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Algo más sobre las Cartas a un joven poeta

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“Il faut toujours travailler.”

Auguste Rodin

 

“Porque lo bello no es sino
el comienzo de lo terrible, ése que todavía podemos soportar;
y lo admiramos tanto porque, sereno, desdeña el destruirnos.”

Rainer Maria Rilke

Como sabemos, las Cartas a un joven poeta es una recopilación epistolar entre Rainer Maria Rilke y un joven cadete llamado Franz Xavier Kappus. Se trata de diez cartas enviadas entre 1903 y 1908 en las que Kappus pide consejo a Rilke sobre su obra poética. En ellas, Rilke le habla sobre el trabajo del poeta y la vida en general, siendo más que una critica, un consejo. Kappus publicó las cartas en un libro en el año de 1929, veinte años después de haber sido enviada la última y tres años después de la muerte de Rilke.

El joven poeta tenía apenas diecinueve años cuando decidió enviarle parte de su obra a Rilke, después de leer uno de sus libros en la Academia Militar de Wiener Neustadt. Fue a la primera persona a quien confió sus poemas, en espera de poder obtener una franca opinión sobre ellos. Semanas después, recibió respuesta. “La carta, sellada con lacre azul, pesaba mucho en la mano, y, en el sobre, que llevaba la estampilla de París, veíanse los mismos trazos claros, bellos y seguros, con que iba escrito el texto, desde la primera línea hasta la última,” cuenta Kappus en el prólogo.

A partir de entonces, surgió entre ambos poetas una afectuosa amistad por correspondencia que duraría casi diez años. En sus cartas, Rilke le habló sobre la experiencia, el tiempo, el amor, la sexualidad y la tristeza; ofreciendo una lección no solo sobre la escritura poética sino sobre cómo vivir ante el arte. Sus palabras señalan siempre hacia el interior del ser, del espíritu, pues dice que “si el arte os llama”, hay que aceptar ese destino sin esperar a cambio nada del exterior. El universo de la poesía está, ante todo, en el interior.

Busque la necesidad que lo obliga a escribir; examine si sus raíces penetran hasta lo más profundo de su corazón; reconozca si se moriría usted si se le privara de escribir. Sobre todo, esto: pregúntese en la hora más silenciosa de la noche ¿debo escribir?

Es con esto que obliga al poeta a enfrentarse con su verdadera naturaleza y a cuestionarse a sí mismo antes que a su trabajo. Lo aísla de los factores externos que puedan controlar la calidad de su obra para así poder superar cualquier razonamiento inútil. Le pide que se apegue a la verdad y a sus instintos, pues solo así podrá su obra alcanzar el campo de lo de lo poético, de lo universal. Y solo entonces será realmente bueno.

Usted me pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. […] Su mirada está dirigida hacia fuera; sobre todo, es lo que debe evitar en lo sucesivo. Nadie puede aconsejarle, nadie. No hay más que un solo camino. Entre en usted.

Nuestro autor también habla constantemente sobre la soledad. “Solo una cosa es necesaria,” escribe, “la soledad.” Por eso dice que es imposible criticar una obra de arte, ya que incluso ellas están en medio de una soledad infinita, es decir, escapan a la razón. Por lo tanto, es imposible, e incluso indeseable, alcanzarlas a través de la crítica. Todas las convicciones que giran alrededor de este afán por definir el buen arte desde afuera, quedan invalidadas por este elemento que la separa de todo lo ajeno al artista. El poema queda aislado de la conciencia física y la soledad se convierte en el refugio de la experiencia humana del poeta. El artista es y el arte está.

Por otra parte, la soledad es necesaria no nada más para el poeta en su labor creativa. Es vital para el ser humano en general y en especial para lo jóvenes, pues son ellos quienes deben comenzar a aceptarla como parte de su verdadera naturaleza. “Somos soledad,” le dice a Kappus. Además, no solamente la admite como pieza esencial de la condición del hombre sino en cuanto al hecho físico frente a “la obra suprema en la que todas las demás no son más que preparativos”: el amor.

Dos términos que parecerían siempre opuestos son para él, más que dos caras de la misma moneda, los elementos que la conforman. Es por eso que dice que los jóvenes no pueden amar todavía; van aprendiendo a la par que aprenden de la soledad. No puede existir, para él, una sin la otra. Los jóvenes deben aceptar su soledad constante y será “ese amor que preparamos luchando duramente: dos soledades protegiéndose, completándose, limitándose e inclinándose una ante la otra,” lo que nos acerque a lo verdaderamente humano.

Pero el tiempo de aprendizaje es un tiempo largo, de enclaustramiento. Así, para aquel que ama, el amor –durante mucho tiempo– solo es soledad a lo largo de su vida. Y cada vez más una soledad más intensa y profunda. Amar, por lo pronto, no es nada que signifique abrirse y unirse con otro. (¿Qué sería entonces la unión de dos seres todavía imprecisos, inacabados, dependientes?) El amor es la única ocasión de tomar forma, de convertirse en un mundo para el amor del ser amado. […] Los jóvenes solo deberían ver que el amor es la obligación –únicamente– de trabajar por ellos mismos (para escuchar y machacar día y noche). Perderse en el otro, darse a otro, todas las maneras de unirse no son aún para ellos.

Estas cartas son en sí una oda a la belleza y una afirmación del papel transformador del poeta de esa belleza desde su forma animal. Rilke atribuye el valor poético a la verdad, pues lo más importante es la sinceridad del artista ante el papel en blanco. En la primera carta le escribe a Kappus: “describa sus melancolías y deseos, los pensamientos fugaces y la fe en alguna belleza…” El valor poético está vinculado a la fusión entre la belleza –no solo en el sentido estético sino al deseo de inmortalidad– y la sinceridad del alma.

Son de igual importancia el pensamiento creativo y la capacidad observadora del hombre; causantes directos de la fecundidad del arte. El valor que le atribuye a la poesía es, esencialmente, el de lo individual. Sin embargo, son la virtud de la verdad y la belleza misma las que permiten que el poema se desprenda de su individualidad y trascienda ante él mismo para convertirse en Arte. La belleza hace que la palabra adquiera un valor metafísico que le permita hacerse sentir.

El periodo en el que intercambiaron estas cartas coincide con una etapa en la que Rilke intentaba redescubrir su propia escritura. Durante estos años París se vuelve su hogar, aunque continúa haciendo viajes por toda Europa, a países como Italia, Alemania, Dinamarca, Holanda, Bélgica y Suecia. Es alrededor de está época en la que conoce a varios artistas e intelectuales quienes lo inspiran y le permiten superar esta fase. Sería principalmente Auguste Rodin, a quien conoce un año antes de iniciar correspondencia con Kappus, quien marcaría su vida de forma irreversible, pues la admiración que le tenía al genio y al trabajo de Rodin marcarían su trabajo a partir de entonces.

Es la etapa marcada entre El libro de la pobreza y la muerte y Nuevos Poemas, en la que intentaba encontrar nuevas vías y formas de escritura. Eso podría explicar su cercanía y comprensión con Kappus al intentar explicarle la naturaleza del poeta y su quehacer. Quizás también estos consejos le permitieron a él mismo superar dicha fase evolutiva y reencontrar su camino como poeta.

Estas cartas nos muestran sobretodo “el mundo en el que vivió y creó Rainer Maria Rilke”. Nos hablan de una filosofía de la forma de vivir y, más aún, de la vida misma. Nos permiten acercarnos al autor no solo como poeta, sino como ser humano, y nos presentan una infinidad de reflexiones sobre nuestro propio pensamiento, obligándonos a acercarnos igualmente a nosotros mismos. Cualquiera que aspire al arte se sentirá identificado al leerlas, pues en ellas se encuentra una voz dulce, un apoyo cercano como el de un amigo, que nos acompañará en nuestro camino detrás de las palabras: “estimado señor mío…”

 

 

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