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Cruz-Diez en el MUAC

Escribir acerca de una exposición que demanda no sólo el placer estético sino las condiciones de posibilidad de la expresión manifestada no es tarea fácil. Me refiero a la obra de Cruz-Díez exhibida en el MUAC[1]. Porque la obra de Cruz-Diez es la realización del dominio del color y de su recepción por el ojo. Algo que de por sí es complicado. Nuestros ojos como los órganos que nos orientan en todas direcciones, como receptáculos de afectos, como proyectores de deseo pero también nuestros ojos como órganos funcionales, compuestos por una maquinaria cerebral, capaces de ser estimulados hasta perder de vista lo que se ve. Ahí nos lleva el arte óptico de Cruz-Diez, nos (des)coloca en el punto donde la visión aguda y la ilusión óptica se crean, en esa ambigüedad que forza a frotarse los ojos. En esa nebulosidad provocada por la saturación de cambios, de colores, de tonalidades.

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En las visitas que he hecho a las salas, he repetido la misma conducta sin premeditación. Resulta que cuando he sido víctima de la atracción ejercida por las piezas me he visto rodeando el espacio como si estuviera dentro de un túnel giratorio. Y es que los colores se escapan a la mirada estática, al régimen horizontal cotidiano con el que estamos acostumbrados a caminar en una sala de museo. Acá, la sala entera, por el poder de las obras que sostiene, se convierte en una fisicromía. Si el deseo de Cruz-Diez es lanzar el color al espacio, y si la pieza final es un ejemplo de ello, a mi gusto, la realización de tal deseo es la exposición entera. Porque, las líneas de colores que dan nuevos colores se van al espacio, cada paso que uno da es un color nuevo, y por ende un espacio nuevo que estructurar en nuestro aparato perceptivo. El color que se va haciendo conforme avanzamos o retrocedemos, conforme giramos, por misterios de la ciencia óptica, “no está ahí pintado, está en el espacio”; imaginamos colores, y por mucha que sea la incredulidad, puesto que lo que gobierna es un principio óptico, la imaginación subsume toda ley. Plastas de color e intensidades espaciales, dos de las primeras sensaciones con las que aprendemos a pensar, a “comunicarnos con el mundo”.

Pero, ¿por qué Cruz-Diez quiere lanzar al espacio el color?, si el espacio es gracias a lo cual se podrían ordenar las gamas cromáticas, a girar ese círculo que transita de Goethe a Newton. ¿No podríamos decir que está ya en el espacio?, Creo que, bajo la lente de la recepción estética, lo que se evidencia es que los afectos, las emociones, la incerteza, la ambigüedad son del espacio y se colorean conforme hacemos con nuestro cuerpo parte integral de él. El color es coextensivo al espacio porque nuestros ojos lo envuelven, lo difuminan o lo encienden. Sin embargo, en la obra de Cruz-Diez se revela el punto ciego, aquél que aunque no queramos gobierna nuestra imaginación, nuestra intuición. ¿Qué no es un punto ciego lo que hacen resurgir los mandalas?, ¿qué no es ese trance que se debe a la interminabilidad de las formas y de la inseparabilidad, muchas veces, de los colores los que crean un espacio sagrado?. Entonces, mas que preguntar de qué se trata la exposición, deberíamos cuestionarnos hacia dónde nos lleva. En la conversación entre Ariel Jiménez y Cruz-Diez, encontramos este pensamiento: “Ser o no ser ateo es un asunto bien ambiguo, porque en lo humano, en lo que hacemos y en lo que nos rodea, hay casi siempre una huella religiosa, o el hombre lo vuelve religioso” [2]

Entonces, ¿por qué el punto ciego, o esa confusión óptica, es el motor para la claridad cuando lo contemplamos?, el hecho de que en mis visitas mi cuerpo gire denuncia la insatisfacción por no poder aprehender lo que está frente a mis ojos; el interlineado da la pauta, abre el espacio a la aporía orgánica y asimismo a la expresión estética, ¿por qué es el punto ciego el que nos abre hacia la percepción de frecuencias cromáticas?; todas estas preguntas son resueltas en las piezas de Cruz-Diez y nosotros como espectadores somos una posible transición más de color conforme ocupamos el espacio coloreado; es nuestro cuerpo el que une y separa la experiencia óptica, es el poder de ver entre líneas, el poder de ver la relación quiasmática de la mirada en el mundo.

[1] Museo Unversitario de Arte Contemporáneo, UNAM, Ciudad de México, enero 2013

Carlos Cruz-Diez. El color en el espacio y en el tiempo.

[2] Carlos Cruz-Diez, en conversaciones con Ariel Jiménez, Fundación Cisneros, Nueva York, 2010, p 140.

Imagen por: Joel Bracho Ghersi

Variación sobre el cadáver de un gato

En la calle donde está mi domicilio, un gato muerto se descompone gracias a la acción del tiempo y de la intemperie. Lo descubrí gracias a mi manía por observar detalles en el piso y en cierta obsesión infantil por los que habitan tras las rejas de mis vecinos. Un gato muerto en una casa abandonada es objeto de breves asombros y, quizá, motivador de algún monosílabo, ligeros fruncimientos de nariz. En este caso en particular, nadie le dio cristiana sepultura y el gato inanimado sigue echado en su muerte, retando la labor de gusanos y demás animalillos. Mi diario trajinar por la calle me hizo testigo involuntario de su lentísimo reciclaje. La ausencia –a primera vista– de marcas en su cuerpo, me llevó a deducir que su muerte no era producto de alguna batalla felina, de esas que tanto gustan a los insomnes. Al pasar los días, sin datos para sostener ninguna teoría de respeto, mi rebuscada imaginación me hizo ver al gato víctima de una emboscada, encontrando la muerte a manos de una bruja. La imaginación fue a más (la ociosidad de diciembre puede dar frutos sorprendentes) y así reconstruí una añeja disputa entre dos familias, la maldición de un gato muerto, dejado en sigilo tras las rejas. Pasaron los días, el olor de la pudrición fue menguando así como la frágil estructura del cuerpo. El tronco se desinfló como globo pinchado y el piso fue absorbiendo parte de las patas y de la cola. A veces pensé que estaba frente al fósil de una bestia fantástica, aún sin clasificar por los científicos, y hubo un tiempo en que más que cadáver fue mero rompecabezas gatuno. El pelaje ha perdurado y ahora parece una magra alfombrilla resecada por el sol, cada vez más distante de la cabeza que ya deja ver asomos de hueso.

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El gato me mira todos los días con sus ojos vacíos y podría decirse que siente natural orgullo de su exhibicionismo. Los gusanos y demás insectos que, en teoría, deberían reducir su cadáver a su mínima expresión, han abandonado la empresa exhaustos, esperando que algún buitre imaginario tome su lugar y de punto final a la historia. Sin embargo, a pesar de todo, el maldito gato sigue ahí, y la heroicidad de su resistencia me hace pensar que tal vez espere la compasión de un taxidermista. Para los místicos, el bosquejo de su cuerpo será una variación inesperada de la naturaleza, una broma que Dios puso cerca de mi casa. Lo único cierto es que esta historia explicaría muchas cosas: que las nueve vidas son nueve muertes, que el eterno retorno de Nietzche no es privativo de los humanos, y que no es aconsejable la súbita extinción de un gato, porque no asimila su muerte y, pensando que sigue vivo, espera tras la reja de una casa, paciente como momia felina, que alguien la desencante acercándole un tazón con leche.

Imagen por: Ammalynn Imagery

Resonance y Roscoe Mitchell

Desde octubre del año pasado, el museo Exploratorium de San Francisco, arrancó como parte de sus actividades el programa Resonance. La iniciativa consiste en calendarizar eventos musicales con propuestas innovadoras. Como parte del proyecto, la pianista especializada en música contemporánea Sarah Cahill, invita y entrevista a los músicos que participan. Los conciertos y las entrevistas se graban y se hacen públicos en la página web www.exploratorium.edu/resonance.

Uno de los primeros participantes ha sido Roscoe Mitchell, reconocido saxofonista y miembro durante muchos años del emblemático grupo Art Ensemble of Chicago. Junto con James Fei y William Winant, interpretó Angel City, una pieza de poco más de una hora que se desliza entre la composición y la improvisación. Al respecto Mitchell ha expresado que para él la música se trata de una aproximación al sonido más allá del modo en que se encare el trabajo. Componer e improvisar, para el compositor e instrumentista norteamericano, son prácticamente astillas de un mismo palo.

Roscoe Mitchell

Angel City es sin duda un proyecto ambicioso e intenso. La música transita por distintos momentos que van de lo lírico al ruido franco. Que un espacio como Resonance dé cabida a una música así, no puede salvo agradecerse. La música del presente merece reconocimiento y un espacio digno donde suceder.

Aquí el registro de la pieza:

Imagen por: Hrayr Attarian

Conversación con Mick Barr

Entrevista por:Geoff Snack  | Traducción del inglés: José Luis Bobadilla

¿Qué hacías antes de iniciarte en la música?

Bueno, me puse a tocar la guitarra alrededor de mis trece. Antes de eso me interesaban las patinetas y los comics.

Tienes al menos un pie puesto en el metal, una subcultura al parecer insular, apasionada, y sin embargo de bichos raros. ¿Estarías de acuerdo con esto?

Creo que no es siempre así. Existen aspectos y personas raras además de sumamente obsesivas. Pero existe también un lado distinto de esto, al que pertenece gente con vidas más comunes. Lo que les permite salir a divertirse y desahogarse.

¿Entonces dónde encajas tú?

No estoy muy seguro. Soy muy fanático del metal y siempre lo he sido. Pienso que mi lugar está más próximo al de los bichos raros porque sigo muchos escenarios underground. De la música que escribo, una gran parte proviene del metal.

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Leía una entrevista tuya en la publicación Village Voice, y decías que te interesaba “escribir música que sonara como improvisada pero que no lo fuera”. Me gusta la idea de música que suene improvisada, e incluso un poco torpe, pero que sea en realidad calculada. Háblame un poco más del proceso implicado en ello.

Hubo una época en mi vida en que me clavé en Albert Ayler y John Coltrane y en materiales del primer free jazz, como los de de Ornette Coleman y Sun Ra. Éste último intentó escribir cosas que sonaran como un solo, pero en lugar de eso escribía cosas mucho más locas que cualquier cosa que alguien pudiera improvisar. Así que me sentaba a estudiar los arreglos de los solos y la forma en que se desarrollaban.

En realidad, lo que dices tiene mucho sentido, encuentro que una importante parte de tu música proviene del metal, pero también del jazz, de la música de improvisación e incluso de cierta música concreta de mitad del siglo XX.

No estoy tan enterado del mundo de la música concreta. De cualquier modo puedo decir que he revisado buena parte de la composición contemporánea. Sabes, he sido un fanático de Scelsi y de gente de esa cepa. También he sido un gran admirador de Varèse.

¿Qué piensas de Terry Riley?

Para ser honesto nunca he estado demasiado interesado en él. Es extraño porque durante años he sido de algún modo etiquetado en ciertas publicaciones como un minimalista a la par de Steve Reich o Terry Riley. Y francamente nunca he formado parte de nada de eso. Como sea me interesé por un momento en Philip Glass.

He sentido esa influencia, la repetición, matizada por fiorituras y solos. Sé que recientemente trabajaste con el Kronos Quartet, qué puedes decir al respecto.

Escribí una pieza para ellos. No sé escribir ni leer música, así que toda la transcripción la realizó Jacob Garchik. Escribí todo para la guitarra y eso fue lo que le di.

Tú música es robusta e intrincada, por lo que parece natural que quisieras escribirla para un ensamble. ¿Cómo llegaste a ello?

Me encontraba ya en el proceso de escribir para un cuarteto de cuerdas. Siempre quise hacerlo pero no conocía nada de ese mundo. Y pensé, “a la mierda, qué más da, voy a escribir todo esto para la guitarra y partir de ahí.”

Con el proyecto Orthrelm publicaste un disco con algo así como noventa y nueve pistas individuales. Por otro lado a veces grabas pistas de más de 20 minutos de duración. ¿El tiempo de duración de las pistas es arbitrario?

Depende. Mucho de todo eso viene de un momento específico por el que pasó mi proceso de escritura. Ni siquiera considero las pistas más breves como piezas, son más como pedazos de un rompecabezas.

¿Existe un elemento físico implicado en tu forma de tocar la guitarra?

Por supuesto, claro. Tiendo a tocar la guitar con bastante fuerza. No soy de ese tipo de chicos de toque delicado. No sé que tan familiarizado estés con esos enfermos guitarristas ultra-rápidos, pero muchos de ellos tocan de un modo demasiado ligero. Yo suelo abrirme paso taladrando. Cuando era más joven y tocaba con grupos de hardcore, brincaba de un lado a otro porque me parecía divertido. Tocaba una línea sencilla y me descosía haciéndolo. Pero ahora no soy más alguien preocupado por la performance.

¿Te gustaban entonces las giras?

Definitivamente las disfrutaba, la aventura que las acompañaba. Algo que comenzó a desgastarme cada vez más conforme crecía era el tiempo que uno pasa sentado sin hacer nada. Cuando estoy en mi casa puedo dedicar mucho tiempo a escribir música, pero yendo de gira, uno está esperando por ahí para tocar media hora y eso es todo. Además en muchos de los sitios donde toqué no existía ningún backstage o cualquier otro lugar donde pasar el tiempo. Por lo mismo me quedaba atrapado en un bar escuchando música horrible. Además no bebo ni nada por el estilo. Así que ese ambiente me aburría.

¿Cuando grabas, lo haces varias veces hasta que todo está en orden?

De ningún modo soy un extremista analizando de más una grabación. Generalmente intento realizar una sola toma, tocando la composición desde el inicio hasta el final. Busco capturar una sola interpretación, no quiero necesariamente registrar música perfecta. Aunque es obvio que después de tocar piezas de una extensión de diez minutos ocho veces seguidas, termino exhausto y no puedo hacerlo más. Por lo que sólo trato de arreglar algún detalle que me moleste y que me saque de mis casillas.

¿Cómo quisieras terminar cuando seas verdaderamente viejo?

Esa es una pregunta francamente buena. No lo sé. Hay un montón de cosas que quiero hacer y que no he hecho todavía, pero de ahí a saber donde quiero terminar siendo viejo, honestamente no tengo la menor idea. No quiero eso sí estar enfermo, quebrado, desamparado.

¿Haces ejercicio?

Un poco. Leí un libro sobre Miles Davis y me impresionó lo metido que estaba él en cuanto a hacer ejercicio. Pensaba que al estar físicamente sano, su música se volvía más sana. Pensé muchas veces en ello en otro tiempo, quizá tendría que ser un poco más abierto al respecto y hacer unas cuantas lagartijas de vez en cuando.

El video que presentamos se grabó este año en Freedorm Garden, en Brooklyn y acompañan a Mick Barr, Kevin Shea en la batería y Tim Dahl en el bajo.

 

 

 

[1] Es un dotado guitarrista, compositor y músico de improvisación norteamericano radicado en Nueva York. Entre sus proyectos más destacados se encuentran Krallice, Crom-Tech u Orthrelm, este último un dúo con el baterista Josh Blair, además de sus grabaciones también a dúo con Zach Hill. Su discografía es extensa, y una buena parte de ella ha sido el registro de sus notables interpretaciones como solista. Esta conversación apareció por primera vez en la revista Bad Day, Issue 13, Primavera-Verano, 2012.

Imagen por: Burning Ambulance

Sobre “Símbolos Patrios” de José Molina

(Libros del Perro Negro, Santiago de Chile, 2012)

Hablar de la aldea y, así haciendo, poner en relieve la crisis de representación de la aldea: tal es la operación que afronta José Molina en su libro “Símbolos Patrios”. En tal sentido, la estrategia que despliega sobre el campo de las escrituras de su tiempo es especularmete simétrica a la intentada en su trabajo anterior: si es cierto que en “Juno Desierta” juzgó necesario transitar entre lenguas para aferrar el lenguaje (presuntamente) poliédrico de la cultura pop universal, tambien es cierto que hoy, ya saciado el afán japoturístico, nos entrega un libro arraigado en un territorio determinado y en sus símbolos. El repliegue —y utilizo el término en un sentido estratégico-militar— es sintomático de un nuevo prestigio que, de un tiempo a esta parte, ha venido ganando la poesía civil en lengua castellana, y tiene enormes consecuencias a la hora de constituir los rasgos del lector que tal poesía pretende inventar. Recuerdo que cuando José me regaló “Juno Desierta”, y a pesar de mi incapacidad para coger de inmediato las sutilezas en las que abunda tal libro (intertertextos, polisemias, paranomasias), no tardé mucho en comprender el tipo de aparato al cual estaba ingresando. Digamos que podía entrar en él de pie, con los ojos muy abiertos, sabiendo que allí había poemas cosmopolitanos y nada más, y que no obstante la dicción, que jugaba a defraudar la acentuación corriente mediante insistentes enjambements, eso no podía suponer una gran agresión.

El cuento cambia cuando el libro, desde el título y los paratextos, inicia cerrando las fronteras. País sitiado o zona de excepción: para seguir con la metáfora carrolliana, digamos que a “Símbolos Patrios” se ingresa después de comer algo para empequeñecerse, y encorvado, buscar a tientas un terreno estable donde hollar, detenerse y ver. Y esto, a pesar de que los versos, solidarizando con la respiración de la prosodia tradicional castellana, van cantando historias bien delimitadas en sus referencias: desde la endogamia clase-media del “little shakespeare” Gómez Bolaños, pasando por el “partido de partidos” en el estadio Azteca, y arribando a las infaltables narcofosas en poblados de Tamaulipas, los signos insisten en la representación de ese pan-mexicanismo que todos los sudacas llevamos dentro. Hasta aquí, digamos, hay comunicación. La dificultad comienza a vislumbrarse cuando se trata de comprender la necesidad (o sea, la única urgencia de las escrituras con consciencia) de realizar una operación de este tipo.

Me ahorraré la trivialidad de proferir que Molina apuesta a una suplantación iconoclasta de los tradicionales símbolos patrios: pajarracos y efemérides. Me ahorro la trivialidad de suponer que, de hecho, Molina apuesta a cualquier tipo de suplantación. Prefiero hablar, para no decir “fantasmas”, de las pérdidas que el libro denota desde sus primeras páginas. Por ejemplo :

pero hoy eres una niña huérfana

dice el hablante a un personaje de Televisa, o bien

ya no
se han ido

agrega al final de una balada a Don Ramón. El tono elegíaco se desgalga en girones que enguirnaldan la rudeza referencial:

mexicanos es una forma de decir
un cierto cerillo nos prendió las alas
y caímos de un paraíso apócrifo
a un valle de sombras

Aunque después de constatar la pérdida fuerza es preguntarse: ¿qué se ha perdido? Aquí, entonces, tal vez vale la pena comer de nuevo algo para recuperar estatura, encender un cerillo, incorporarse, respirar y aventurar la especulación: los que se han ido son los tipos de la troupe, los encargados del registro de la historia de los símbolos. Lo que se ha ido es la memoria, o con más seguridad: los operarios de un cierto tipo de memoria, los recordadores profesionales. No por nada el libro se abre con una serie de poemas que aluden a personajes del “Chavo del 8”, ese verdadero “paraíso apócrifo” de la representación televisiva que sirvió como ojo mágico a través del cual, por más de 20 años, 350 millones de espectadores iban enterándose de un claustrofóbico México, hecho a la medida del PRI. Pero llega un momento (el momento de la elegía) en que la crisis institucional trae consigo una crisis de la representación nacional. De modo que sin troupe, sin PRI, los actores-manifestantes están obligados a lanzarse a la calle para hacer la historia y buscar quien los re-presente:

imaginemos pura y simple
representación
¿habrá tiempo para el ensayo?

Una representación que, bien vienen sus acepciones, puede entenderse tanto en un sentido electoral como estético. Porque los que salen a la calle, los actores-manifestantes, los actantes, lo hacen para representar algo semejante a la historia, una simulación de ella:

mejor actuemos

dice Molina

salgamos a la calle con
la representación de los fusiles
para hacer como que matamos
y luego llorar como que de pena
para seguir como que parados
sobre un centro
que es sombra

Lejos los días del PRI, lejos los días de Televisa, los actantes necesitan con urgencia nuevos representantes, un Chavo de Nuestros Días que trance sus símbolos.

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Vuelvo ahora a lo que decía más arriba, corroborándolo: Molina no juega en este libro a una suplantación de Símbolos, al reemplazo de un set (tradicional, aúlico, tonante) en favor de otro (posmo, irrisorio, vulgar). Molina nos habla sobre la aldea, cierto, pero sobre todo habla de los modos con que los antologadores de la realidad han pretendido representar tal aldea. Diría más, hablando en términos de teoría de la información: el interés del hablante parece puesto en el canal de transmisión y no en los extremos que emiten o recepcionan los mensajes. La pérdida que se deplora en este libro (y aquí hay que preguntarse en qué medida tal deploracion lleva tintes de sarcasmo) es aquella de un canal sin ruido por donde fluyan los mensajes de un México que ha debido salir a las calles para buscar la nueva troupe que lo registre.

Y quizás el libro pretende ser metáfora, justamente, de un nuevo tipo de registro que podría pretenderse para un grupo de actores sin set ni estudio de televisión ni, mucho menos, representantes. Construido mediante versos que son frágiles estacas de una carpa de circo, el arte del poeta parece haber anclado (al final de la curva Juno Desierta-Rápame-Símbolos Patrios) en la certeza de que no es necesario hacer poemas con todas las de la ley, que “los ríos enfáticos”, al decir de Saint-John Perse, no son los canales de transmisión más apropiados para el vagabundeo de la época, y que en cambio basta levantar tenues tiendas, bosquejar apenas la maqueta de la casa del espíritu, para de ese modo dejarnos “sentenciados a la brevedad / de historias vagabundas”, qué es justamente en lo que estamos desde el momento que nadie más se interesa en hacer la crónica de México y, por qué no decirlo, de ningún país de América.

Imagen por: Andres Gomez

Una visita a Black Mountain College

Salimos en la mañana en un auto rentado después del desayuno. Yo había pensado que Black Mountain estaba más cerca de Winston-Salem, donde viven los abuelos de mi mujer, a quienes habíamos ido a visitar por unos días del enero pasado. Carolina del Norte es un estado inmenso, pero el paisaje, tal vez porque era invierno, en ese trayecto hacia el oeste no me pareció muy atractivo, diría que hasta un poco tenebroso. Me recordó al Silencio de los inocentes. Así que la manejada estuvo un poco cansada.

El viaje fue difícil sobre todo para el abuelo, quien sufría entonces de las primeras etapas de Alzheimer. Después de una media hora de viaje se la pasó preguntando por nuestra localización exacta y la razón de nuestro viaje; y cada montaña, monte o pequeño cerro preguntaba si era el famoso Black Mountain; en otros momentos preguntaba quiénes eran el hombre que iba manejando y su acompañante. Su esposa contestaba pacientemente a todas sus preguntas. Pero también se pasó el camino tocando su harmónica, que sacaba y metía sonriente a la bolsa de su sweater. Parecía feliz con la música y el paisaje donde había crecido, indicando particularidades del paisaje con emoción. Mientras tanto, su esposa, entre las notas de la harmónica, las preguntas y los comentarios, no dejaba de contar historias.

Ella creció en Filadelfia en una familia adinerada, al grado de no tener memoria personal de la Gran depresión. Pero al morir prematuramente el patriarca, la fundidora y la fortuna familiar se perdieron entre juicios y la avaricia de los familiares. La madre se casó con un hombre que llegaría a ser senador federal, pero nada sería igual a su niñez. Ella y su hermano crecieron entre libros y arte. Esto despertó en ambos una pasión por la lectura y las expresiones del espíritu. Años más tarde el hermano tendría una librería de viejo cerca de Princeton que era frecuentada por Einstein para hojear las novedades y jugar ajedrez con él. La abuela tomó otro rumbo. Escapó al París de los 50s. Después de años de bohemia felicidad el nuevo senador esposo de la madre le demandó que regresara a casa. Ella huyó hasta la India, a donde fueron a encontrarla agentes del Departamento del Estado. Las verdaderas razones de lo imperativo de su regreso a los Estados Unidos no me quedaron claras. Ella es tan buena conversadora como lectora, pero por la riqueza y abundancia de sus historias, así como por una ansiedad comunicativa que la impulsaba a hablar durante largas horas, me fue imposible regresar a los detalles de su dramático regreso a los Estados Unidos.

Después del largo trayecto llegamos primero al pequeño pueblo de Black Mountain, donde almorzamos para recuperarnos. No hay mucho ahí que refleje el espíritu del colegio, excepto un café y una librería. Era a ese pueblo donde los estudiantes del Black Mountain College, décadas atrás cuando todavía estaba en funciones, eran vistos con sospecha. En realidad parece que nunca fueron bienvenidos y cuando mucho fueron tolerados a regañadientes. Yo siempre he encontrado un poco sospechoso es el uso de la palabra tolerancia en vez de aceptación. Para mí tolerancia suena a circunstancia; en el sentido de “en estas circunstancias te tolero pero en el momento que cambien te rompo un ladrillo en la cabeza”.

El pueblo me recordó un viaje a las montañas de Colorado que hice con mi amiga Kristina. Ella vive en Boulder con su Lhasa Apso, llamado Chuck. Me dio alojamiento unos días durante una conferencia y en los ratos libres fue una esplendida guía. En su auto fuimos a algunos pueblos mineros de las montañas que ahora están semi-abandonados. Las casas, como en Black Mountain, son bajas, de uno o dos pisos de piedra o de madera con grandes ventanas en la primera planta donde por lo general hay negocios. Desde el pueblo de Black Mountain se pueden ver las montañas a la distancia, una vista más imponente que hermosa. Billie, la abuela, quien había visitado el lugar antes, quería ir a la librería—Black Mountain Books—que ha estado ahí desde que el colegio estaba abierto. Yo también estaba ilusionado con la sección de libros y revistas sobre el colegio que me había comentado que ahí tenían. Para nuestra decepción la librería tiene un idiosincrático horario y cuando llegamos estaba cerrada. No quedó más remedio que tomar una melancólica foto de la fachada como consolación.

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En el pueblo no vi por ningún lado ni media señal de la existencia del histórico colegio, lo cual no es de extrañarse en un país donde las expresiones artísticas de vanguardia—en el amplio sentido del término—son poco aceptadas más allá de los claustros académicos que se dedican a estudiarlas y en algunos otros espacios reducidos y aislados. Lo que en ese momento no sabía es que a sólo 25 minutos de ahí, en la pequeña ciudad de Asheville, se encuentra el museo del Black Mountain College. Sin embargo, nuestro objetivo eran los dos lugares que habían alojado al colegio. Billie recordaba que uno de ellos se encontraba al otro lado de la autopista 40, que parte al pueblo en dos.

Regresamos al auto y cruzamos la 40. La carretera sube la montaña y al poco tiempo vi un letrero para un campamento de la YMCA. Recordé entonces que la primera ubicación del colegio había sido el terreno de un campamento. Así que di vuelta en un pequeño camino bordeado con deshojados rododendros confiando en mi memoria. En la pendiente de la montaña se encuentran tres edificios blancos con grandes columnas formando un rectángulo, cuya cuarto “lado” ocupa un edificio moderno de madera. Recuerdo que hay una fotografía donde se puede ver a Joseph Albers sentado en una mecedora de madera con varios alumnos sentados en el suelo a su alrededor. Entré a la oficina del campamento donde sólo me pudieron referir a un folleto donde a la historia del colegio se le dedicaba un cuarto de página, más o menos. La amable señorita de la oficina imprimió un mapa del camino al segundo campus que fue construido por los estudiantes y la facultad, entre ellos Charles Olson. No quise incomodar más a la joven con muchas preguntas, pero me impresionó que no hubiera señas que indicaran a los visitantes la historia del lugar, su importancia en la cultura americana y mundial en el arte del siglo XX. Tampoco había señales de lo que había acontecido ahí en la historia social del país. A los pocos años de haber abierto el colegio, y casi dos décadas antes de Brown vs Board of Education—el fallo de la Suprema Corte de los Estados Unidos donde se declara inconstitucional la segregación racial en las escuelas—dos alumnas negras fueron aceptadas en el colegio. Esta decisión traía consigo para los miembros de la facultad el temor a reacciones violentas de los vecinos del lugar.

Siguiendo las instrucciones del mapa de Google, las que nunca son totalmente exactas y siempre parecen llevar por el camino más intrincado y largo, pasamos por varios pueblos económicamente devastados: casas prácticamente en ruinas aunque habitadas, trenes y fábricas abandonadas, señales de pobreza en negocios y en los habitantes del lugar. Al llegar a donde el mapa indicaba una vuelta a la derecha para entrar al camino que nos llevaría al segundo campus del colegio, nos recibió del lado izquierdo del camino un orfanato y del lado derecho, frente a éste, una prisión, y junto a la prisión, una escuela. La ironía no puede dejar de enfatizarse. Tres instituciones de control social abren el camino al lugar donde estuvo uno de los colegios más liberales de la primera mitad del siglo pasado. Y, si seguimos el camino, llegaremos al segundo campus donde ahora se encuentra un campamento para niños cristianos; la ironía continua.

Seguimos por el camino privado y entre los árboles y algunas construcciones modernas vimos el edificio diseñado al estilo Bauhaus que había sido construido comunitariamente a mediados de los 40s. Frente al edificio hay dos pequeños lagos, y me pregunté de cuál sería que Olson salió empapado a recibir y abrazar a Robert Creeley cuando éste llegó por primera vez a enseñar por invitación del mismo Olson. No habría de sorprenderme que tampoco hubiera señales del espíritu que había sido albergado ese espacio durante unos años del siglo pasado, un espíritu cuya repercusión y presencia sigue siendo vital para el arte y la sociedad contemporáneos.

Unos días después nos encontramos mi mujer y yo en Chapel Hill, un lindo pueblo donde está un campus de la universidad estatal de Carolina del Norte. Encontramos un café y nos sentamos a platicar de nuestras impresiones del viaje y también a escribir un poco. Es ahí donde redacté las notas para este pequeño texto. No recuerdo toda la conversación pero tenía que ver con la sensación de falta de contexto histórico que me causó la visita a Black Mountain y sus consecuencias culturales. Algo que ella dijo y de lo que sí me acuerdo es que la cultura es una red de relaciones entre la gente y los lugares que habita.

Imagen por: CHAA

Los poemas, de Georges Schehadé

Estoy convencido que la poesía circula por rutas inimaginables y que aún en las peores condiciones es capaz de emerger y ocupar el lugar que le corresponde como una de las experiencias humanas más indispensables. La poesía contrariamente a lo que se dice, nos acompaña y ayuda a vivir. Nos permite reconsiderar nuestra existencia y le da a ésta una espesura particular.

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Hace algunos años leí en un tomo de traducciones de Octavio Paz unos poemas de un tal Georges Schehadé. Ese nombre aparecía a un lado de otros más conocidos como Pierre Reverdy, Paul Éluard, Henri Michaux o René Char, sin embargo, nada sabía de Schehadé. De los poemas elegidos por Paz me gustó sobre todo uno que memoricé y que más adelante volví a encontrar esta vez traducido por José Luis Rivas para Las poesías, un volumen dedicado al poeta libanés de lengua francesa publicado por la Universidad Autónoma Metropolitana en 1989. El poema que prefiero en la versión de Rivas, dice así:

Te llamo María

Un casto cuerpo a cuerpo con tus alas

Eres hermosa como las cosas que he visto

En el principio tu hijo no estaba en los paisajes

Ni tu pie argénteo en los lechos

Te envidio María

El cielo te cubre de inquietud

Cuervos tocaron tus ojos azules

Tú me inquietas muchacha tu me inquietas

El follaje está loco por ti

 

Este poema describe bastante bien las tentativas de Schehadé: el uso de un lenguaje discreto, imágenes ligeramente surrealistas (“cuervos tocaron tus ojos azules”), la obsesión por la sensualidad y los procesos del amor. Las últimas dos líneas me parecen de una belleza abrumadora, además de que siguen sorprendiéndome por la rotunda claridad con que enuncian una emoción por todos conocida.

La Taberna Literaria Editores ha puesto otra vez los poemas de Schehadé disponibles e inmejorablemente traducidos por el poeta argentino Rodolfo Alonso. La edición (México, 2011) es fina y se agradece el pequeño prólogo de Alonso. En este por primera vez me enteré que Schehadé fue promovido por Paul Valéry, Saint-John Perse, Jules Superville y Paul Eluárd, este último con quien comparte algunos lazos. Schehadé fue según Alonso un poeta silencioso dedicado toda su vida a la enseñanza pública en Beirut. Escribió además de poemas obras de teatro que fueron defendidas por André Bretón y Benjamin Péret, y que han sido dirigidas por Jean-Louis Barrault. En cuanto a la poesía publicó algunas plaquettes artesanales hasta que Gallimard comenzó a editar Les Poésies, un volumen que aumentaría sus páginas poco a poco con el paso de los años.

La edición de La Taberna Literaria Editores fue realizada en Zacatecas y posee muchas cualidades. Los poemas aparecen en francés y en español, lo que permite valorar con mayor exactitud el trabajo de Alonso, traductor de poetas muy distintos y de lenguas distantes como Drummond de Andrade, Manuel Bandeira o Cesare Pavese.

Como ya dije, la poesía recorre caminos imprevisibles y hoy, en México, existe otra oportunidad para leer a un poeta sutil y genial como Georges Schehadé, quien escribió, regalándonos de nuevo la esperanza:

Y lejos hay

En Asia bellamente larga

El nadador de un amor único.

Imagen por: Solitary Dog Sculptor

Sobre el cine documental

Hay desde de los creadores del cine latinoamericano, muy pocas reflexiones escritas sobre el cine contemporáneo. Como en todo existen excepciones, la de Glauber Rocha es en este caso, un ejemplo notable. Sin embargo, pueden citarse también como una excepción, las discusiones que se dieron a lo largo de décadas en la desaparecida revista argentina Punto de vista, que dirigió con esmero Beatriz Sarlo. Dentro de éstas, el papel de Raúl Beceyro (Sunchales, Santa Fe, 1944), director y crítico de cine, fue fundamental por su carácter lucido y polémico. En ellas participaron además otros destacados artistas e intelectuales como la misma Sarlo, Rafael Fillipelli, Juan José Saer y David Oubiña, entre otros. Beceyro ha dirigido algunas películas entre las que destacan el documental Reverendo y la obra de ficción Nadie nada nunca, basada en la novela homónima de Juan José Saer. Es también autor de los libros Henri Cartier-Bresson, Ensayos sobre fotografía, y Manual de cine: Cómo se hace un film. El texto a continuación, es apenas una invitación para conocer su destacada labor.
–JLB

documentary

El cine documental no es un género. Una película documental no es, en consecuencia, una estructura deliberada que se apoya en un modelo preexistente. La repetición, que es consustancial al film de género, aún aquel que difiera, en un algún aspecto, del modelo, al cual, sin embargo, no puede dejar de referirse, la repetición no concierne al film documental que tenga algún valor. Si saltamos rápidamente de cumbre en cumbre del territorio documental, y pasamos de Nanook de Robert Flaherty a Drifters de John Grierson, a Noche y niebla de Alain Resnais, a Todos los días excepto navidad de Lindsay Anderson, a La lucha de Michel Brault y otros, a Model, de Frederic Wiseman, a Point of Order de Emile de Antonio, a Faits Divers de Raymond Depardon, a Shoah de Claude Lanzmann, se puede comprobar que no existe ninguna repetición y que estos films difieren tanto entre sí como El nacimiento de una nación de David Griffith de Codicia de Von Stroheim de La noche de Antonioni de Stalker de Tarkovski.

Lo que sí tienen en común son los materiales que esos films manejan. El film documental cuenta hechos que han sucedido o que están sucediendo independientemente de que con ellos se haga o no una película. Sus personajes existen también fuera del film, antes y después del film.

Es esto, y únicamente esto, lo que diferencia un film documental de un film de ficción. El film de ficción maneja materiales que sólo existen en el film, para el film. Si se suspendiera la filmación de una película de ficción, todo quedaría igualmente suspendido. Por el contrario, los hechos policiales que muestra Depardon en Faits Divers hubiesen igualmente acontecido, aún cuando Depardon no hubiese estado ahí.

Tanta o más diferencia que entre un film documental y un film de ficción, hay entre dos documentales, uno de los cuales cuenta hechos que han pasado (los ejemplos más evidentes serían Shoah y Noche y niebla) y el otro hechos que están sucediendo (como Todos los días excepto navidad, Model o Faits Divers). Existe tal diferencia entre los materiales que deben manejarse en uno y otro caso, que las estrategias, las técnicas y los métodos de trabajo son radicalmente diferentes.

Un documental que cuenta algo que ha pasado, trabaja con los restos de eso que ha sucedido hace (mucho o poco) tiempo. Trabaja, en consecuencia. con material de archivo: tomas, fotos o sonidos que pertenecen a esa época pasada. Puede trabajar, también, con imágenes filmadas, ahora, de los lugares en los que sucedieron esos hechos. Y trabaja con los restos de esos hechos en la memoria de la gente, es decir con los testimonios de quienes saben algo de eso que pasó hace tiempo.

Cuando un documental cuenta, por el contrario, cosas que están pasando, que se producen en el mismo instante en que el cineasta las está filmando, el trabajo se organiza de acuerdo a esta característica del material, estos hechos que todavía no se han producido, cuyas eventuales características deben preverse, para poder así decidir qué va a filmarse (de lo que se supone va a suceder) y de qué manera. El cine de Depardon o de Frederic Wiseman muestra las marcas del cine documental que registra hechos que están sucediendo en el momento en que se los filma.

A pesar de esto resulta evidente que el film que trabaja con hechos que han pasado, con materiales del pasado (material de archivo, lugares y memoria) opera, en el presente, con esos materiales. Las tomas de archivo son seleccionadas y montadas en el presente, el lugar antiguo es filmado hoy, y la encuesta realizada también hoy, plantea los mismos problemas que el acontecimiento que está sucediendo. La encuesta es, por otra parte, un elemento que caracteriza al documental y que lo diferencia radicalmente de la ficción. Es por eso que cuando un film de ficción quiere imitar a una película documental coloca frecuentemente a algún personaje hablando a cámara.

Además creo que no solamente los films documentales no pertenecen a una especie de género, con normas repetitivas, sino que ni siquiera los films documentales que muestran hechos pasados, ni siquiera esta categoría de film documental, pertenecen a un género. Ya he mencionado dos films documentales que tienen prácticamente el mismo tema: el exterminio de los judíos por parte de los nazis. Me refiero a Shoah y a Noche y niebla.

En el interior de un mismo tipo de film documental (el que cuenta hechos de] pasado) y aún de films que desarrollan el mismo tema (el exterminio de los judíos), las decisiones tomadas por sus realizadores han hecho que nos encontremos ante dos films radicalmente diferentes: uno dura 30 minutos, el otro 9 horas y media; uno tiene encuestas de los que escaparon de la masacre, o que participaron en la masacre o que presenciaron la masacre, y el otro film no. Uno tiene imágenes de archivo, y el otro no. Uno tiene un texto dicho por un locutor en off y el otro no. Uno tiene música y el otro no. Comparten (además del tema y de ser ambos documentales) la filmación, hoy, de los lugares en los que funcionaron los campos de concentración. Y eso es todo.

Imagen por: Oregon State University

Antonio Calera-Grobet y la falsa liviandad de Zopencos

Cuando Antonio Calera-Grobet explica el por qué de la ruptura cronológica empleada en Zopencos, su última novela, pareciera describirnos también su pensamiento. Nos dice: “Hay una especie de sensación cubista. El cubismo intentó mostrar al hombre en muchas de sus facetas como sucede en La mujer bajando las escaleras de Duchamp. Si tratas de realizar un cortometraje de ese lienzo para ver cómo una mujer podría verse bajando las escaleras desde todos los puntos de vista, la única manera de hacerlo sería cortando el cuerpo humano.” Y así es como opera la mente y la escritura de Calera-Grobet. Para entender Zopencos, una comedia de clase B, es necesario diseccionarla y analizar cada uno de sus elementos constructivos.

calera

La novela arranca así: “El pasado: el callejón de loros y los gaborreanos —éste es el título del primer capítulo— es una narración turbulenta, como cuando eres niño y te subes por primera vez a un tobogán, la sensación de vértigo comienza en el momento en que sueltas tus manos y te dejas ir, la inercia sigue su fuerza.” Al preguntarle al autor si creyó que en algún momento de ese intento por hacer una narración desbordada, liviana y fluida, saldría un relato sin contenido, él explica: “Yo pienso en cómo “jazzear”. Quería hacer un poco de beat box, una especie de fluido donde la continuidad se notara. En otra entrevista decía que quería que la experiencia fuera como la de un tobogán. Una novela rápida. Claro, tienes el riesgo de que el río se salga de cauce. Pero para eso puedes poner diques en la corrección. Cuando sentía que estaba poniéndome demasiado líquido frenaba un poco y trataba de darle más sustancia al texto. Si seguimos utilizando la metáfora de la liquidez, esta novela representaría el más líquido de mis trabajos. Lo anterior es más pétreo, denso, mucho más pasmoso. Pero esto no significa que sea subliteratura o que la novela sea ligera. En la presentación que se hizo en Bellas Artes contaba que mi deseo era escribir una novela liviana. Es algo que Italo Calvino propuso para el nuevo milenio, es decir, éste en el que estamos ya. Él hablaba de la liviandad. Que se escribieran novelas que no pesaran tanto y aplastaran al lector.”

Durante la entrevista Calera-Grobe consumió tres tazas de café espeso. Su mirada estaba por lo mismo nerviosa y sus pupilas por momentos temblaban. Se movían rápidamente y de pronto se quedaron concentradas en un punto fijo. Sus palabras fluían al igual que en Zopencos, con una fuerte dosis de cafeína. Al hablar del relato, me decía: “La historia no tiene nada de sorprendente, es bastante común. Buscaba un recorrido, un juego de pandillas, cosas que vemos en el cine. Es Trainspotting. Es una narración como la de The Warriors. Lo que buscaba era un ragtime. Una narración donde no hubiera un estudio para piano de Chopin. Me interesaba algo que arrancara con un chorro de escalas y siguiera así hasta llegar a una fuga.”

¿Si Calera-Grobet quería hacer una literatura libre de adornos literarios ¿por qué anunciarla como una comedia de clase B?: “La comedia para mí es una de las expresiones más elevadas del arte. No solamente para mí, sino también para una larga tradición de autores. Con comedia no me refiero —como ahora se concibe— a un tipo de escritura de artificio menor o de segunda clase. Creo que hemos sobrevaluado la inteligencia y la erudición omnicultural. Hemos al mismo tiempo subvalorado el sentido del humor. Excepto cuando hablamos de Woody Allen. Ya nadie recuerda a Groucho Marx. Habría que regresar a esa comedia, esa es mi propuesta. No creo que en México todo deba ser sobre el narcotráfico. Pero esto no significa que mi novela sea en modo alguno una respuesta a los libros que se escriben en el norte del país. Quise ponerlo como una comedia de serie B, porque lo que trato de comunicar a los escritores de mi generación –o al menos a mí– es que uno debe ser consecuente con sus retos.”

Carajo, apareció dentro de la lista de los mejores libros del año según Sergio Gonzáles Rodríguez. Esta lista fue polémica e hizo que amigos de Calera-Grobet se pronunciaran en su contra. “Bellatin y Fadanelli se incomodaron y publicaron algunos textos. Yo no hablé de ella. Se hizo mofa de los escritores que aparecimos y también de Sergio Gonzáles Rodríguez por haberla formulado. Lo que yo dije fue que me importaba un rábano todo eso. Lo que me interesa es validar mi obra literaria. Puedo escribir un libro de cocina, como lo fue Gula, o Carajo, un libro con lenguaje enciclopédico. El reto es siempre reinventarme.

Zopencos relata la decadencia y nostalgia del pasado. Es el enfrentamiento de Eugenio, personaje central, con amigos a los cuales ha dejado de ver durante años. Un hecho, en este caso la boda de uno de ellos, los reúne y los hace sentir la decadencia en la que viven. Como toda comedia tiene un secreto oscuro. “Es a lo que me refiero con comedia, ¿hasta que punto puede serlo? ¿Comedia en qué sentido? Porque esos amigos terminan en un coche como si fueran Olivia Newton y John Travolta dando vueltas en el aire?”

[Zopencos ha sido editado por Ficticia (2012) y es la última novela de Antonio Calera-Grobet.]

Imagen por: Recital de Poesía Chilango Andaluz

La conciencia del cineasta: entrevista con Raymond Depardon

Texto publicado originalmente en Cahiers du cinéma (No. 40, Enero de l988) | Traducción del francés: Raúl Beceyro

Durante la pasada 54 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional, Fue posible ver Diario de Francia (2009), la película de Claudine Nougaret y Raymond Depardon. En esta Depardon registra momentos de sus últimos cuatro años tomando fotografías en gran formato de lugares y espacios de su país, al mismo tiempo que Nougaret descubre y nos permite observar fragmentos conocidos e inéditos de películas de su marido desde sus primeras incursiones cinemátograficas hasta sus últimas tentativas. El resultado es un entrañable contrapunto entre el amor y la historia a lo largo del siglo XX. A continuación compartimos con nuestros lectores una entrevista que pone en perspectiva, la obra y el pensamiento de este extraordinario artista.

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¿Cómo se le ocurrió filmar su último film Urgences (Urgencias)? (l)

Al principio quería hacer un film sobre la justicia. Fui a ver a los responsables de ese extraño lugar que es el Palacio de Justicia, una especie de Vaticano de París. La continuación lógica de Faits divers (Policiales) (2), era forzosamente la justicia. Mi idea era filmar el juicio de un delito menor, que se resuelve rápidamente, tomando al personaje desde su detención hasta su presentación inmediata frente al juez. Al principio autorizaron la filmación pero al cabo de un año hubo un cambio en la Fiscalía y finalmente las autoridades judiciales se retractaron. Como tenía el dinero para hacer el film —era la primera vez que tenía montada la producción antes de filmar— propuse otro tema: el servicio de urgencias psiquiátricas en el Hospital de París. En realidad ése es uno de los corredores, el otro es la justicia, donde aterrizan los que piden auxilio. Es la otra respuesta de las instituciones a una situación de urgencia.

¿Por qué le impidieron filmar en el Palacio de Justicia?

Invocaron el secreto del sumario. Es curioso porque todos esos pequeños delitos que queríamos filmar hubiesen estado resueltos cuando el film hubiese estado terminado. Había en todo caso menos violaciones al secreto del sumario que en los libros de memorias de ex-policías, abogados o jueces que se publican frecuentemente.

¿Tuvo tiempo para preparar Urgences?

Directamente, no lo preparé; se hizo de una manera muy improvisada, y ahí yo tuve por segunda vez (la primera vez fue en el film sobre Giscard d’Estaing)(3) a un sonidista: Claudine Nougaret. Ella hizo el sonido del film, lo que modificó mi manera de filmar.

¿Usted tiene un método para preparar sus films, o actúa de manera empírica, según cada film?

Existen dos tipos de films. Algunos son muy preparados, como Reporters (Reporteros)(4) o San Clemente (5), incluso Numero zero (6). Una parte mía retoma el camino del fotógrafo de prensa pero con un nuevo instrumento, la cámara cinematográfica, como si tuviera que saldar cuentas con ese testigo un poco pasivo que es el fotógrafo. Por ejemplo yo había hecho muchas fotos en hospitales psiquiátricos antes de filmar San Clemente. Para otros films como Faits divers o Urgences se parte de algo más interior. Es un mundo que conozco menos pero el tema lo tenía en la cabeza desde hacía mucho tiempo: quería hacer un film sobre algo que tuviera que ver con el psicoanálisis, un frente a frente entre alguien que hable y alguien que escuche, algo cercano a una confidencia. No hice ninguna fotografía de los lugares antes de la filmación, para preservar una mirada virgen.

¿Cuando usted llegó se puso a filmar, sin conversaciones previas?

El Jefe del Servicio de Urgencias, el Doctor Grivois, intentó más bien disuadirnos de filmar, diciéndonos que no sucedía nada espectacular. Le expliqué que justamente lo que buscaba era gente como usted o como yo que pasan por un momento difícil y que no aguantan más. Cuando más “normales” era esa gente, más nos interesaba. Las condiciones de filmación fueron muy particulares y a veces había que filmar inmediatamente. Yo me instalaba y no me movía, haciendo planos fijos y manteniéndome a distancia.

¿Cómo determina la “buena” distancia a lo que filma?

El hecho de haber filmado Empty Quarter – Une femme en Afrique (Una mujer en Africa)(7) modificó totalmente mi manera de trabajar. Hoy en día dejo que la gente salga de cuadro, y me quedo en los que no se mueven, como si ya existiera una puesta en escena. Además al no tener el micrófono adosado a la cámara puedo tener la distancia visual necesaria, contrariamente a mis films anteriores. El trabajo de Claudine Nougaret da al sonido la calidad de un film de ficción, y yo lo hice con mi experiencia de documentalista, poniendo a la gente en su contexto, pero sin hacer demasiados primeros planos, como se suele hacer en los reportajes, respetando así el frente a frente. Me parece que la experiencia de Empty Quarter modificó mi enfoque de las cosas. Cuanto más se escucha menos hace falta moverse. Yo escuchaba el sonido de la toma y me daba cuenta, gracias a lo que escuchaba, lo interesante que era. Era como el primer espectador y aun en los momentos en que no pasaba nada me daba cuenta de que no tenía que moverme. Al encuadrar de una cierta manera yo afirmaba un principio básico. Por ejemplo al filmar al psiquiatra y al enfermo, si el psiquiatra se levantaba, yo no me movía, como si todo hubiese estado preparado de antemano. Hace algunos años yo hubiese cambiado el encuadre, siguiendo a quien se movía. Si quisiera resumir mi evolución de documentalista diría que la parte reportaje es menor. El cine con sonido directo tiene más de 30 años y no estamos más en el cinéma-verité. Ya no se puede hacer como en los años sesenta. Hay que mostrar las cosas, sin dramatizar y podemos hacerlo porque hay nuevas películas y el sonido tiene más calidad.

¿Veía los campeones a medida que avanzaba la filmación?

No. Es un residuo de mi experiencia de fotógrafo, lo que por otra parte molestó mucho a la sonidista… Pienso que la emoción en filmación o se la tiene o no se la tiene. Cuando uno es testigo de algo, eso puede aparecer. Y además tengo la impresión de ser así más honesto. Si hubiésemos visto las tomas ya filmadas uno habría vuelto frotándose las manos y diciendo: “hay buenas cosas…”. Eso me parece horrible; ya se es suficientemente vampiros. El no mirar los campeones nos imponía una cierta modestia frente a la gente que filmábamos, que no transformábamos en fenómenos de feria, o en actores. Si existe un progreso en mi manera de filmar está en mi conciencia de la toma. De esta forma se puede ser un poco menos un mirón.

Wiseman(8) explicaba recientemente en la Cinemateca que él hacía sus films en el montaje. ¿Usted está de acuerdo

Siempre dije que no. Respeto mucho a los montajistas de mis films pero incluso ellos le dirán que no se puede inventar una escena que no existe. El montaje lleva tiempo sobre todo por la reflexión que el film impone. En Urgences y en San Clemente es sobre todo una cuestión de selección: había que elegir entre dos o tres planos secuencias de 4 o 5 minutos, pero no tomando un pedazo de cada uno, sino uno u otro. Y para hacer esto hay que pensar mucho. Pero un film no se hace en la etapa del montaje. Me gusta trabajar con el montajista sobre todo para tener a alguien frente a mí, para poder confrontarme con alguien distinto.

Tanto en el documental como en al ficción la cuestión del ritmo es esencial. ¿Como encuentra el ritmo de un film?

Me parece que el ritmo se impone a partir del material bruto. Para mí un gran montajista parte de cierto material inicial y respeta su extensión, pero eliminando toda repetición. Por ejemplo había que elegir el testimonio de un toxicómano, entre los numerosos testimonios de toxicómanos que pasaban por el Servicio de urgencias.

Usted dijo al comienzo de este reportaje que Urgences era el primero de sus films con una producción montada antes de hacerlo. ¿Qué pasa en los otros casos?

Normalmente, para los films más ricos, uno tiene un adelanto de la televisión, que no alcanza para financiar el film (fue el caso de Reporters). San Clemente fue producida por mí y mi socia Pascale Dauman. Mis películas son difícilmente exportables. Un film cuesta un millón de francos, cuanto menos. Urgences fue producido por el Canal l de Televisión (TFl) y tuvo el apoyo del Fondo de apoyo audiovisual (organismo oficial).

¿A usted le parece que ha evolucionado la imagen del documental en al televisión?

Temo que se quieran hacer cosas demasiado cortas, demasiado puntuales, para no aburrir a la gente. Con el pretexto de que superamos el período experimental de los años sesenta y el período político de los setenta, se abandona el género documental como si se lo hubiese agotado. Los ejecutivos de los canales de televisión tienen un poco de miedo al riesgo. Yo propuse hacer un documental con una sobrina mía que pasaba el examen del bachillerato, y ellos pensaban que 26 minutos alcanzaban para hacer eso. Estoy persuadido de que hubiera sido necesario un film más largo. El canal 7 pide proyectos de films sobre escritores, pero ahí también establecen el tope de los 26 minutos. Es necesario no solamente tiempo para el film, sino también para la filmación; nosotros estuvimos dos meses filmando en el Hospital de París. No se puede hacer un film de 26 minutos filmando una semana solamente. Esa es, sin embargo, la duración media de las filmaciones en la televisión actualmente. La televisión no ha reflexionado sobre su tiempo. Felizmente, a veces, se produce el milagro, y tenemos 20 segundos en la fiesta de l’Humanité con un tipo que habla realmente como un parisino, y es una bocanada de aire fresco, pero eso no alcanza.

¿A usted le parece que hoy, haciendo documentales, se deben abordar otros temas?

Ya se terminó un poco con el género “Las naranjas de California”, y lo mismo con las comisarías… Se puede tratar otras cosas, además de los márgenes, las clases sociales o las instituciones; se puede volver a tratar a los personajes. No ir a buscar a los campesinos lejanos, filmar las cosas de hoy. Gente como Flaherty o Rosellini estarían encantados con el material técnico actual. Existe, entre la pesada ficción y una forma de documental un poco anacrónica, todo un campo para explorar.

NOTAS

    1. Urgences, documental realizado en l987, duración l hora 44 minutos.
    2. Faits divers, film realizado en l983, duración l horas 48 minutos.
    3. Depardon filmó en l974 50,8l%, documental sobre la campaña del candidato y luego presidente Valery Giscard d’Estaing, quien prohibió la difusión del film.
    4. Reporters, l980, l hora 30 minutos.
    5. San Clemente, l980, l hora 30 minutos. Documental sobre un Hospital Psiquiátrico italiano.
    6. Numero zero, l977, l hora 30 minutos. Documental sobre el nacimiento del diario parisino Le Matin.
    7. Primer film de ficción de Depardon, l985, l hora 25 minutos.
    8. Frederick Wiseman, documentalista estadounidense actual.