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Tropezar / Caer / Volar / Segunda parte

Molana Yalaluddin Rumi, reconocido en la actualidad como el poeta sufí más importante, fue un clérigo musulmán del siglo XIII d.c. Fue un tiempo convulso para el mundo musulmán. Además de la incursión europea producto de las cruzadas contra el medio oriente, sus territorios del extremo oriente que hacen frontera con Asia, fueron arrasados por las invasiones mongolas. Nacido en 1207 en el poblado de Balj  en el actual Afganistán, recorrió los más importantes centros culturales de la región hasta asentarse  y morir sesenta y seis años después en  Konya de la Anatolia turca.

Hijo de un clérigo importante siguió la profesión religiosa del padre, se formó en las ciudades  de Alepo y Damasco los más importantes centros intelectuales de aquella época. Poseedor de una inteligencia y de una sensibilidad notable, desde la infancia había sido objeto de visiones y alucinaciones sonoras más propias de un místico que de un futuro funcionario religioso. Estudio teología, la sharia  e historia. En su largo peregrinar junto al padre, Rumi conoció a legendarios maestros sufíes como Ibn Arabi, pensador y poeta andaluz, místico viajero con quien compartió varias encuentros durante una caravana en el desierto, o Farid Al Din Attar también poeta y místico, autor de la vida de los 72 santos, una importante memoria de la vida de místicos y mártires sufíes. Haciendo de lado la poesía y los arrebatos místicos, todo hacía pensar que Rumi se preparaba para continuar la vida del padre: funcionario religioso, sacerdote erudito y sabio lector del Corán. A la muerte del padre Muhammad recibe la madraza de Konia para hacerse cargo de que ka escuea continuara.

Rumi comenzaba el día orando y leyendo, para después de comer, salir a la plaza para convivir con los transeúntes. Ahí, escuchaba y legislaba los problemas de aquellos que acudían a él para su resolución. Y así sucedió durantealgunos años hasta que se encuentra con Shams de Tabrizi, místico sufí con quien establecerá una relación que él reconoce como definitiva y que le lleva a la crisis más importante de su vida.

Shams de Tabrizi, era un místico sufí vagabundo, profesante de la pobreza y el ayuno. Toda su vida giraba alrededor de la alabanza y el reconocimiento de dios como figura central en su existencia. Aquel encuentro, com decía, fue definitivo. Se conocen en la plaza pública donde Shams sermonea al clérigo sobre el reducto guardado sigilosamente de la identidad de todo místico con la divinidad. Molana se rinde por completo ante el místico enérgico quien le exige que abandone todo conocimiento previo, y se abra al mundo tal y como es, pero sobre todo que abandone todo conocimiento que sea sujeto de explicación es decir sujeto de la palabra.

Abogar por el conocimiento directo de dios implica el alejamiento de la hermenéutica de los ulemas y la incursión en los confines de esa comprensión mediante el ayuno, la oración y el baile. La idea es agotar toda razón previa hasta que la verdad divina surja  del contacto cuerpo a cuerpo con dios. Dios es una presencia, se siente por medio de los sentidos dispuestos como escasa pero suficiente mediación con lo divino. Se trata de una imaginación material que intenta aprehender el acontecer divino mediante los usos del cuerpo como sujeto de conocimiento proverbial.

De esta forma Shams introduce a Rumi al ejercicio espiritual del Sama, universo espiritual donde la morada de dios es vislumbrada por medio de  la música, la poesía oral y la danza. Actos materiales de conocimiento, sujeto de percepción divina, el cuerpo vive con dios en el canto y el movimiento. El Sama es una práctica espiritual, un ejercicio de escucha, un hermoso arrebato que tiene origen en el corazón, origen humano de todo movimiento.

Hay toda una tradición pedagógica en la antigüedad basada en la escucha atenta, a veces es el silencio el que gobierna los primeros años de la vida de los discípulos. Se censura el fácil aprendizaje de la palabrería hueca, el abuso de la retórica que logra confundirse con la verdad. Es el caso de la escuela pitagórica, a todo discípulo se le exigía un silencio de al menos un par de años antes de que pudieran empezar a hablar, debían escuchar, sólo escuchar y no hacer nada más. Saber guardar silencio es el primer signo del comienzo de toda sabiduría. Tales eran las enseñanzas de la escuela pitagórica.

De igual manera en la escuela musulmana de las madrazas, el alumno debía escuchar en silencio y rechazar toda reacción a la lectura colectiva atendida por los oyentes, no podían interrumpir o exclamar sorpresa, ni mucho menos permitir la risa. Era un silencio disciplinado, pasivo ante la enseñanza del maestro. Sin embargo, en la enseñanza sufí el sama implica una escucha activa por parte del estudiante avanzado: se bailaba al tiempo que se escucha la voz del poeta y de los músicos su tocar de los instrumentos, el giro de los derviches es el movimiento centrífugo que disipa todo pensamiento basado en el lenguaje y la lógica de la palabra terrena.

 

“El libro de los sufíes no está hecho de palabras
es un corazón puro
tan blanco como la nieve.”

 

Rumi, poeta celebrado, el sacerdote encumbrado, el solemne rector de la madraza, en la medianía de su vida, había vuelto a ser el solícito discípulo de Shams. Al poco tiempo de conocerlo, se encerraron juntos en una oscura habitación por dos meses. No salían para nada. Rezaban juntos, la sabiduría del nuevo e inesperado maestro era motivo de perplejidad y júbilo para Rumi. Fue aprendiendo las virtudes del Sama, la voluntad de salir y ver al cosmos de una forma que hacía desaparecer la lógica de lo que se mueve, haciendo de todo mundo antaño conocido, mero artificio producto del olvido de dios.

Rumi adoptó la forma de vida de los maestros sufíes. Porta con dignidad la tosca lana de los aprendices,  camina por las calles ofreciendo sus servicios de nuevo comendador de dios,  tiene la valentía de mostrar por primera vez los servicios del Sama en público. Baila y se regocija en comunión con dios frente a todos. Obviando una tradición silenciada de misticas sufíes, el mismo preside sesiones de Sama para mujeres. Ejerce presión sobre la ley musulmana afirmando la del derecho personal a la verdad interior de cada individuo, y de la posibilidad de comprender la verdad divina en cada corazón mas allá de la mediación de los ulemas.

Al final de su vida, cualquier sonido rítmico fuerte y sostenido provocaba fuertes arrebatos místicos, lo mismo podría ser el sonido del martillear del orfebre que el dulce tañer del Rebab. Amigo de las artes, legista protector de las mujeres, se cuenta que una vez le preguntaron por qué el sonido del Rebab era tan extraño, a lo que Rumi respondió: “Lo que escuchamos es el crujir de la puerta del paraíso”. Cuando una eminencia religiosa escuchó esto, volvió a preguntar: “Pero si nosotros también escuchamos el mismo sonido, ¿cómo es que no nos tornamos tan apasionados como lo hace Molana?”. “¡De ninguna manera, Dios no lo quiera! —pronunció Rumi—, lo que escuchamos es el sonido de la puerta abriéndose, mientras que lo que él escucha es el sonido de la misma puerta cerrándose”. La enseñanza sea tal vez, no sólo la obviedad de que no todos escuchamos lo mismo, sino que no todos queremos escuchar el rugir del cielo abriéndose al mundo. Nada nuevo acontece para el poeta sin que sea precedido por su férrea voluntad de escuchar y describir el nacimiento de un mundo oculto, anónimo e ignorado.

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