Entropía
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Nasturtias

Arrugado, el cigarro cuelga en los labios.

A cuatro pasos de las enredaderas de buganvilias saca la caja de fósforo vacía, lamentándose, tratando de descubrir en los perfiles de los transeúntes una señal; un atisbo de nada que sirva de preámbulo para un fuego concordia.

Siempre distante, Zavala vendrá a las seis y diecisiete —calcula—. Entregará el sobre amarillo, con una indiferencia aplastante y fingida;  e inflexible, dará la vuelta. Forzando el llamado: el perfil de su cara de caballo sobre la tarde.

¿Tienes fuego? ¿Tienes una caja de fósforo? Repite; imaginando rostros, ceniceros y relámpagos.

Una tarde, mientras miraba hombres sembrando petunias, un caballero se acercó por la izquierda. Miró su reloj, como quien ha dilatado un asunto, y con lo que sobraba de esa mirada le observó, punzante. Luego, con voz de profesor, dijo: todos los días a las seis y diecisiete recibirá de mis manos un sobre amarillo. No lo abrirá. Cruzará al supermercado de los libaneses y pondrá el sobre detrás de las tunas Hemingway. ¿Entendido?

Desde entonces él, que de día trabaja de portero en una escuela pública, luego de asegurarse que los abanicos del salón de profesores estén apagados y de poner la cadena sobre el portón delantero, camina cuatro cuadras, entra a un centro de Internet y mira un episodio de los Teletubbies. Sale luminoso, dobla la esquina de los inodoros rojos, la cuadra del ayuntamiento y espera a Zavala.

Ahora mira el mar, cabalístico, herido de vez en cuando por un picotazo de gaviota sin suerte.   

Con el mástil en los labios, se acerca a unos evangélico pidiendo fuego; craso error, ellos después de reprenderlo, comienzan a describir las calamidades del infierno (“allí será el llanto y el crujir de dientes”) , de un lago de azufre imperecedero.

¿…cuántos dicen amén?

amén

Desde el medio de la calle escucha a un siervo decir que en una visión vio a Lacan  achicharrándose en el fuego eterno.

Finalmente  posiciona el cigarro en la oreja derecha y entra al parque.

Dos niños sentados en un banco, observan, casi con lujuria, como el tiempo, denso y chocolatoso, pasa sobre su helado; esto, hasta que el más sereno [niño A] le da una lamida perpendicular, y el otro [niño B], que es quien sostiene el helado, sorprendido, gruñe oh oh oh, y con toda la fuerza de su sorpresa le da una tabaná del diablo. El helado cae y la madre brota por un extremo del parque. Los hermanitos se emburujan. Ella viene nerviosa, taconeando en el suelo de ladrillos, culpas y frustraciones de otros tiempos, y tropieza. Su cartera se desparrama. La brisa hace que varios billetes dancen. Los niños, rojos y arrepentidos, corren hacia la madre.  Ella, con el vestido rasgado, se contenta viendo un cao que reposa su érebo sobre un busto de Ovando. En tanto, él, ansioso, siente una noble sensación, cuando ve una cicatriz de mofle en la pierna izquierda de la madre y sobre esta un tatuaje de tres bromelias. Los niños corren, dije, pero no hacia la madre; se han desviado a la danza de los billetes. De modo que observan por un instante como el tiempo, otra vez, denso y chocolatoso, abisma el ocaso contra los héroes que flotan en los billetes. El  niño B le atiza un mata-pollo al niño A y le susurra malditoloco. El niño A entrecierra los omoplatos, recoge los codos sobre ambos costados y cae de rodillas. Los billetes son su paraíso, el volátil nirvana infantil de los domingos, y danzan esa melodía dulce, muy dulce: todo lo domingo cocino yo/ plátano maduro con salchichón  que un erario de nínfulas, en círculo, corea a unos metros.

B  toma los billetes  y corre. Y A, triste y casi oruga, repta detrás de B.

Entre tanto, familias atadas a la Rueda de las Cosas desviven. [Un gato lame la punta de un labial que ha trazado un semicírculo (imaginario) en las inmediaciones de la madre. O sea que ½ de la madre es igual al radio (¿se escucha?) del semicírculo; es decir que el área del semicírculo trazado por el labial que ahora lame el gato, es igual a π por ½ de la madre al cuadrado entre dos].

Aún con el cigarrillo en la oreja, advierte la caja, futuro féretro de lagartos, cerca de un viralata tuerto. Corre hacia los fósforos. El perro, como si también lo reprendiera, grazna un vomito casi ojo.

Relámpago en mano descansa en el banco que ocupaban los niños y se siente niño. Recuerda  callejones como insectos en el ámbar de la memoria.

Sus manos prenden el fósforo, y esté, erguido, abraza el cigarrillo.

Entrevé como detrás del humo la madre se maquilla con prisa y sangre;  el gato, todo untado de labial persigue un ratón entre el ramaje, y los otros niños se columpian y son radiantes.

Descubre la lagunita de helado bajo sus piernas. Hay muchísimas hormigas, sagitarias hembras estériles, acarreando pequeños fragmentos rombales de lo que hasta hace unos minutos era un cono uniforme, tapizado con varias esferas de dulce de leche y bizcocho, que ahora, en un delirio de materia, se deshielan, formando una triste pseudo-elipse que las trabajadoras, con frondosa felicidad, también picotean.

¡Mi madre llora porque estoy viejo de mi tiempo y porque nunca llegaré a envejecer del suyo! 1

Se imagina por un instante taconear hacia la madre. El cigarrillo a ley de dos chupadas. La tarde opaca resbalando densa de los árboles, como si el presente, caballo muerto en la bañera, no fuera más que un bolero.

Le extiende la mano, cuidándose, casi con cariño, que la sangre no viole el concierto gris de sus pantalones.

Pocas veces se ha preguntado sobre el contenido de los sobres.

Una vez, un policía-intrigado parecido a Zavala lo detuvo.

¿Qué hay en el sobre amarillo?

La verdad que no lo sé oficial, y si lo supiera tampoco se lo diría.

Por qué, preguntó el policía-intrigado.

Asuntos del alma.

El policía-intrigado sonrió y abandonó la escena.

La madre, después de varios pasos, cuenta un sueño. Alguien deja caer sus llaves, maldice, se vuelve y las recoge. La madre cuenta otro sueño.

Él la aprieta contra su pecho. La densidad del segundo sueño le recuerda un inédito mar de infancia.

Glacial se pregunta: ¿A qué huelen los abrazos?

Mira el sol esperando la cara del bebé como en los Teletubbies. Solo luz. Zavala. Una habitación atestada de sobres amarillos; una tía-esposa en silla de ruedas; una luz  arañando detritus de tiempo. Zavala.

Y ahora, ahora quisiera otro cigarrillo, olvidar la espera.

Ella le adivina la ansiedad; y rebusca…. y mira, extasiada, los niños que retornan culebreando, y  huye, la madre nerviosa huye.

Los niños lloran, él los abraza y les promete desayuno escolar y un episodio (por día) de  los Teletubbies.

En círculo serpentean a su alrededor.

Enroscado [sic], abraza el vuelo de una paloma.

¿A qué huelen los abrazos?

Se rasca la cabeza.

—¿Qué hora es?

—Son… Y diecinueve, las seis.

Sonríe.

A lo lejos reconoce a Zavala, silvestre y garboso, como el centauro de Odilon, que escruta el parque en pos de su chelo.

Camina hacia la casa y los niños, semidioses y harapientos, se deslizan a su lado.

  1. César Vallejo

1 Comment

  1. Jesus says

    Se vaticina un nuevo rostro en la nueva literatura. Tienes muchas garras.

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