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Poemas. Borradores inéditos 3

Juan José Saer
Seix Barral
Argentina, 2014

saer

Dentro de la vasta obra de Juan José Saer, la poesía siempre estuvo en el centro. Es muy conocido que antes de iniciar su gigante aventura narrativa, Saer escribió un enorme número de poemas (se habla de alrededor de mil) que desaparecieron por el deseo mismo de su autor. Sin embargo, Saer nunca abandonó la escritura de poemas. De manera dispersa, el escritor argentino publicó poemas desde 1954 hasta su muerte, según se consigna en el prólogo de Sergio Delgado en el número tres de los borradores inéditos, titulado Poemas.

A mediados de los años setenta salió al público la primera edición de El arte de narrar, único libro de poemas ordenado y publicado por Saer. Este libro tendría distintas modificaciones hasta la cuarta y última edición durante la vida del autor en el año 2000. Sin embargo, por esos mismos años se publica La mayor (1976), un libro heterogéneo que desde mi punto de vista se emparenta con El hacedor (1960) de Jorge Luis Borges. Ambos proyectos literarios desbordan todo género para incluir cualquier tipo de material en donde la única articulación –en prosa o poesía– es el lenguaje condensado, el “lenguaje cargado de sentido hasta el grado máximo posible” según Ezra Pound, de cada uno de los textos.

Como señala Delgado, en esos años, los setenta, Saer consolida su proyecto narrativo. En esa década se publican: La mayor, el limonero real (1974) y en 1980, Nadie nada nunca que cierra el ciclo. Estos tres libros poseen, quizá, el carácter más arriesgado de la obra de Juan José Saer. Es el momento más experimental de su narrativa. Es también el momento en que Saer coloca la poesía como núcleo orgánico de sus narraciones. Esto no supone que Saer escribiera una “prosa poética”. Su obra en realidad es otra cosa. Me parece, que la búsqueda de Saer, tiene más bien que ver con la necesidad de organizar el material narrativo con la concentración y densidad con que se escriben los poemas.

El libro Poemas, es, como dice la contraportada del mismo, la posibilidad de una lectura doble. Por un lado, el taller de donde brota El arte de narrar. Pero por otro, una ventana al oficio discreto de ensayar desde la intimidad, organizaciones de palabras que aprietan, desdoblan o amplían sentidos. El libro en general, es sin duda un cuerpo de obra poética importante.

Juan José Saer, se sabe, estuvo permanentemente atento a la poesía de su tiempo. Nunca dejó de leer buenos poemas y su olfato al respecto es indiscutible. Su relación con poetas –José Pedroni, Juan L. Ortiz, Aldo Oliva, Hugo Gola, Hugo Padeletti– fue estrecha y persistente. En distintas ocasiones prologó sus obras o escribió al respecto de su trabajo. En Poemas, podemos también corroborar lo anterior desde otra artista. Como un anexo aparecen excelentes traducciones de poetas chinos y japoneses (hay al menos cien haikús), además de traducciones de poetas norteamericanos como Ezra Puound, William Carlos Williamas, Allen Ginsberg o Wallace Stevens.

Saer escribió notables poemas líricos como “Los higos de Lacoste” de El arte de narrar:

 

“Mal maduros, los higos,

en la proximidad

de las ruinas, secos desde

dentro, blandos pero duros

al mismo tiempo por fuera, enanos,

van cayendo, uno a uno,

hacia la tierra imposible,

inútiles,

antes de su estación.”

 

De nuevo, en Poemas, podemos leer la misma intensidad en muchas de sus páginas. Me ha sorprendido enormemente encontrar dos cuadernillos terminados. Uno titulado Para cuerdas de 1960, y otro nombrado Continuo de 1961. El primero acusa una fuerte influencia de Juan L. Ortiz, y probablemente por lo mismo Saer jamás lo incluyó en El arte de narrar. El segundo, dedicado a Aldo Oliva, es, desde mi punto de vista, denso y maravilloso. Registra sin duda un enamoramiento, el lamento de un amor fugaz: “Esquivar el verano hubiera sido seguramente una salida […]”, dice uno de los poemas. El tono es Saer limpio. Continuo es un ciclo que se extiende en algunos otros poemas cercanos en el tiempo y dedicados a las mismas iniciales. Si Saer no hubiera sido el crítico mordaz que fue, estos poemas de exaltación inmensa, seguramente autobiográficos e irreductibles, habrían llegado a nosotros mucho antes.

Imagen por: Diario de cultura

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