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Una vida de tantas historias, una historia de tantas vidas: Sándor Márai y yo

Con frecuencia […] cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

Julio Cortázar, Casa tomada

 

Me gusta llamarle destino a aquellos momentos en los que un libro llega a mis manos justo en el momento en que, sin saberlo, lo necesitaba. Siempre he pensado que los libros se mueven por nuestras vidas a veces de manera autónoma y que son ellos los que muchas veces llegan a nosotros y no al revés. Sándor Márai (1900-1989) llegó a mí, sin yo poder preverlo, para dar respuesta y sentido a lo que yo estoy viviendo. Como sucede siempre con los buenos escritores, al hablar de sí, están hablándome de mí misma.

Desde el exilio de su amada patria húngara, Márai –escritor y periodista– se sentó a escribir sus memorias todavía en plena Guerra Fría. ¡Tierra, tierra!, le llamó a esta segunda obra autobiográfica publicada en 1972, a más de veinte años de lo relatado. Con un pie en su presente y el otro en sus recuerdos, busca darle sentido a su pasado y voz a su historia, a su país, a su gente y a todo su sufrimiento. Nos cuenta así el proceso de ocupación soviética en Hungría, desde los últimos momentos antes de que llegaran los rusos hasta su decisión de partir al exilio.

Márai escribe sobre sí mismo, sobre una nación, sobre un pueblo y, en el fondo, sobre la humanidad. ¿Cómo consigue todo esto? Las anécdotas, las metáforas, las reflexiones y las digresiones históricas son clave, pero para insertar todo esto dentro de una narración coherente Márai tuvo que plantearse la pregunta de “¿qué historia voy a contar?”. Y para eso, responder “la mía” no es suficiente. ¿Cuál de todas?

En el libro tenemos a un hombre narrado por sí mismo que se mueve cronológicamente por una Hungría tomada. Intenta explicar(se) quiénes son estos rusos que, cada vez más, pareciera que llegaron para quedarse. Nos narra los pequeños recuerdos de la vida cotidiana que hablan del ambiente general que se vivía en aquellos días de incertidumbre. Nos habla desde la nostalgia por un mundo (“no se trataba de una nostalgia por una tierra determinada, un país o una patria, sino por la Tierra en sí” [1]) a través de las pequeñas cosas: conversaciones, momentos de cruce de experiencias personales, de estos “pedacitos de sociedad”. Es como sentarse con un abuelo muy sabio que nos cuenta sobre su pasado –“cuando yo estaba en Hungría durante la ocupación…”– pero que nunca pierde de vista por qué nos lo está contando. Recurre a estas historias para reflexionar y hablar de sus preocupaciones más profundas: el odio, la libertad, la guerra, el miedo, el cambio. Sobre ese “algo más” del ser humano:

Siempre me esforzaba por hablar de que el ser humano […] es algo más, algo diferente de lo que pretende parecer. Me esforzaba por escribir sobre el hecho de que hay algo en el ser humano que ninguna circunstancia –provocada por su propia naturaleza, por más terrible que ésta sea– es capaz de cambiar: de que siempre existe en él algo, no forzosamente algo mejor, sino simplemente algo más, algo diferente, una posibilidad… [2]

“Esta es la historia de la pérdida”, podría haber comenzado el libro. Es la historia de la pérdida paulatina de una libertad, de una seguridad, de un hogar, de una cotidianidad, de una vida, y de una deriva cada vez más incierta para desembarcar después en otra libertad, otra seguridad, otro hogar, otra cotidianidad, otra vida. Desde ahí escribe Márai los recuerdos de un mundo que se fue desvaneciendo y reconfigurando tras el llamado “telón de acero” que silenció la destrucción de millones de vidas en Europa del Este durante la Guerra Fría. La voz que la narra es una sola: la de un escritor comprometido moralmente consigo mismo y con la sociedad. Un escritor que aparece solo, cada vez más amenazado por un régimen político que no daba cabida a la discrepancia.

Un ejemplo: cuando nos cuenta sobre el mastiorskaia (un grupo militar soviético de mecánicos) que se instala en su casa, no lo hace desde afuera ni busca dar una explicación concluyente, simplemente nos va contando su experiencia en estas condiciones mediante encuentros con los rusos y expone los pensamientos que esto le despertaba. O también, omite casi siempre hablarnos del tiempo y de los días, es algo abstracto que se siente más no se dice. Entra y sale de la narración conforme le conviene para seguir hablándonos de su tiempo en Hungría y después abordar su reflexión.

“La noche era tranquila y silenciosa. El tren partió sin hacer ruido,” termina contando Márai, “en unos instantes dejamos atrás el puente y continuamos viajando bajo el cielo estrellado hacia un mundo donde nadie nos esperaba.” Aquí es un comienzo el que da pie a un final. Termina la “mi historia” que nos quería contar pero nos hace conscientes de que esta sólo es una de tantas, sólo es parte de. Como cualquier otro género, sabemos que en la autobiografía la historia bien pudo haber sido contada de manera diferente a como fue. Sin embargo, el cierre nos permite entender porqué decidió contar lo que contó y cuál fue finalmente la historia que acabamos de leer. Con las últimas palabras nos dice: “En aquel momento –por primera vez en mi vida– sentí miedo de verdad. Comprendí que era libre. Empecé a sentir miedo.”

Es la historia de la pugna entre la libertad y la esclavitud, de la fuerza individual contra la dominación y la opresión de un otro, de la pérdida de esa libertad y de la lucha por recuperarla. ¿Y qué implica todo esto? Implica perder cosas, implica ganar otras tantas. Es la historia de un momento en la Historia, de Europa del Este a finales del siglo XX, del pueblo húngaro y de un escritor que se siente comprometido con todas estas historias a través de la suya. Pero para contar todas estas historias, el autor tiene que buscar la manera de presentárselas al lector y conciliar lo que quiere escribir, lo que necesita escribir, lo que quiere que el lector lea y lo que sirve que lea para contar lo que está contando (y lo que no en todos estos puntos). En mi caso, Márai llegó a un quinto punto: “lo que el lector necesita leer”.

¿Cuántos cruces existen entre la experiencia de una vida y la de otros? Insisto, creo firmemente que a veces los libros llegan sin buscarlos cuando uno más los necesita. No sólo al escribir lo hacemos desde nuestro contexto, sino también en la lectura. Cuando nos acercamos a un libro (o un libro se acerca a nosotros, con sus patitas metafísicas) lo hacemos desde nuestro propio presente y sus circunstancias. Sándor Márai nos ofrece una historia y nosotros leemos otra; leemos desde la nuestra y leemos la nuestra. Nuestra libertad, nuestra pérdida, nuestra guerra, nuestra nostalgia y nuestro miedo. Nuestra cotidianidad y sus diferencias con la del otro. ¿Qué acuerdo implícito existe entre Márai y nosotros cuando él nos lo ofrece y aceptamos leer esta historia? Que lo vamos a entender, que comprenderemos, ¿y cómo, si no es desde nuestra propia vida? Así, con una sola historia habla sobre su vida y con una sola vida habla sobre la historia de tantos. Al menos yo, más que comprenderlo, quiero decirle: gracias.

[1]  Sándor Márai, ¡Tierra, tierra!, Barcelona, Salamandra, 2006, ESPA PDF, p. 547. 
[2] Ibidem, pp. 568-569.

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