acaba en una divagación en torno a las oscuras relaciones de un hermano del narrador con una célula terrorista, vagamente islámica. Ambos relatos —“Los Rezos” el primero, el segundo “Rastros de Bambú”— , titulados según el frágil elemento que circula por cada uno de ellos y que intenta ligar internamente sus argumentos, son, a mi ver, los mejor logrados de esta colección, y al igual que el resto de los relatos, éstos se niegan a la clausura o a un remache metafórico. Por otro lado, y dado que Pergentino no echa mano de las pulsiones metapoéticas tan extendidas en la literatura contemporánea, tampoco hay un reflujo de los textos sobre sí mismo. Todo se presenta ya armado, como si los dados, negro sobre blanco, hubieran sido lanzados desde un principio, y esto, por supuesto, niega cualquier salida hacia un drama medianamente moderno.

 

En este punto parece de rigor decir un par de cosas referidas al montaje. Al leer estamos obligados a sospechar, dije un poco antes, pero esto no significa leer en clave esotérica. Por eso, no puedo compartir la opinión deslizada hace poco por Carlos Labbé, para quien Hormigas Rojas sería “una novela con una fragmentaria estructura enigmática que sólo se revela en los últimos tres episodios breves: no es un conjunto de cuentos.”. Descontando el hecho de que aquí no vale el principio de tercero excluido —no ser un conjunto de cuentos no implica necesariamente ser una novela—, no creo que la mera recurrencia o regularidad de elementos estructurales en este conjunto narrativo permitan adscribirlo al género novelesco. Lo que, repito, no significa que Hormigas Rojas sea un conjunto de cuentos. No es ni lo uno ni lo otro. Es por eso que hasta ahora he hablado de relatos en prosa de manera genérica, en un intento honesto de utilizar una denominación tan amplia como sea necesaria a la hora de buscarles congéneres.

 

Pues ése es el fin de la sospecha lectora, supongo: saber con quién está conspirando el escritor. Si bien es cierto que en Hormigas Rojas hay indudables resonancias de los cuentos de  Kafka y de Rulfo, al menos en lo referido al tesitura de la voz narradora, en estos textos prima una necesidad de representación mimética de una esencia, o sea, la necesidad de un cierto realismo mágico que, ya sabemos, es una aporia de antemano. Esa esencia que se quiere representar es difícil de definir, es  —ahora sí— enigmática, pero tengo serias sospechas —nuevamente— de que tiene que ver con un retrato ecologicista del ser humano en medio de la naturaleza. De inmediato salta a mientes la obra de Miguel Ángel Asturias quien, hace ya varias décadas, indagó en una análoga relación relación hombre-selva. Pero atención: Asturias indagó ese complejo bajo la acción arrasadora del mercado capitalista, sin esquivar la responsabilidad de darle el nombre justo a las cosas. Cabe preguntarse, entonces, y aquí cito Hormigas Rojas, ?por qué, si ya existe ese referente a las espaldas de Pergentino, es necesario hurtarle el cuerpo a los nombres? ?por qué inventar nombres de pueblos y no ubicarlos con el compás sobre el mapa? ?por qué, después de leer a Pergentino, queda la sensación de que sólo se ha hablado de jefes y subalternos sin llegar a indicarlos con el dedo?

 

Aquí, como en casi todo, tengo mis sospechas. Pero espero que sea Pergentino quien nos las aclare en su lectura.

 

Imagen por: Revista Leemas de Gandhi