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Entrevista con Elisa Bracher

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¿Crees que existe una continuidad en la escultura actual con los lenguajes desarrollados por la vanguardia histórica o el modernismo estético?

Mira, creo que la historia cultural brasileña es una historia que tiene particularidades muy bien delimitadas en relación al arte norteamericano o europeo. Encuentro la modernidad brasileña como una cosa extremamente complicada y extremamente delicada de ser tratada porque en el momento en que Brasil comienza a aproximarse al mundo comienza a aproximarse al modernismo, pero justo en ese momento sucede la dictadura militar y nos impide alcanzar un proyecto que era hasta ese momento sólo embrionario. Entonces creo que en Brasil hablar de una relación directa con el modernismo es una cosa que tendría que valorar un especialista. Lo que pienso es que tenemos aquí una inmensa dificultad en ubicar dónde están nuestras raíces, en si son raíces culturales que están en el mestizaje, o si son raíces culturales que forman parte de un deseo de mundo, en fin. Sin embargo, creo que nuestras influencias o por lo menos las de mi generación comienzan a partir del concretismo y del neo-concretismo.

¿Cuál es tu opinión con respecto a la actitud actual generalizada de considerar la escultura como una elaboración de objetos tridimensionales y no de elaboraciones formales rigurosas?

Creo que por la naturaleza y la dimensión de mi trabajo, detesto esa actitud ante el arte como objeto. Es por eso que me moví hacia la plaza pública. Ahora, ésta es una actitud totalmente personal, y sé que con eso la liga que el arte puede entablar productivamente es con la vida en la calle y no dentro de uno mismo, ir hacia al mundo cotidiano, a la urbanidad, etc.

¿Cuál es tu relación con el arte moderno de Brasil y en especial con los escultores Sergio Camargo y Amilcar de Castro?

Pienso que la gente se forma con todo aquello con lo que convive, con lo que uno entra en contacto y tiene intimidad. Ciertamente Sergio Camargo es alguien que desde siempre tuve presente. Tal vez no directamente, porque por descabellado que pueda parecer, yo nunca vi una exposición de él. Y tengo la impresión que nunca la tuvo, al menos en el tiempo en que llevo siendo artista e interesándome por el arte. Lo que vi fueron cosas dispersas, aunque reconozco una relación muy fuerte con su obra. Creo, al menos para mí, que fue el primer escultor en quien observé que era posible obtener un volumen de la materia. Amilcar, por otro lado, ha estado más presente porque estaba más próximo, estaba vivo hasta hace poco tiempo. Hoy no me siento influenciada por ninguno de los dos en el sentido de un lenguaje, de la influencia como forma, es decir, que me gustara específicamente el corte de Amilcar y pensara que ese sería un elemento en mi trabajo, o si específicamente me gustara el trabajo y el volumen de Sergio Camargo y pretendiera evolucionar con eso. No, creo que aprendí mucho más de Amilcar en cuanto a una postura radical que encuentro que tuvo a lo largo de su vida, y que fue lo que le permitió hacer lo que quería hacer. Después de un trecho recorrido en la vida, es posible cuestionarla a pesar de todas las dificultades enfrentadas. Su actitud como artista ha resultado una influencia más trascendente para mí que su propia obra. En cuanto a Sergio, creo que él tiene una cosa que me fascina, su idas y vueltas entre el plano y el volumen. Muchas veces no se encuentra en el volumen pero tampoco está en lo plano, se ubica en una zona límite entre el plano y el volumen que me atrae muchísimo.

¿Cuáles crees que son las aportaciones fundamentales de la escultura moderna al cuerpo general de la escultura?

Cuáles son en términos generales, no lo sé. Creo que lo importante es la potencia corpórea que tiende a salir de las delimitaciones del campo del arte. Desde los años treinta o cuarenta el arte se viene cerrando más en un universo propio, en las instituciones, en los museos, en las galerías, y se torna cada vez más un objeto centrado en sí mismo, sin una apertura para una gestión social mayor, y cuando ésta existe, es generalmente muy literal, es decir, es una apertura mucho más textual que corpórea. Creo que la fuerza de la escultura o lo que ella debería oír son cuestionamientos anónimos, de la calle, para intentar hacer de una manera más ágil esa liga entre la comunidad y el artista que tiene otro ritmo y otro tiempo.

¿Cómo es tu relación con los materiales que utilizas, esto es, si tus esculturas surgen de la materia misma que las conforma o de ideas preconcebidas?

Me parece que son las dos cosas. Existe un procedimiento de trabajo, que es bien claro hoy en día para mí. Debo tener una materia pesada y grande, la idea es que genero un desequilibrio y a partir de éste voy obteniendo la forma. Produzco el desequilibrio y a partir de eso tengo que re-equilibrar el asunto. No se trata de volver a la posición original, sino de conseguir que la pieza sustente su propia vida. Hoy en día trabajo básicamente con dos materiales: la madera y la piedra. Esto sin duda tiene que ver con el país en el que vivo y del cual formo parte. La madera en Brasil tiene una historia muy arraigada, muy presente. La piedra, por otro lado para mí, tiene dos aspectos. Uno, el desafío por el peso además de ser una cosa absolutamente descomunal porque cualquier pedazo pequeño pesa toneladas. Y el otro, el de ser menos penetrable. Trabajar con piedra es casi la necesidad de una lucha mayor, de un desafío mayor.

Siendo tus esculturas –al menos las últimas– monumentales o publicas ¿qué tipo de inquietudes y problemas supone esta condición? Trabajar con madera por ejemplo o el utilizar y dejar visibles los tornillos gruesos de fierro.

Yo creo que ser pública o monumental es una condición básica para mí. Desde siempre en mi trabajo lo que más me incomoda es el arte como una joya, me molesta esa placa de “No tocar” en las galerías. Me aflige porque el arte es un vehículo de comunicación con el mundo, es un vehículo para lidiar con las cosas del alma, de lo colectivo, y así la angustia pueda encontrar un pozo, un lugar de reflexión o provocación. Eso para mí es fundamental. También hago cosas menores, tengo también un trabajo intimista, pero creo que el destino del arte es el de generar inquietudes públicas, devolver a los individuos lo más próximo de sí mismos, de su identidad, de lo que los diferencia de todo lo demás. La escultura para mí tiene una función, y aunque esta actitud puede ser rebatible, pienso que el arte tiene una función, así como el artista posee una responsabilidad inmensa. Al dejar los tornillos visibles y hacer transparente la manera como construyo la obra, busco proyectar mi interés por exponer lo que es esencial para mí, el proceso de hacer.

¿Cómo es tu proceso de trabajo? ¿Trabajas sola? ¿Dibujas las piezas antes o las elaboras mentalmente?

Siempre parto de una idea. Por ejemplo, unos troncos. Si el tronco va a estar más acostado o más en pie, si la escultura va a ser más vertical o más horizontal. Definida una dirección, parto de ahí reflexionando sobre si la escultura será más redonda o más larga, más orgánica o más fragmentaria, o dura. Definida la dirección comienza el trabajo. Somos un equipo de tres, el serrador, yo, y la grúa que debo alquilar para mover las piezas. Nunca dibujo las esculturas ni tampoco hago maquetas de ellas. El trabajo se realiza sobre la marcha, en el día a día. Tengo ejemplos como esta escultura (señala una en su taller) que aún no sé cuántas troncos va a tener. Por ahora son cuatro y sé que va a tener una quinta, pero con esa quinta no estoy buscando un equilibrio, sé que ésta no conseguirá ese equilibrio, voy a tener que trabajar más hasta generar lo que ella me pide. Entonces la pieza se construye poco a poco. No hago proyectos porque no tengo una convicción de lo que debo hacer. Tengo muchas dificultades con el dibujo porque siento que no responde a la limitación del papel para mostrar lo que me interesa.

¿Cómo decidiste comenzar a esculpir?

Es una historia curiosa. Estaba en la facultad y comencé un curso de artes plásticas pero como agente publicitaria. Ahí debía hacer una clase de grabado y quedé encantada. Encontré aquello maravilloso y seguí inscribiéndome a otros cursos. Después de dos años acabó todo eso, ya no podía seguir haciendo cursos como una simple afición. Entonces reconocí que si quería saber más sobre el arte gráfico iba a tener que cambiarme de área de estudios y así llegué al grabado como oficio. Haciendo grabado evidentemente me alejé del medio publicitario. Mis primeras exposiciones eran de trabajos enormes que tenían una sola línea. Recuerdo bien la exposición del MASP donde expuse cuatro grabados gigantes, todos blancos con una línea. Estaba montando la exposición el día de la inauguración y al mirarlo me percaté de que estaba equivocada, que no se trataba más de eso, necesitaba que la línea existiera sin el papel y esa idea me enloqueció. Seguí y seguí hasta que hice unas esculturas de cobre, que por cierto fueron publicadas en una revista mexicana que se llamaba Poliéster. Así realicé varias esculturas, pero al poco tiempo me di cuenta de que me faltaba materia. Entonces comencé a trabajar con madera, en esa época utilicé maderas muy antiguas de haciendas y cafetales, pero después me disgustó profundamente esa carga histórica. Así que pasé a los troncos grandes.

¿Por qué hacer esculturas en la actualidad? Es decir, con todas las dificultades que este arte presenta.

Me parece que uno hace arte, por lo menos en mi caso, para entender lo que ocurre conmigo o con las cosas que me inquietan. Es casi un modo de reconstruir el mundo, quizás un poco tonto, porque si fuera a pensar en un sentido organizado y productivo de las sociedades, existen formas más directas de hacer las cosas. Sin embargo, para mí, es mucho más verdadero el momento en que tienes un material que te liga profundamente al origen, y que te habla concretamente de una tradición cultural, y que te exige un esfuerzo para ser comprendido. Ese esfuerzo importa ideas, emociones y sensaciones, pero no es una ley. Mucha gente dice: “Caramba, pero si es macizo, ¿por qué no trabajas con madera hueca?” Yo creo que en ese esfuerzo existe la construcción de una comprensión. Entonces puede parecer una locura, ¿por qué, a dónde va todo eso? No lo sé, pero me lleva efectivamente a comprender mejor las cosas.

¿Cómo es un día en la vida de Elisa Bracher?

Es un día complicado. Despertar, los niños, porque tengo dos hijos, uno de ocho y otro de seis, y me quedo mucho con ellos. Tengo una relación muy fuerte con mis hijos. En las tardes vengo al taller, a veces en las mañanas. Tengo el proyecto de la escuela aquí junto, que no es propiamente una escuela si no un gran taller que recibe niños y para mí eso es fundamental porque tengo la posibilidad de mostrar ese universo a esos niños y es inmensamente gratificante. Por otro lado, lo que recibo de esos niños también es una noción de realidad que la gente no tiene, especialmente aquí en Brasil, que es un país tan complejo, eso alimenta mucho mi trabajo. Entonces voy ahí y generalmente me quedo toda la tarde, luego recojo a mis hijos y regreso de noche a casa. También doy clases en la facultad de arquitectura, al final, es un día lleno de cosas, un día completamente mezclado con todas las actividades que tengo. Coordino la escuela, soy la que doy las directrices, pero es un lugar completamente democrático, sólo doy el tono. Muy rara vez en mi vida tengo aquel momento idílico del artista aislado, quieto y en silencio. Eso es muy difícil que suceda. Para que esto pase tendría que estar fuera del taller. Para mí el quehacer artístico es una actividad absolutamente colectiva, de unión de las partes. Supongo que eso es algo que se perdió, estaba en el Renacimiento, pero posteriormente el arte comienza a aislarse de la sociedad y a cerrarse sobre sí mismo. Creo que una de las riquezas del arte, como artista, es estar junto a otras personas, y ésto es fundamental para la creación.

 (Entrevista realizada y traducida por José Molina, el 25 de julio de 2004.)

Imagen por: Radar

Chris Torrance: Una resolución radical

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En el número 8 de Mula Blanca publicamos tres poemas del poeta inglés Chris Torrance. Probablemente muy pocos en nuestra lengua sabían de su existencia. Es, sin embargo, uno de los poetas ingleses más relevantes de la segunda mitad del siglo XX. Pertenece a una importante generación de escritores que durante los años sesenta y setenta desarrollaron una destacada labor literaria que produjo lo que hoy se denomina como “Renacimiento inglés”. Fue, hay que decirlo, un trabajo marginal, hecho a partir de lecturas en pubs y ediciones precarias. No eran exactamente tampoco un grupo compacto. Cada uno era distinto del otro. Tenían eso sí, la feliz coincidencia de una búsqueda por renovar el lenguaje poético como lo habían recibido dentro de su larga tradición, en donde Basil Bunting y su poema Briggflatts jugaron un papel indispensable como asideros para la posibilidad de un cambio.

Formaron parte de este “movimiento” Eric Mottram, Tom Raworth, Lee Harwood, Bill Griffiths, Barry MacSweeney, Maggy O’Sullivan y Ian Sinclair éste último, autor inclasificable, todos motivados por el impulso arrebatador de Bob Cobbing, quien fue un promotor coherente y cargado de ideas nuevas. Cobbing desarrolló una obra que abarcó trabajos de poesía escrita, visual y sonora, además de una impresionante tarea como editor. Realizó cientos de ediciones que utilizaron la fotocopiadora como máquina de producción.

Londres fue en ese momento un hervidero de creatividad. En la música, por ejemplo, se destacó el desfachatado compositor Cornelius Cardew, quien sorprendió a todos con partituras inusuales, prácticamente dibujos. Pero el espectro de propuestas era muy amplio no es gratuito que Antonioni eligiera Londres para filmar Blow Up por esos años, o que se realizara una película como La soledad del corredor de fondo de Tony Richardson. En ese momento surgieron también músicos que provenientes del jazz, comenzaron a desarrollar un lenguaje musical con el acento puesto en la improvisación libre. Basta con citar a Derek Bailey, Lol Coxhill o Evan Parker, para entender la magnitud de lo que sucedía. Todo esto, por supuesto, como algo tangencial a la efervescencia del rock.

En ese tiempo muchos poetas norteamericanos como Allen Ginsberg, Robert Creeley o Ronald Johnson pasaron por Inglaterra dejando su impronta, notoria sobre todo en la obra de Tom Raworth, quien más adelante iría a vivir una temporada en los Estados Unidos.

De ese contexto abrevó Chris Torrance. Había nacido en los suburbios de Londres en 1941 y ahí vivió durante sus primeros veinte años. Luego de trabajar como dependiente, se convirtió en jardinero de parque. Primero en Londres, luego en Bristol. Ciudad que abandonó para irse a vivir a Upper Neath Valley en el centro del territorio de Gales, donde vive aislado hasta el día de hoy. Esa resolución no ha sido en vano. Ha constituido el epicentro de su poética. Como ha escrito el crítico y poeta William Rowe en Three Lyric Poets un libro sobre Harwood, Torrance y MacSweeney, el desplazamiento de Londres a Bristol y posteriormente la elección de refugiarse en el campo, ha constituido para Torrance “un viaje espiritual” que va del paisaje a la historia, y de estos al universo, pasando siempre por una acuciosa interioridad.

Sus primeros libros, Green, Orange, Purple, Red (1968) y Aries Under Saturn and Beyond (1969), acusan su relación con Londres y las primeras experiencias amorosas y de amistad. Acrospirical Meanderings in a Tongue of Time, da un registro del paisaje de Gales que lo acompañará el resto de su vida. Luego de algunos libros más publicará en 1986, The Slim Book / Wet Pulp: The Magic Door, donde se afianzará su interés por integrar de un modo aparentemente sencillo la relación del hombre con la historia a través de la poesía, y también el reconocimiento de la precariedad de éste dentro del movimiento del universo. Torrance nunca abandonó la primera persona, lo que ha significado una apuesta total por escribir una poesía de carácter lírico. En The Slim Book / Wet Pulp: The Magic Door, los poemas se expanden sobre la página introduciendo amplios espacios blancos, dándole a la palabra un relieve sonoro y visual poco frecuente.

En su casa de piedra, aplomado, Torrance ha conseguido mantenerse informado del mundo. Posee una enorme colección de grabaciones musicales (en alguna ocasión el poeta argentino Hugo Gola y William Rowe me contaron que en una visita escucharon durante algunas horas discos de The Doors, mientras corrían vinos y cigarros) que suenan todo el día entre balidos perdidos y el implacable chillido del viento. Desde hace más de cuarenta años, Torrance no hace otra cosa que esperar al poema. Trabajó con músicos durante toda su vida, y existen registros de ellos como su colaboración con Chris Vine en su libro-CD, Rori  de 2011.

Imagen por: Strange Attractor

Iván Bringas

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Hoy es muy conocida la historia de Giacinto Scelsi tocando insistentemente una sola tecla del piano, un la bemol. El compositor italiano buscaba las más sutiles relaciones a partir de un único sonido. Esta concentración lo llevó a un celoso aislamiento dentro del cual fue capaz de desarrollar una de las obras más singulares e influyentes de la música del siglo XX. Sin embargo, la obra de Scelsi tardó mucho tiempo en escucharse y reconocerse. Esto suele ser así con la música nueva. El lenguaje musical adquirió durante el siglo pasado una complejidad que dejó fuera a un buen número de escuchas. A pesar de ello, hubo compositores que siguieron adelante con sus difíciles propuestas. Paralelamente al mundo de la composición se desarrollaron otras músicas, ancladas en la improvisación, que expandieron desde otra perspectiva el lenguaje de la música. Estos dos enviones el de la composición y el de la improvisación como han hecho notar algunos críticos como Alex Ross, en las últimas décadas han borrado sus límites mezclándose indistintamente. Tal es el caso de Iván Bringas, guitarrista, compositor e improvisador mexicano afincado actualmente en Italia y quien desde su pequeño rincón del mundo trabaja en un destacado proyecto personal. Bringas se ha desarrollado como ejecutante y como compositor. Hace algunos años publicó un método para su “guitarra expandida”. Pero también ha dedicado una buena parte de su tiempo a tocar con músicos de improvisación. Les compartimos ahora, una de sus últimas piezas.

Hugo Gola

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Este texto apareció como prólogo a la edición de Retomas de Hugo Gola (Aldus, México, 2010). En el año 2011 Gola volvió a Argentina después de un largo período de exilio en México, donde contribuyó al enriquecimiento personal de muchos, pero sobre todo del contexto poético de nuestro país. Sirvan las siguientes líneas como un homenaje.

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Cuando Hugo Gola me contó que aparecería en México su más reciente libro de poemas, Retomas —publicado el año pasado por Alción en Córdoba—, recibí la noticia con entusiasmo. La sorpresa me fue doblemente grata no sólo porque se encargaría del proyecto la editorial Aldus, quizá la mejor entre las dedicadas a la poesía en México, sino porque también, y esto es lo verdaderamente relevante, los lectores de nuestro país tendrían acceso a este material que con infinita paciencia, Gola acumuló durante los últimos años. Estos poemas tendrían que enmarcarse —aunque son experiencias de escritura muy distinta e independientes una de la otra— con las anotaciones minuciosas y abiertas de su libro Prosas, también publicado por Alción, en 2007. Este libro contiene en un estilo directo, notas diversas sobre la poesía y la vida que eluden la consigna, prefiriendo como medio de reflexión el cuestionamiento y la duda. El ejercicio de pensar sobre lo que se lee y se escribe suele ser poco común o demasiado infructuoso por utilizar en muchos casos con deficiencia las herramientas de la crítica y de la academia. Las notas de Prosas buscan otra salida, quieren permanecer al margen de lo dogmático. En este sentido se parecen al poema, pues no dicen, tantean, y al hacerlo también revelan un haz de posibles lecturas. Estoy seguro que en años venideros, la recopilación de prólogos, conferencias y otros textos que Gola ha ido dejando aquí o allá, cerrarán el cuerpo de una obra singular dentro del panorama de la literatura latinoamericana…

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A Hugo Gola lo conocemos en México sobre todo como editor y promotor de la más sobresaliente poesía del mundo. Los libros de El poeta y su trabajo publicados por la Universidad de Puebla hace ya varias décadas, han sido sin lugar a dudas, un abrevadero para algunas generaciones de escritores mexicanos. Lo mismo puede decirse del esfuerzo realizado durante diez años a cargo de la revista Poesía y Poética y la colección de más de veinte libros que coordinó durante su paso como profesor y bibliotecario de la Universidad Iberoamericana. Este cúmulo de realizaciones notables, desdibujaron, aunada a su modestia por publicar y promoverse, el valor de un trabajo que hoy ya se reconoce en el territorio de la poesía escrita en nuestro idioma. Antes que otra cosa, Gola ha sido siempre un poeta. Esto puede observarse en el hecho de que con el tiempo y desde el comienzo, a pesar de que sus poemas han ido adquiriendo características muy distintas en los planos formal y expresivo, algo sutil pero reconocible ha permanecido en su escritura. En Retomas, Gola reemprende con absoluta entrega su compromiso con la palabra. A la suma de sus ya múltiples recursos, se agregan otros, un más reconocible hilo narrativo, como el que atraviesa el poema “recuerdo borroso”, por ejemplo, en donde la memoria recupera anécdotas aparentemente olvidadas, pero que están por ahí, agazapadas, esperando encontrar el camino de regreso y, con éste, su lugar en el presente. Así, se teje al mismo tiempo, con un recurso, una poética. A diferencia de los libros anteriores, donde la relación con el mundo inmediato jugaba un papel fundamental —lo que no quiere decir que esto haya desaparecido en Retomas—, el reconocimiento y utilización de los mecanismos de la memoria, producen una atmósfera nebulosa, que al igual que en un película de Tarkovski, permiten que cada nueva imagen, que cada nuevo suceso dentro del poema, resulte un descubrimiento. Desde esta perspectiva, Gola se encuentra muy próximo de William Carlos Williams, para quien también, el poema, antes que otra cosa, es una revelación. Por otro lado, Gola se acerca a Williams, y no es un asunto menor, por su apego a los ritmos del habla, y no a un burdo uso coloquial de las palabras. Esto es notorio en el vocabulario que utiliza, pues es amplio y preciso, características infrecuentes, por decir, en una conversación. Hay, sin embargo, una incorporación de los acontecimientos que suceden dentro de ésta, como puede observarse en las siguientes líneas: ahora / que suba ahora / hacia este cielo / y dé otro paso / hasta nosotros; en donde la repetición, actúa no como una muletilla, sino como una forma para cargar de mayor sentido al lenguaje.

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Uno de los rasgos más sobresalientes de los poemas de Gola, es sin duda el constatable uso material que hace de las palabras. En sus poemas las palabras se apegan a su significado, y al mismo tiempo, expanden su sentido mediante sus relaciones sonoras, sus repeticiones y sus resonancias internas y externas. En una ocasión, durante uno de los cursos de poesía latinoamericana al que tuve oportunidad de asistir como alumno de la universidad donde Gola trabajaba, lo escuché leer Altazor de principio a fin. Esa fue su clase y resultó decisiva. Con su voz firme y sostenida, nos hizo sentir a todos los presentes, que la poesía era también sonido. Seguramente no viene demasiado al caso, pero no podría omitir, que hasta el día de hoy, no conozco a nadie que lea tan bien los poemas como él. Su ritmo es infalible. Sin ser monótono, consigue con muy pocas variaciones, hacer que un poema de Vallejo o Girondo, extienda sus ondas hacia otras regiones de sentido. Una vez me contó que siendo niño, estando solo, en el campo a la intemperie, cuidando algunos animales, sentía el impulso de gritar palabras, a veces inventadas, como en un embrujo. No dudo que en ese hecho de su infancia, estuviera encarnado ya, el germen de su modo de leer y una idea del poema. Considero que este uso material de la palabra, ha sido posible gracias a una concentración particular, que trabaja incluso al nivel de la sílaba. Gola ha conseguido encontrar para cada poema una forma y un sonido, que gracias a que se ajustan a un objeto único, logran ser soluciones exclusivas y al mismo tiempo siempre nuevas. Si existe un sistema dentro de la obra de Hugo Gola, es su rebelión a construir uno, su rechazo total a utilizar un método recurrente. Para esto, intuyo, no es posible otra cosa que ser paciente. Esperar con fidelidad las “filtraciones” de la emoción y la experiencia interior. Creo que también por esto su obra es hoy en día tan distinta a la de otros poetas: sin ser en realidad una poesía del silencio, necesita de éste para existir. La idea es simple, la sobreabundancia del mundo actual en todos los órdenes requiere separar y aislar las cosas para poder experimentarlas, quien se haya tragado el cuento de una supuesta multifuncionalidad, me temo, se pierde de algo que no puedo llamar sino esencial:

a fuego lento
cociné
salmón rosado

no sólo para mí

su sabor
resultó delicioso

tal vez
por eso
precisamente
precisamente

Y gracias a esto, precisamente, leer los poemas de Gola exige de quien los lee una determinada disposición. La vida y el poema intercambian hilos que tejen una fina malla, que al igual que en los versos con los que Pablo Neruda abre su “Alturas de Machu Pichu”, del aire al aire como una red vacía, es posible acumular alguna experiencia. Son la vida y el poema que en una marcha idéntica recogen el mundo y sus efectos. Este rico registro puede tomar una extensión diversa, desde unas pocas líneas hasta varias páginas, como es el caso del largo poema “rotación” que abre Retomas. La extensión por si sola no representa un valor especial, un poema funciona más allá del número de versos que lo componen. De cualquier modo, en el caso de los poemas de Gola, la extensión constituye un asunto sobre el cual vale la pena reflexionar, pues logra unir con pocos o muchos trazos, una expresión compleja y emocional. En “rotación”, lo que comienza y termina, y vuelve a comenzar y a terminarse, es la existencia encarnada en una materia incapaz de retener una sola forma. El problema que de esto se deriva es el de la individualidad que experimenta por unos instantes “algo” —lo que probablemente reconocemos como la realidad— dentro de la “molienda universal”, y luego desaparece. Ante ese hecho infranqueable, queda el poema, el apunte sensual y la perplejidad frente a una posible renovación:

…cielo alto
vacío
inagotable refugio
recibes la mirada
mientras de nuevo
el sol avanza

Sobra decir que una visión así, no puede ser la de un hombre joven. La recuperación de los recuerdos, la conciencia del tiempo de una vida —mecanismos reconocidos desde el título de este libro denso—, no son propios, aunque resulte redundante, de quien aún no ha vivido. Uno debe haber experimentado el amor y el dolor, como escribió Rilke, para reconocer, al igual que Montaigne, que “vivir es aprender a morir”. La muerte se olfatea en estos poemas. No hay, sin embargo, ninguna queja, ningún heroísmo, la vida avanza como siempre y para todos. Hay solamente un hombre y una ventana. Una pequeña libreta y un lápiz de punta chata. Hay también el deseo de asir una experiencia, para después, quizá, ser compartida.

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El año pasado, tuve la oportunidad de viajar con Gola a Argentina y visitar el pueblo de Rincón, muy cerca de Santa Fe, la ciudad donde vivió junto con escritores y amigos sobresalientes como Juan José Saer y Francisco Urondo, sus más intensos años de formación y reflexión sobre el poema y los problemas literarios. Ahí, caminando por calles de tierra marrón, casi arena muy fina —la otra orilla del río Paraná de Juan L. Ortiz se encuentra a unos cuantos kilómetros—, Gola recordó que alguna vez había escrito un poema sobre un monumental eucalipto. Inmediatamente recordé las palabras iniciales de ese poema: Alto eucalipto gris… Con entusiasmo nos animó a Martha Block, su compañera y una excelente pintora, y a mí, a que apuráramos el paso unas cuantas calles para ver aquel árbol gigante. Ni bien doblamos la esquina, vimos desde ahí, a más de doscientos metros, el tronco majestuoso del eucalipto que llegaba literalmente hasta el cielo, sembrado en sus ramas de infinitos retoños verdes, demostrando todavía su vigor. El árbol se encontraba dentro del amplio jardín de una casa. Al llegar a la reja, Gola seguía intentando recordar su poema. Me acerqué al muro y vi que en unos mosaicos de cerámica, estaban transcritas sus palabras. Se lo dije y de un modo un tanto reticente a creerme, se acercó y vio que tenía razón. Juntó sus dos manos, un gesto que repite desde que lo conozco hace ya quince años, y me miró con asombro arqueando sus enormes cejas pobladas. Una cadena de consideraciones y reconocimientos, fijaba otro eslabón.
Creo importante consignar que aquella edición argentina venía acompañada por un extenso prólogo del crítico Jorge Monteleone, además de una nota del poeta y traductor Silvio Mattoni.

Harry Partch y la historia de la música de Richard Taruskin

HarryPartch-CourtesyoftheHarryPartchFoundation

En el número 7 de Mula Blanca se publicó una reseña de un concierto de música de Harry Partch. He aquí un texto que amplía una visión sobre Harry Partch y su obra. ¿Lo han escuchado?

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Toda historia es un relato más o menos coherente que busca establecer en el mejor de los casos, un punto de vista. Richard Taruskin realizó con su Historia de la música occidental publicado en el 2005 con el apoyo de la Oxford University, una empresa ambiciosa y polémica, de carácter muy personal. En su introducción explica que desde una perspectiva general su mirada no se separa de otras en la comprensión de la música occidental como aquélla que se ha considerado o clasificado como de “arte” o “clásica”. Para ir resolviendo estos y otros cuestionamientos escribió tenazmente más de 4000 páginas que suman seis tomos, en donde una idea general que ha consistido en incluir “explicaciones accesibles sin despreciar otras más técnicas”, ordenó una narración desde la cual pequeñas líneas argumentativas sumándose articulan una totalidad. Cada entrada ofrece un comentario que propone un planteamiento: “por qué y cómo las cosas sucedieron como sucedieron”.

Una empresa así, implica desde luego una aventura intelectual particular que por su naturaleza estará siempre expuesta a ser cuestionada. Como consecuencia la publicación de esta “historia” ha producido una serie de comentarios críticos que buscan poner en evidencia los sesgos de su mirada. Entre ellos se encuentra la agitación que Taruskin ha suscitado al cuestionar omitiendo o atenuando por ejemplo, la importancia de ciertos compositores de la tradición alemana y europea, sobre todo en su organización de los acontecimientos musicales que ha considerado relevantes durante el siglo XX: “Mucha música no es mencionada en estas páginas, incluso alguna de compositores famosos. La inclusión y la omisión no implican un juicio de valor aquí.”

Al siglo pasado, dedicó dos tomos de su obra, lo que ya sugiere un deseo por detenerse y atender con un mayor esmero este horizonte histórico. En estos tomos que cierran su proyecto, es posible observar sin demasiada suspicacia como ha querido sacudir las valoraciones usuales de las historias de la música occidental de mayor consenso. Para esto ha desplazado numéricamente a compositores europeos que estaban acreditados por un reconocimiento extendido, dando un lugar predominante a un cuerpo importante de músicos norteamericanos, a veces incluso marginales, como en el caso de Harry Partch, y por lo mismo, para muchos, menos influyentes. Taruskin, sin embargo, al dedicarle una entrada entera a Partch, propone un canon distinto que reorganiza la mirada histórica y retrospectiva avalada.

El caso de Partch es interesante pues éste compositor e inventor de instrumentos, un “hobo“, es decir un vagabundo durante unos años de su vida, sirve de ejemplo para señalar una de las tentativas del musicólogo norteamericano que consiste en sugerir y atomizar posibles caminos para el desarrollo de la nueva música. Colocar a Partch como un “gran precursor”, podría generar nuevas coordenadas hacia el futuro. Por lo mismo no veo que sea gratuito que la entrada dedicada a Harry Partch titulada “Hobo Origins”, esté ubicada dentro del capítulo 10 denominado “Millennium´s End”, del tomo V: “Music in the Late Twentieth Century”. Pues esto plantea de algún modo, lo que ya he dicho, el deseo de establecer “otra” historia de la música occidental. Taruskin por supuesto no es ingenuo y reconoce que la influencia de Partch es menor. Explica que si ésta podría implicar nuevas direcciones empujando algunas ideas, sería no tanto desde el punto de vista de su lenguaje, sino desde la actitud y los mecanismos y estrategias de resistencia que el compositor norteamericano practicó.

La primera referencia que tuve de Harry Partch fue gracias al libro American Pioneers: Ives to Cage and Beyond de Alan Rich. En ese libro, justo en la primera página, aparece un hombre mayor de extraña barba blanca, sentado en un banco, con los ojos pequeños mirando hacia el frente, con un gorro tejido y ladeado, y con un grupo de extraños artefactos detrás de él. El pie de foto dice: “Harry Partch sentado entre algunos de los instrumentos que inventó para la ejecución de su música, 1972”.

Como se sabe, Harry Partch nació en Oakland, California, en 1901 y murió también en la costa oeste, en San Diego, en 1974. Perteneció a una significativa generación de músicos norteamericanos —me refiero a Charles Ives, mayor que todos, George Antheil, Henry Cowell, John Cage, Lou Harrison o Milton Babbit, entre otros—, que quizá, por carecer de una pesada tradición musical, pudieron inventar la propia revisando con mayor libertad que los compositores europeos del siglo XX las músicas de otras culturas. Esta situación, me parece, determinó entre otras cosas, una ampliación mayor sobre los conceptos del lenguaje musical (a lo cual Taruskin es sensible), al mismo tiempo que propició una expansión del sonido y sus posibilidades expresivas mediante recursos antes inimaginables como la utilización de máquinas, luego computadoras, o la utilización de los viejos instrumentos musicales con novedosas técnicas. Esto ultimo desde luego no fue exclusivo de los músicos norteamericanos, sino que respondió a inquietudes extendidas en ese tiempo y espacio a muchos compositores del mundo. Al respecto Mario Lavista, el compositor mexicano, expone con claridad los dos siguientes procesos: “La música electroacústica nos ha permitido también conocer la existencia al interior del sonido de una gran proporción de ruido…”. Esto por un lado, por el otro, se refiere: “…a la exploración y al estudio de las nuevas técnicas en los instrumentos tradicionales…”.

Harry Partch, al igual que Conlon Nancarrow (otra ave rara de la música contemporánea) y John Cage, encontró que para su obra requería de sonidos y escalas —microtonos fundamentalmente—, que los instrumentos conocidos eran incapaces de producir. Por lo tanto tuvo que diseñarlos e inventar algunos que le permitieran concretar la música que atravesaba su cabeza. El primero fue el monófono con el que acompañó una lectura del poeta William Butler Yeats, a quien le prometió componer una ópera con su traducción de Edipo Rey. El proyectó no se completó hasta décadas después, interrumpido en gran parte por el golpe de la Gran Depresión y los herederos de Yeats, por lo que el mismo Partch más adelante tuvo que traducir a Sófocles para realizar su pieza. Durante los años treinta, Partch, al igual que otros artistas de esa época como Jackson Pollock, vivió en trenes vagabundeando. Esta experiencia lo llevó a transcribir en notación musical el habla de la gente con la que se cruzó. La obra de Harry Partch hizo a lo largo de su camino un desplazamiento del canto hacia las piezas puramente instrumentales. En este sentido reprodujo al parecer, el desarrollo más antiguo de la historia de la música.

Es muy posible que la música se haya iniciado con el canto, y éste por lo mismo pudo ser anterior a la palabra, pudo ser una manifestación humana pre-lingüística, formas de expresión vocales. El etnomusicólogo norteamericano Alan Lomax, al desarrollar su método “Cantometrics” para estudiar los tipos de cantos de distintas culturas y relacionarlos desde un enfoque cercano al marxismo con las estructuras sociales y políticas donde esos cantos se practican, descubrió que un elemento común en distintas culturas consistía en que la relajación de las cuerdas que producen los sonidos graves acusa un “estadio psicofisiológico que simboliza apertura, ausencia de represión y un acceso sin constricciones a la comunicación de la emoción”. Al parecer esto se puede aún observar en los cantos de las tribus de bosquimanos y pigmeos, para quienes sus cantos parecen corresponderse al estilo cooperativo de su cultura y su comunidad. La única diferencia que Lomax encuentra entre estos dos grupos con respecto a sus cantos es que: “los cantos solistas son comunes entre los bosquimanos y raros, excepto en la forma de canción de cuna, entre los pigmeos… Los hombres bosquimanos cantan quejumbrosos cantos solistas con acompañamiento de arco de boca, que, como nuestros blues, tratan sobre la soledad y el aislamiento. Este sentido de carencia personal surge de una situación especial bosquimana que no existe entre los pigmeos. Su dura existencia en el desierto, acosada por la sed y el hambre, da como resultado la escasez de mujeres…”, y por lo tanto, el impulso que lleva al canto individual para paliar la soledad.

Por otro lado además de su interés inicial por la música vocal, Partch sumó nuevos instrumentos a su colección y modificó piezas del pasado. Su obra denota cierta proximidad con la música de Java y Bali, y algunos de sus instrumentos se asemejan al gamelan y sus sonoridades. Utilizó también para la concepción de su sonido ideas musicales y escalas de la Grecia antigua. Compuso desde el comienzo piezas con la escala cromática que lo llevaron al microtonalismo sobre el que desarrolló una teoría personal expresada en su libro Genesis of music, que como consecuencia además de plantear conceptos como “corporeally“, lo llevaron a trabajar con una escala especial de cuarenta y tres tonos.

Harry Partch tomó del mundo inmediato lo que necesitó para su trabajo: las voces de la gente circundante, las pintas en las bardas, los materiales sencillos de su entorno. Con eso creó sus instrumentos y ordenó sus composiciones cargándolas de humor y energía. Su obra marginal, es hoy reconocida a pesar de las resistencias que sin duda sigue oponiendo. Taruskin tomó seguramente esto en cuenta para incluirlo en su Historia de la música occidental. Fue compositor, cantante de sus propias canciones y carpintero. Su música es intempestiva, poco serena, por lo mismo percusiva, y sin embargo por momentos dulce y ásperamente lírica, ensoñada, como puede corroborarse escuchando su pieza “Windsong”. Actualmente existen en el mercado algunas grabaciones con su música y en Youtube es posible ver algunas entrevistas e imágenes documentales sobre Partch, un hombre para quien la música, ese envión que da cauce a la fuerza del espíritu humano: “no tiene más que dos ingredientes a los que se puede llamar dones de Dios: la capacidad de un cuerpo para vibrar y producir sonido, y el mecanismo del oído que lo registra…”.

Como ya dije, Taruskin no es ingenuo. Colocar a Partch en un línea histórica en la que antes no participaba, articula una nueva propuesta que busca influir en el futuro. La entrada que sigue a la de Partch, “Imaginary Floklore” está dedicada a Meredith Monk. Éstas se encuentran vinculadas, y en este sentido Taruskin intenta una cronología. Dice que al igual que Partch, Monk se inició como una solitaria outsider que partió de trabajar con su voz modificándola al crear una música de corporeally excéntrica. Esto implicaba volverse su propia intérprete.

Al margen de lo anterior, aparece además en los comentarios de Taruskin sobre Partch, una idea que considero atractiva y sugerente. Dentro del proyecto de la música del compositor norteamericano, los ejecutantes de sus instrumentos tuvieron que desarrollar técnicas que fueron transmitidas de modo oral, activando así un antiguo método de transmisión del conocimiento musical. Los instrumentos de Partch hoy están prácticamente fuera de uso y funcionan más bien como una colección de esculturas. Los ejecutantes que trabajaron con él han ido muriendo y con ellos se ha ido un “saber hacer”. De cualquier modo como indica Taruskin, Partch ha sido un ejemplo para compositores contemporáneos que han vuelto, al igual que él, a “diseminar” sus obras haciendo uso de una comunicación directa y más personal, en donde la presencia física y el gesto (temas relacionados a los estudios de performance hoy tan vigentes)  forman también parte de la música.

Imagen por: Harry Partch Foundation