Procesos
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José Molina (1975-2019)

Uno no puede sustraerse de la muerte. Vivir es aprender a morir, escribió Montaigne. De Pepe no puedo hablar salvo desde la amistad. Tuvimos en algún momento un grupo de rock. Él cantaba. Tenía una pinta de Jim Morrison. Siempre fue un tipo atlético. A muchas personas le imponía su cicatriz en el mentón.

Cuando terminamos la universidad en la Ciudad de México, se fue a Oaxaca. Ese lugar y él serán siempre una cosa indistinta. Ir a Oaxaca era estar con Pepe. Salimos de la universidad e inmediatamente consiguió dirigir el suplemento cultural de un diario local. Ahí plasmó desde el principio sus intereses: poemas de Ezra Pound y Robert Creeley, poetas chilenos, poetas brasileños, poesía visual. La gente del periódico, acostumbrada a los materiales locales, empezó a inquietarse. De pronto había que voltear de cabeza la hoja de papel para poder leer lo que ahí aparecía.

Por supuesto que nos invitó a todos sus amigos a colaborar. Una traducción, algún poema. La cosa duró poco porque no pudo engañar por mucho tiempo a los anquilosados directores del periódico. Sin embargo, ese trabajo echó sus raíces. Lo vinculó con la Biblioteca Henestrosa donde colaboró hasta hoy que nos hace falta.

Ahí dio talleres y nos gestionó presentaciones de libros, lecturas, conciertos. Hace unos años nos invitó a Abel Ibáñez y a mí a tocar ahí música improvisada que difícilmente hubiera encontrado un mejor espacio para sonar como siempre nos hubiera gustado. No sé cómo lo lograba, pero había un público respetuoso y concentrado para lo que hacíamos. Pepe se encargó de eso. De formar a muchos jóvenes como Alan Vargas que ahora es un buen poeta y editor.

Apoyó a muchos. Rodrigo Landaeta, poeta chileno afincado en tierras zapotecas, me contaba hace poco lo importante que fue Pepe para él, no desde el punto de vista literario, sino humano. Gracias a él, Rodrigo tiene ahora un trabajo digno y una vida estable. Ése era mi amigo.

No puedo omitir las tantas veces que nos emborrachamos. Era algo que nos gustaba mucho a los dos. Empezar a conversar y poco a poco aceptar la benevolencia de la luz del día que cedía a la oscuridad y los focos eléctricos. Hablamos interminablemente de poesía, de poetas. Le gustaba Nanni Balestrini igual que a mí. Lo mismo que Nicanor Parra y Tomás Harris, por no decir más nombres que atravesaron nuestras interminables conversaciones.

Pepe nadaba y andaba en bicicleta. Estaba siempre bronceado, siempre sonriendo y de buen humor. Se quejó poco de todo, tanto que el cáncer que lo mató no se lo detectaron a tiempo. Él hacía y, a su modo, consiguió traducir del italiano, el inglés, el alemán y el portugués. No escribió lo suficiente, eso sí. Nos dejó poco. En algún momento me acercó una promesa de libro que tuve el gusto de editar junto con Jessica Díaz, Tatiana Lipkes, Juan Carlos Cano y Ricardo Cázares en nuestro pequeño sello editorial Mangos de Hacha. Ahí publicamos su Juno Desierta: “ahora se cuenta / como almanaque / la sed o el aro // los ladrillos caídos / de paredes intactas // que nunca fueron / ni en sueños / levantadas”.

Hace unos meses junto con Thaís Espaillat, poeta de República Dominicana, fuimos a leer a la Nueva Babel organizados por Pepe. Llegamos un día antes y nos sentamos en su mesa del comedor. Tomamos vino blanco y tinto. En algún momento me dijo que mi postura estaba chueca y me obligó a acostarme sobre una banca. Se montó encima y me presionó los huesos de la columna con una fuerza inaudita. Thaís nos miraba asombrada. Desde ese día no sé si corrigió mi postura, pero no me duele la espalda.

Con Pepe hicimos de todo. Bebimos, bailamos, salimos en pijama en la madrugada a ver la salida del sol una noche de octubre, y sé que era octubre porque celebrábamos mi cumpleaños. Nos reímos mucho, comimos increíblemente bien ya fuera que cocinara él o yo, o simplemente saliéramos de su casa por una tlayuda de tasajo. En su momento brindamos con niñas hermosas que nos hicieron llevadero esto que llamamos la vida. Él después se puso un poco más serio y se prometió con Adriana Giraldo con quien compartió a Martina y a Valerio. A los tres les dedico estás líneas con todo mi cariño.

Pepe fue tierno y firme como pocos. Jamás dejó de creer en la poesía. Eso estaba en el centro de su vida. Y sé, porque lo hablamos muchas veces, que la amistad no se termina nunca cuando uno de verdad confía.

“En el corazón profundo radia / el misterio / una pluma caída…”.

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