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Herzog sueña con enanos

En medio de las revoluciones de los 60’s, Werner Herzog filma “También los enanos empezaron pequeños”: una película que utiliza lo surreal y lo grotesco para hablarnos acerca de nosotros mismos. A pesar de que Herzog insiste en desintelectualizar su obra, aparentemente queriéndola alejar de lecturas rebuscadas para abrir paso a unas quizás más lúdicas, es difícil no asociar este filme con una búsqueda por representar el estado del humano moderno: caos autoimpuesto que sólo lleva a una conclusión posible – la autodestrucción.

En los comentarios del director en la versión DVD de la película, Herzog menciona que “vio la película completa pasar ante sus ojos como una pesadilla”. Un mundo árido, volcánico lleno de enanos violentos prisioneros de una institución que nunca llegamos a entender para qué sirve no suena como un sueño placentero, pero sería insensato asumir que “También los enanos” es un viaje al subconsciente de Herzog y nada más. El contexto histórico-cultural de la película y los antecedentes de la utilización de lo grotesco apuntan a una visión nihilista de la humanidad, atrapada en un planeta que le queda grande.

El final de la década de los 60s no fue una época tranquila en Alemania ni el resto del mundo. Las revueltas de los estudiantes en la Alemania del Oeste a causa del autoritarismo de Occidente y las pobres condiciones de vida de los estudiantes significaron la radicalización y la movida hacia la izquierda del activismo estudiantil en el país europeo. Estrenar una película como “También los enanos” dentro de este contexto hizo que Herzog fuese acusado de fascista, por supuestamente satirizar las revueltas en vez de celebrarlas. Herzog respondió a esto con que la película no tenía que ver con estas revueltas, sin embargo, es imposible no pensar que esta película representa su contexto mejor precisamente por esto. Unos enanos que se rebelan frente a las condiciones del instituto que los apresa, mediante el uso de la violencia desmedida, puede no estar hablando de las revueltas estudiantiles pero definitivamente algo tiene que estar diciendo acerca de la naturaleza destructiva de la humanidad. Las épocas tumultuosas generan inconscientes tumultuosos, capaces de alegorizar, quizás sin la intención de hacerlo, la situación del mundo que los rodea.

Usar lo grotesco para hablar de los problemas mayores de la humanidad no es algo exclusivo de Herzog; ya lo había hecho antes Goya con “Saturno se come a sus hijos”, por ejemplo, y Rabelais con sus gigantes de Gargantúa. También ha sido usado para ridiculizarlo, como es el caso de los espectáculos de carnaval medieval. La imagen más fuerte que apunta en esta dirección es obviamente la de los enanos. Este es un mundo en el que sólo existen personas pequeñas (la única persona que vemos de fuera del instituto también es una enana) y es por esto que su pequeñez no es un efecto de comicidad, simplemente. El uso de los enanos para representar la parte humana de este mundo extraño no supone verlos a ellos como enanos, sino vernos a nosotros mismos representados ahí, del tamaño que nuestras acciones nos han vuelto.

El tamaño de los enanos entra en conflicto con todo lo que le rodea: el vasto paisaje inhóspito y volcánico en donde está colocado este microcosmos, la cama a la que Hombre no puede subir para consumar su “matrimonio”, y la propia arquitectura del instituto con sus techos altos y perillas difíciles de alcanzar. Este espacio tan grande se vuelve claustrofóbico porque los enanos son demasiado pequeños para escapar. Pudieron atrapar al instructor en la oficina, pero las rocas no los van dejar salir por más palmeras que derrumben y huevos que lancen contra las paredes. La ridiculez de este universo es presentada desde la secuencia inicial, donde Herzog nos muestra a Hombre intentando inútilmente poner derecha una placa con un número mientras es entrevistado sobre lo que desencadenó la revuelta. El mundo no es amable con los enanos, entonces la película no tiene que serlo tampoco.

Sin embargo, los enanos realmente no son criticados por ser enanos, son criticados por ser humanos. Lo grotesco de sus acciones no está atado necesariamente a su tamaño, sino a su condición oprimida, la misma opresión del ser humano contemporáneo que vive en un mundo que no le sirve a pesar de haber sido creado por él mismo. Aquí es donde podría estar el conflicto central del que Herzog nos quiere hablar. En “También los enanos”, los humanos somos inútiles frente a nuestras circunstancias, recurriendo a la violencia y a la risa casi siniestra como única vía de escape, si es que existe tal cosa.

La película está llena de escenas que generan extrañeza, donde el espectador no sabe si reírse o estar sumamente incómodo: un carro robado que da vueltas y vueltas en el patio mientras los enanos suben y bajan de este, una caja llena de insectos vestidos para una boda, comida que vuela por los aires justo después de una queja de que nunca se come bien ahí, unas gallinas que entran por la ventana del instructor. ¿A dónde se llega con todo esto? A ningún lugar que no sea un mundo grotescamente ridículo, donde nada realmente importa. Porque si al final hasta el instructor, por alguna razón nuestra única esperanza de racionalidad, termina peleando con un árbol muerto, ¿qué más podemos hacer sino reír incómodamente mientras nos vemos, también pequeños, en la pantalla?

Lo grotesco de este mundo creado por Herzog no sólo está en la condición humana alegorizada a través de la pequeñez física, sino también en el mundo natural que la rodea y la forja. El pollo que se come a otro que lucha inútilmente contra el canibalismo, los cerditos que siguen bebiendo la leche de su madre muerta, los agujeros infinitos en las rocas volcánicas, son imágenes grotescas que nos empujan al mismo vacío por donde todavía debe de estar cayendo el carro. Este mundo gigante y violento, que rechaza a los enanos tanto como ellos lo rechazan a él, no es tan diferente del mundo de afuera de la pantalla.

Esta inutilidad de la humanidad frente a sus circunstancias no podría estar mejor representada que con los dos enanos ciegos, quienes se pasan toda la película caminando con palos blancos ridículamente intentando caminar, intentando defenderse. La actitud de los demás enanos frente a estos dos ciegos la podemos relacionar directamente con la imagen del pollo: una especie que se autodestruye, la línea que separa lo animal de lo humano desapareciendo ante nuestros ojos. ¿Qué más nos queda hacer frente a todo este espectáculo? Reír, igual que Hombre, que no por casualidad ha de llamarse así, en la cara de lo ridículo que es estar vivo ahora o de ver cómo un camello no puede pararse y se termina cagando, que al final termina siendo lo mismo.

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